Capítulo Tres #2
Mientras el pan se tostaba, escuchó desde la cocina el murmullo del piano, el paso de una página, la punta del bolígrafo golpeando dos veces contra la mesa.
Nya hacía eso cuando memorizaba. Dos golpes suaves.
Pausa. Otros dos. A veces, de madrugada, Harper se despertaba y oía ese sonido desde la planta superior, repetido en la biblioteca, en el despacho común o en cualquier rincón donde ella hubiera decidido sentarse para no volver a la cama.
Al principio había pensado que sería temporal.
Después dejó de pensarlo. Algunas conductas no desaparecen porque una casa cambie, ni porque la persona que duerme al lado sea distinta, ni porque el peligro real se haya desplazado a otro sitio.
El cuerpo tiene una memoria grosera. Aprende tarde y olvida peor.
Sacó el pan antes de que se quemara. Nya odiaba el pan quemado y luego lo comía igual, arrancando las partes negras con una paciencia irritante en lugar de meter otra rebanada.
Harper trituró el tomate, añadió aceite, una pizca de sal, cortó algo de fruta y colocó todo en una bandeja.
No añadió nada dulce. A esas horas ella lo apartaría.
Tampoco preparó más café. Le llenó el vaso de agua hasta arriba y dejó una botella pequeña junto al plato.
Si se lo decía, Nya no bebería. Si se lo ponía delante, tal vez sí, aunque solo fuera por no darle la satisfacción de tener razón.
Volvió al despacho y dejó la bandeja en una esquina despejada de la mesa, lo bastante cerca para que tuviera que verla y lo bastante lejos para que no pudiera acusarlo de invadir el temario. Nya miró el plato, luego a él, luego el plato de nuevo.
—Qué agresividad.
—Tomate y aceite. El horror.
—Hay fruta.
—La he puesto para intimidarte.
Nya giró el bolígrafo entre los dedos. Tenía ojeras leves, de esas que no aparecen de una noche mala sino de una suma de noches mal resueltas.
Harper se fijó en la uña del pulgar, mordida en un borde, y en la forma en que el pie derecho se movía bajo la mesa con un ritmo demasiado rápido para la calma aparente del resto del cuerpo.
Ella cogió la tostada sin entusiasmo, le dio un mordisco pequeño y volvió a mirar los apuntes antes de terminar de masticar.
—Te estás convirtiendo en una señora de pueblo.
—Tengo cualidades.
—En cualquier momento vas a empezar a envolverme filetes en papel de aluminio.
—Eso exige una planificación que respeto profundamente.
La boca de Nya se curvó apenas. No levantó la vista, pero la tensión de los hombros cedió un poco.
Harper se sentó en la otra silla del despacho, no frente a ella, sino en diagonal, donde no le bloqueaba la luz ni la obligaba a establecer una conversación completa.
Había aprendido esa geometría con el tiempo.
A Nya había que acercarse por los laterales cuando estaba atrincherada en el estudio o en su propia cabeza.
De frente se defendía. Desde un lado, a veces dejaba sitio.
En la mesa, el temario abierto hablaba de plazos, actos administrativos, recursos, competencias, nulidades.
La letra impresa tenía esa neutralidad antipática de los textos que creen estar por encima de la vida.
Nya había llenado los márgenes de flechas, abreviaturas, ejemplos y comentarios sarcásticos diminutos.
Uno de ellos decía: «esto lo escribió alguien sin amigos». Harper lo leyó sin tocar la hoja.
—¿Desde las siete?
Nya se llevó el vaso de agua a la boca con una lentitud sospechosa.
—Más o menos.
—Lo tomaré como un sí.
—Eres insufrible, ¿lo sabes?
—También.
Bebió dos tragos. No los suficientes. Harper decidió aceptarlo como una victoria provisional.
La música cambió de movimiento dentro de la misma pieza, o quizá fue el altavoz ajustando mal el volumen.
El piano sonó un poco más cercano, más brillante, y durante unos segundos ninguno dijo nada.
Por la ventana entraba la luz del río y se quedaba sobre los papeles, sobre el borde del plato, sobre los dedos de Nya apoyados en la libreta.
La casa tenía ruidos pequeños de mañana habitada: una tubería, madera dilatándose, una gaviota fuera, el motor lejano de una embarcación.
Nada extraordinario. Precisamente por eso costaba tanto no mirarlo.
—No me has preguntado por las vías —dijo Harper.
Nya no respondió enseguida. Subrayó una palabra, cerró el tapón del rotulador y lo dejó junto a otros tres, perfectamente alineados de mala manera, si tal cosa era posible.
—Estaba esperando a que dejaras de vigilar si mastico.
—Puedo hacer ambas cosas.
—Sí. Esa es una de tus múltiples taras funcionales.
Harper apoyó la espalda en la silla. La camisa de hilo ya empezaba a perder la pulcritud con que había salido de casa, arrugada en los antebrazos, abierta en el primer botón.
Nya le miró la ropa un instante, quizá el rastro de humedad en el cuello, quizá el cansancio discreto que él no se molestaba en esconder del todo allí dentro.
—¿Suicidio? —preguntó ella.
La palabra cayó sobre la mesa sin dramatismo. Afuera, una gaviota chilló con una indignación ridícula. Harper miró el plato. Había comido media tostada. No estaba mal.
—Eso parece.
—Qué frase más poco tuya.
—Es una frase prudente.
—No. Es una frase de alguien que no quiere decir todavía que no.
Nya volvió al temario, pero ya no estaba leyendo. Harper lo supo por la ausencia del bolígrafo. Cuando Nya leía de verdad, la mano siempre trabajaba. Subrayaba, marcaba, corregía, discutía con el texto. Ahora el bolígrafo descansaba entre sus dedos sin moverse.
—Treinta y cinco años —dijo él—. Claudia Serrano Morales. Madre de un bebé. Encontraron el bolso cerca del cuerpo. Documentación, cita pediátrica, objetos personales. Sin signos evidentes de violencia. Sin pelea. Sin nada llamativo.
Nya guardó silencio un momento demasiado largo para ser casual.
—Qué limpio.
Harper levantó la vista. Ella seguía mirando el papel.
—No he dicho eso.
—No. Lo has puesto todo encima de la mesa para que lo diga yo.
El piano de Mark Fowler continuó llenando el despacho.
La melodía, que en otro contexto habría parecido expansiva, casi luminosa, allí adquiría una cualidad más seca, más contenida, encajada entre códigos, tostadas, café frío y una mujer muerta cuyo nombre acababa de entrar en la casa sin pedir permiso.
Nya cogió otro trozo de tostada y lo sostuvo sin comerlo.
—¿Qué no te gusta?
Harper no contestó al momento. Desde la cocina llegó un sonido leve, probablemente la nevera ajustando temperatura. Le molestó fijarse en eso. Le molestó porque significaba que estaba evitando ordenar una respuesta. No tenía una. No una que mereciera el nombre de respuesta.
—Todo encaja.
Nya lo miró entonces.
—Eso debería gustarte.
—A veces.
—Pero no hoy.
Harper bajó la vista hacia los apuntes, hacia el comentario diminuto sobre el redactor sin amigos, hacia la botella de agua que ella seguía sin tocar de nuevo.
Había pasado menos de una hora desde que vio el cuerpo de Claudia Serrano junto a las vías, y la escena seguía allí, intacta, demasiado serena.
El bolso. La documentación. La ausencia de señales.
La posición. La manera en que todos habían aceptado la palabra suicidio con el alivio de quien encuentra una etiqueta y la pega antes de que la realidad se mueva.
—Hoy no —dijo.
Nya dejó la tostada en el plato. No preguntó más. A veces sabía callarse de una forma que no tenía nada que ver con rendirse.
Harper permaneció sentado a su lado mientras Star Sky seguía sonando en el altavoz del despacho, y durante unos minutos la mañana volvió a parecer una mañana cualquiera en la bodega: libros, café, agua intacta, temarios abiertos, luz de julio sobre el Guadalete y dos personas que habían aprendido a cuidar del otro sin decir casi nunca lo que estaban haciendo.
La conversación murió durante unos minutos.
No de forma incómoda. La mayoría de las conversaciones entre Harper y Nya terminaban entrando y saliendo del silencio con una naturalidad que habría puesto nerviosa a mucha gente.
La casa seguía llena de pequeños sonidos: el roce de una página, una gaviota particularmente agresiva al otro lado del río, el rumor lejano de una embarcación maniobrando cerca del muelle.
Star Sky continuaba sonando desde el altavoz, deslizándose por el despacho sin reclamar protagonismo, como si hubiera encontrado su lugar exacto entre los libros, los apuntes y la luz blanca de julio.
Nya volvió al temario. O al menos volvió a mirarlo. Harper observó cómo sus ojos recorrían una página durante varios segundos sin detenerse realmente en ninguna línea. Después pasó la hoja. Luego volvió a la anterior. Encontró el párrafo que buscaba y lo leyó por tercera vez.
No dijo nada.
La mayoría de las personas creen que ocultar el cansancio consiste en no mencionar que están cansadas.
Nya pertenecía a esa categoría. Harper llevaba tiempo sabiendo que el agotamiento tiene una gramática propia.
Aparece en detalles pequeños. En las veces que alguien relee el mismo párrafo.
En las llaves olvidadas sobre una mesa. En el café que se enfría porque la persona ha olvidado que lo preparó.
En una respuesta que tarda dos segundos más de lo habitual.
Nya cogió el vaso de agua. Bebió. Lo dejó exactamente donde estaba. Harper decidió no celebrar la victoria.
—¿Qué hora era cuando te acostaste?
La pregunta llegó sin énfasis. Como si hablara del tiempo. Nya siguió mirando el temario.
—No lo sé.
—Lo sabes.
—Las tres y media.
Harper levantó una ceja. Ella continuó leyendo.
—Las cuatro.
—Ajá.
—No empieces .
—No he empezado nada.
—Llevas treinta segundos preparando una réplica.
Harper apoyó los brazos sobre la mesa.
—Simplemente intento averiguar qué sistema horario utilizas para que tres horas de sueño parezcan suficientes.
—El mismo que utilizan los opositores.
—Eso explica muchas cosas.
—No las que tú crees.