Capítulo Tres #3
Nya pasó otra página. La música siguió avanzando. Durante unos segundos pareció que la conversación había terminado. Harper conocía esa maniobra. Nya también.
—¿Pesadillas?
Ella tardó un instante en responder. No fue mucho. Lo justo.
—Alguna.
—¿Alguna o varias?
—Harper.
—Nya.
Ella cerró el código jurídico con más fuerza de la necesaria. No un golpe. Pero casi.
—Estoy bien.
La frase quedó flotando sobre la mesa. Harper observó la cubierta del código.
Después la miró a ella. No discutió. No porque estuviera de acuerdo.
Porque conocía perfectamente el recorrido de aquella conversación.
Si insistía demasiado, Nya levantaría murallas.
Si fingía no verlo, la dejaría sola con ello.
La única opción útil era permanecer cerca.
Aquella había sido una de las primeras cosas que aprendió sobre ella. No necesitaba que la rescataran. Necesitaba que alguien siguiera allí cuando terminara de convencerse de que no hacía falta rescatarla.
Por eso cambió de tema. O aparentó hacerlo.
—Anoche te encontré en la biblioteca.
Nya levantó la vista.
—¿A qué hora?
—Dos y cuarto.
—No estaba haciendo nada.
—Estabas leyendo.
—Eso cuenta como no hacer nada.
—Había seis libros abiertos.
—Estaba comparando fuentes.
—Había una novela.
Nya guardó silencio.
—Dos novelas.
Ella intentó contener una sonrisa. No lo consiguió del todo.
—Eran relevantes.
—Naturalmente.
—Una de ellas sí.
—¿Y la otra?
—Me gustaba la portada.
Harper asintió con absoluta seriedad.
—Un criterio académico impecable.
La sonrisa apareció unos segundos más claramente esta vez.
Pequeña. Breve. Después desapareció. Porque el cansancio seguía allí.
Porque el temario seguía allí. Porque las noches seguían siendo demasiado largas.
Y porque ambos sabían que estaban hablando de libros cuando en realidad estaban hablando de cualquier otra cosa.
Harper observó la libreta. La letra de Nya se había vuelto más irregular conforme avanzaba la mañana.
No mucho. Lo suficiente. Volvió a fijarse en el bolígrafo detenido entre sus dedos.
En la forma en que movía la pierna bajo la mesa.
En los segundos de más que tardaba en responder algunas preguntas.
Y recordó una noche concreta de hacía apenas dos semanas.
Había despertado cerca de las cuatro. No por un ruido.
Por ausencia de ruido. Nya no estaba en la cama.
La encontró sentada en el suelo de la biblioteca, junto a una de las estanterías más alejadas, leyendo con una manta sobre los hombros y una taza de café que llevaba tanto tiempo allí que ya estaba fría.
Ella había dicho que no tenía sueño. Él había dicho que de acuerdo.
Y se había sentado a su lado. Ninguno habló del motivo real. Tampoco aquella noche. Ni ahora.
Fue Nya quien volvió al caso. No porque quisiera. Porque la conversación había terminado regresando allí por sí sola.
—¿Cómo se llamaba?
Harper tardó un segundo en entender la pregunta.
—Claudia Serrano Morales.
Nya repitió el nombre mentalmente. Se notó. Algunas personas hacen listas. Otras memorizan. Nya archivaba.
—Treinta y cinco años .
—Aproximadamente.
—Y un bebé.
—Sí.
Ella apoyó el codo sobre la mesa. La música seguía sonando. El Guadalete seguía avanzando más allá de los ventanales. La mañana continuaba desarrollándose con una normalidad casi ofensiva.
—¿Y nadie vio nada?
—Todavía no lo sabemos.
—¿Carta?
—No.
—¿Testigos?
—No.
—¿Cámaras?
—No lo sé aún.
Nya asintió lentamente. Después volvió a mirar el temario. No leyó una sola palabra.
—No te gusta.
Harper se quedó observándola.
—¿Qué?
—El caso.
—Acabo de volver.
—Precisamente.
La respuesta le arrancó una sombra de sonrisa. Muy leve. Muy Harper.
—Esa lógica es jurídicamente discutible.
—No estoy haciendo derecho ahora.
—Ya me había dado cuenta.
Nya giró el bolígrafo entre los dedos.
—¿Qué pasa?
Harper permaneció callado unos segundos.
No estaba buscando una respuesta brillante.
No tenía ninguna. Lo irritante era precisamente eso.
Que no tenía nada. Ni pruebas. Ni contradicciones.
Ni indicios. Ni una observación concreta a la que agarrarse.
Solo aquella sensación. Aquella pequeña piedra mental que seguía ahí.
—Todo encaja.
—Eso ya me lo has dicho.
—Lo sé.
—¿Y?
Harper miró hacia el río. Un barco pequeño avanzaba lentamente por el Guadalete. La estela se abría detrás de él durante unos segundos antes de desaparecer.
—No me gustan las cosas que encajan demasiado rápido.
—Eso es porque te dedicas profesionalmente a desconfiar.
—Es posible.
—Es literalmente tu trabajo.
—También.
Nya apoyó la barbilla sobre la mano. Lo observó. No al juez. No al instructor. A Harper.
—¿Qué es lo que no encaja?
—Nada.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
El silencio volvió a instalarse entre ambos. Nya bajó la vista hacia el temario. Harper hacia la mesa. La música continuó avanzando. Y Claudia Serrano permaneció allí, invisible y presente al mismo tiempo, ocupando una silla vacía entre ellos sin que ninguno necesitara mencionarla de nuevo.
Porque algunas historias empiezan exactamente así. No con una pista. No con una revelación. Ni siquiera con una sospecha. Empiezan con una incomodidad. Con una sensación difícil de explicar. Con la impresión persistente de que alguien ha ordenado demasiado bien una habitación antes de marcharse.
Nya terminó la tostada mucho después de que dejara de estar caliente.
Harper no comentó nada. Tampoco comentó que la botella de agua estuviera ya por la mitad ni que hubiera conseguido que desayunara sin convertirlo en una negociación diplomática.
Algunas victorias eran más útiles cuando nadie las señalaba.
La mañana siguió avanzando alrededor de ellos.
Los apuntes continuaban sobre la mesa. El temario seguía abierto.
El Guadalete reflejaba destellos blancos al otro lado de los ventanales.
Nada especialmente importante estaba ocurriendo y, precisamente por eso, Harper se permitió permanecer allí unos minutos más antes de regresar al juzgado.
Nya garabateó una anotación en el margen de una sentencia.
—¿Te vas a quedar observándome estudiar?
—Estoy valorando si es legal.
—Debería denunciarte por acoso académico.
—Lo archivaría.
—Corrupción judicial.
—Eficiencia procesal.
Ella soltó una risa breve. Harper la observó apenas un segundo .
Ocho meses antes apenas estaban aprendiendo a acercarse el uno al otro sin romper nada. Ahora compartían una cama, una casa enorme, una biblioteca imposible y una cantidad preocupante de cafés. Las cosas importantes seguían siendo complicadas. Las pequeñas, en cambio, se habían vuelto fáciles.
Nya estiró una mano por encima de los apuntes y le rozó los dedos. Un gesto mínimo. Casi distraído. Harper cerró la mano sobre la suya durante unos segundos antes de soltarla.
No dijeron nada. Tampoco hacía falta. La relación entre ellos nunca había funcionado especialmente bien con los discursos. Funcionaba mejor con los silencios. Con la convivencia. Con la certeza tranquila de encontrar al otro exactamente donde esperaba encontrarlo.
Harper terminó por ponerse en pie. Tenía trabajo. Informes. Llamadas. Un juzgado entero esperando que volviera a comportarse como una persona razonable. Nya ya había regresado al temario. O lo intentaba. Porque llevaba varios minutos leyendo la misma página.
Cuando Harper llegó a la puerta del despacho se detuvo.
—¿Sabes qué es lo que no me gusta?
Nya levantó la vista.
—¿El qué?
Harper permaneció unos segundos mirando el río a través de los ventanales.
—Que si alguien me hubiera pedido diseñar un suicidio para que nadie hiciera preguntas… probablemente habría acabado pareciéndose mucho a éste.
La frase quedó suspendida en el despacho. Nya dejó el bolígrafo sobre la mesa. Ya no miraba el temario. Miraba a Harper.
—Eso es una barbaridad.
—Lo sé.
—No tienes nada.
—Lo sé.
—Ni una sola prueba.
—Lo sé.
Ella apoyó los brazos sobre la mesa.
—Entonces deja de pensar como un juez.
Harper sonrió apenas.
—Ese ha sido siempre mi principal defecto.
Nya abrió la boca para responder algo. No llegó a hacerlo. Porque ambos sabían que el problema no era una teoría. Ni una prueba. Ni una hipótesis. Era Harper. Y la forma en que funcionaba su cabeza cuando algo empezaba a molestarle .
Harper abandonó el despacho. La música siguió sonando. El río continuó avanzando hacia el mar. Y Nya permaneció varios segundos mirando la puerta por la que acababa de salir antes de volver lentamente la vista hacia el nombre que había escrito en una esquina de la libreta.
Claudia Serrano Morales.
Ya no estaba pensando en oposiciones.