Capítulo Cuatro
La Puerta
Urbanización Montealto
Jerez de la Frontera
A las once y media de la mañana el verano ya había tomado posesión de la ciudad.
El calor no era todavía insoportable, pero había dejado claro cuáles eran sus intenciones para el resto del día.
El asfalto comenzaba a desprender esa vibración tenue que difumina los contornos más lejanos, las fachadas blancas devolvían la luz con una intensidad incómoda y los pocos árboles que sobrevivían entre aparcamientos, glorietas y zonas peatonales proyectaban sombras pequeñas que parecían insuficientes para todo el mundo.
Desde el interior del vehículo policial, el aire acondicionado libraba una batalla desigual contra julio mientras el tráfico avanzaba con esa lentitud resignada de media mañana, cuando los colegios ya han cerrado sus puertas, los funcionarios han empezado a mirar el reloj y las cafeterías sirven los últimos desayunos a quienes llegaron demasiado tarde para llamarlo desayuno y demasiado pronto para llamarlo aperitivo.
Parra conducía con una mano apoyada sobre el volante y la otra descansando cerca de la palanca de cambios.
Llevaba años recorriendo las mismas calles y había desarrollado una habilidad curiosa para circular sin prestar demasiada atención consciente al trayecto.
Los giros, los semáforos y las incorporaciones parecían ocurrir por memoria muscular mientras su cabeza permanecía ocupada en otras cosas.
Aquella mañana, sin embargo, no estaba pensando en Claudia Serrano.
Todavía no. Pensaba en la conversación que inevitablemente iba a tener dentro de unos minutos.
Había descubierto hacía tiempo que los cadáveres le resultaban más sencillos que las familias. Los cadáveres no hacían preguntas. No lloraban. No se derrumbaban. No te miraban intentando encontrar una explicación que tú tampoco tenías. Los cadáveres eran trabajo. Los vivos eran otra cosa.
A su lado, ocupando el asiento del copiloto, Sergio Cárdenas observaba la ciudad a través de la ventanilla con una expresión cansada que empezaba a convertirse en permanente.
Tenía treinta y cuatro años, siete menos que Parra, y una hija de cinco meses que había transformado su relación con el sueño en una negociación humillante y desigual.
Durante los últimos meses había aprendido que una persona puede seguir funcionando con cantidades ridículas de descanso siempre que el organismo renuncie previamente a cualquier expectativa razonable de bienestar.
Llevaba un café de máquina apoyado entre las piernas.
El tercero de la mañana. Probablemente el cuarto si contaban el que había abandonado a medias en comisaría.
No estaba seguro. La paternidad reciente había convertido el tiempo en una sustancia extraña.
Los días se mezclaban unos con otros. Las noches desaparecían.
A veces despertaba convencido de que seguía trabajando cuando en realidad estaba en casa. Otras veces ocurría justo lo contrario.
Parra lo observó de reojo.
—Tienes cara de llevar una semana muerto.
—Cinco meses.
—¿Sigue sin dormir?
—Duerme perfectamente.
—Ah.
—El problema es que decide hacerlo en horarios incompatibles con la civilización.
Parra dejó escapar una sonrisa breve. Sergio bebió un poco de café y torció el gesto inmediatamente después.
—Esto sabe a delito.
—Por eso lo sirven en dependencias oficiales.
—Algún día alguien va a denunciaros.
—Algún día alguien demostrará que el café de comisaría vulnera varios convenios internacionales.
Durante unos segundos ninguno habló. La conversación murió con naturalidad. No porque existiera tensión entre ellos. Todo lo contrario. Los compañeros que trabajan juntos durante años terminan aprendiendo que los silencios no necesitan ser rellenados constantemente.
Fuera, la ciudad seguía avanzando. Una mujer empujaba un carrito de bebé por una zona peatonal.
Dos adolescentes cruzaban la avenida sin mirar el semáforo.
Un repartidor descargaba cajas frente a una farmacia.
La vida ordinaria. La misma vida ordinaria que iba a romperse dentro de pocos minutos al final de una calle cualquiera .
Sergio observó otro carrito infantil mientras pasaban junto a un parque.
No pudo evitarlo. Desde que nació Lucía los veía en todas partes.
Carritos. Pañaleras. Juguetes. Sillas infantiles.
Niños dormidos sobre hombros agotados. Era como si la paternidad hubiera instalado un filtro nuevo sobre el mundo.
—¿Sabes qué es lo peor de estas visitas? —preguntó.
Parra no respondió inmediatamente. Conocía la pregunta. Todos los policías terminaban haciéndosela alguna vez.
—Depende.
—No.
—Entonces ya conoces la respuesta.
Sergio apoyó la cabeza contra el respaldo. Durante unos segundos observó el techo del vehículo.
—Lo peor es que siempre imaginas la puerta antes de llegar.
Parra asintió. Porque era verdad. La puerta. Siempre la puerta. Nunca sabían exactamente quién iba a abrir. Nunca sabían qué iban a encontrar al otro lado. Pero siempre imaginaban la puerta. Y siempre deseaban equivocarse de dirección.
El navegador anunció el siguiente giro. Parra redujo la velocidad.
La urbanización apareció unos metros más adelante, limpia, ordenada y perfectamente normal.
La clase de lugar donde uno espera encontrar bicicletas, reuniones de vecinos y discusiones por plazas de aparcamiento.
No tragedias. No cadáveres junto a unas vías.
No llamadas de la Policía Nacional a media mañana.
Sergio miró la pantalla de la tablet donde aparecían los datos de Claudia Serrano.
Treinta y cinco años. Madre reciente. Una fotografía tomada para el documento nacional de identidad.
Nada más. Una vida entera reducida a unas pocas líneas administrativas.
Apagó la pantalla. Y por primera vez desde que salieron de comisaría deseó estar en cualquier otro sitio.
A unos cientos de metros de allí, una puerta seguía cerrada. Y detrás de ella, alguien todavía vivía en el mundo anterior.
La urbanización era exactamente el tipo de lugar que nadie recuerda cuando piensa en una tragedia.
Los edificios no tenían nada de particular.
Cuatro alturas, fachadas claras castigadas por el sol de Andalucía y pequeños jardines comunitarios donde las adelfas sobrevivían como podían al verano.
Había coches aparcados en batería, bicicletas infantiles apoyadas junto a algunos portales y varias terrazas donde todavía permanecían tendidas las toallas de la playa del día anterior.
Nada destacaba. Nada llamaba la atención.
Parra detuvo el vehículo frente al bloque indicado en el informe. Durante unos segundos ninguno de los dos se movió. El motor permaneció encendido. El aire acondicionado siguió funcionando. La radio emitía en voz baja una conversación deportiva que ninguno estaba escuchando realmente.
Sergio observó el edificio. Después la tablet. Después volvió a mirar el edificio. Como si esperara encontrar alguna diferencia entre ambos. No la había. Solo un portal. Una dirección. Una familia.
—Nunca parece el sitio correcto —murmuró.
Parra apagó el motor. El silencio llenó inmediatamente el interior del coche.
—Porque si pareciera el sitio correcto, nos preocuparíamos más.
Sergio dejó escapar una exhalación lenta.
A pocos metros, una mujer empujaba un carrito de bebé por la acera mientras hablaba por teléfono.
Un hombre regaba varias macetas en una terraza del primer piso.
Alguien reía detrás de una ventana abierta.
La vida seguía funcionando con absoluta normalidad.
Era precisamente eso lo que resultaba tan incómodo.
Que el mundo nunca se detiene para esperar a una tragedia.
Parra abrió la puerta del vehículo. El calor entró de golpe.
—Vamos.
Sergio asintió. Salieron del coche. Cerraron las puertas. Y comenzaron a caminar hacia el portal donde vivía Claudia Serrano.
A cada paso, la distancia física disminuía. La otra distancia, la importante, seguía intacta. Porque detrás de aquella puerta todavía había alguien que no sabía que su vida acababa de partirse en dos.
El portal olía a producto de limpieza reciente y a calor acumulado.
No era un olor desagradable. Era el olor de los edificios habitados.
De los ascensores utilizados demasiadas veces al día.
De los felpudos húmedos cuando alguien friega la escalera.
De las vidas corrientes desarrollándose unas encima de otras sin prestar demasiada atención a los vecinos del rellano.
Parra y Sergio subieron hasta la segunda planta sin hablar.
El ascensor era pequeño y antiguo, de esos que parecen tardar más de la cuenta en cada trayecto aunque probablemente no sea verdad.
Sergio observó cómo los números luminosos cambiaban lentamente sobre la puerta metálica.
Primera planta. Segunda planta. Después llegó el silencio.
El rellano estaba vacío. Una puerta frente a ellos. Un número. Nada más.
Parra había perdido la cuenta de cuántas veces se había encontrado exactamente en aquella situación.
Sin embargo, jamás había conseguido acostumbrarse a esos segundos previos.
Había algo profundamente violento en lo que iban a hacer.
No porque fueran a gritar. No porque fueran a irrumpir en una vivienda.
Ni siquiera porque fueran a detener a nadie.
La violencia estaba precisamente en lo contrario.
En llamar educadamente. En esperar. En sonreír si era necesario.
En pronunciar unas pocas frases cuidadosamente escogidas. Y destruir una vida.
Porque eso era lo que ocurría realmente. Al otro lado de aquella puerta alguien seguía viviendo en un mundo donde Claudia Serrano estaba viva. Dentro de unos minutos ese mundo desaparecería para siempre.
Parra observó el número una última vez. Después llamó. No muy fuerte. Lo justo.
Esperaron. Ningún sonido. Ningún movimiento.