Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

Rutinas

La Bodega. Casa de Aeris y Nya

El Puerto de Santa María

Harper aparcó el Kona en el garaje de la bodega con la camisa pegada ligeramente a la espalda y la incomodidad del escenario de las vías todavía instalada en algún lugar detrás de los ojos.

Había vuelto conduciendo sin música durante los últimos diez minutos, no por cansancio ni por solemnidad, sino porque el ruido empezaba a molestarle cuando necesitaba ordenar impresiones que aún no admitían forma.

El motor se apagó con un suspiro breve. Al otro lado de la puerta automática, la mañana de julio ya había tomado posesión de la Ribera del Marisco con esa claridad blanca que convertía el río en una lámina viva, sucia, atravesada por reflejos rotos, por el paso lento de alguna embarcación temprana y por el graznido insolente de las gaviotas disputándose algo invisible cerca del muelle.

Al entrar en la casa, lo primero que percibió fue el café.

No el olor de una cafetera recién hecha, sino el rastro de varias tazas preparadas con demasiada prisa y abandonadas a distintos grados de enfriamiento.

El café viejo tenía una acidez reconocible, una nota amarga que quedaba suspendida en el aire de la planta baja incluso cuando las ventanas estaban abiertas.

Harper dejó las llaves en la bandeja junto a la entrada, colocadas exactamente en el mismo sitio de siempre, y permaneció un momento quieto, escuchando.

La bodega de día no se parecía a la bodega de madrugada.

La luz entraba por los ventanales altos, subía por el ladrillo visto, tocaba los lomos de algunos libros de la planta superior y dejaba al descubierto pequeñas motas de polvo que la noche había vuelto invisibles.

Desde fuera llegaban el murmullo del Guadalete, un motor de barco mal ajustado, voces lejanas de alguien descargando mercancía y el chillido de una gaviota que parecía tener motivos personales contra el mundo .

No llamó a Nya. Sabía dónde estaba.

La encontró en el despacho compartido, sentada ante la mesa grande, con el portátil abierto, dos códigos extendidos a la izquierda, un temario subrayado a la derecha y una libreta llena de esquemas que solo ella habría podido descifrar sin perder media mañana en el intento.

Llevaba una sudadera oscura pese al calor, el pelo recogido de cualquier manera y una pierna doblada bajo el cuerpo en una postura que más tarde le dolería y que negaría haber mantenido durante horas.

En el altavoz pequeño del escritorio sonaba una versión de piano de Star Sky, de Mark Fowler, una de esas piezas que Nya llevaba semanas reproduciendo a todas horas con una insistencia que no comentaba y que Harper, por supuesto, había archivado mentalmente sin necesidad de convertirlo en conversación.

La música ocupaba el despacho con discreción.

No competía con la luz ni con el sonido del río.

Se quedaba debajo, acompañando el roce del bolígrafo contra el papel, el paso ocasional de una página, la respiración contenida de Nya cuando memorizaba un artículo especialmente árido o cuando volvía sobre una misma idea hasta arrancarle obediencia.

Harper se apoyó en el marco de la puerta unos segundos.

Ella no levantó la vista. No porque no lo hubiera oído.

Nya oía demasiado. Distinguía sus pasos de los de cualquiera, distinguía cuándo abría un cajón, cuándo dejaba un vaso sobre la encimera, cuándo se quedaba parado detrás de ella calculando el modo menos invasivo de interrumpirla.

Fingió no percibirlo porque estaba en mitad de un párrafo, porque si perdía el hilo tendría que empezar de nuevo, porque a veces estudiar era una forma socialmente aceptable de no hablar de nada.

Harper miró el reloj de pared sin mover la cabeza.

Ocho treinta y seis. Nya se había levantado a las seis cuarenta y cinco.

La cafetera lo confirmaba antes que cualquier confesión.

Una taza en el fregadero, otra junto al temario, otra a medio terminar cerca del teclado, la marca húmeda de una cuarta sobre la encimera.

A las siete ya debía de estar sentada allí.

No era difícil reconstruirlo. Había dejado el dormitorio sin hacer ruido, habría bajado en calcetines, habría puesto café, habría abierto el temario con esa disciplina suya que parecía admirable desde fuera y mucho más inquietante cuando una persona vivía lo bastante cerca como para ver el coste.

La noche anterior se había acostado cerca de las cuatro.

Él había recibido la llamada a las cinco y veintitrés, y cuando salió, ella seguía dormida, o haciendo una imitación convincente del sueño, que en Nya a veces era casi lo mismo.

Menos de tres horas. Otra vez.

Harper no dijo nada.

Entró en el despacho, retiró con naturalidad la taza vacía que estaba demasiado cerca del portátil y la sustituyó por el vaso de agua que ella había dejado intacto al otro lado de la mesa.

Nya hizo una anotación en el margen del tema, subrayó una frase con rotulador verde y solo entonces levantó los ojos hacia él.

Tenía la mirada limpia de quien ha dormido poco y ha decidido seguir funcionando por pura insolencia.

La piel demasiado pálida bajo la luz de la mañana.

Una pequeña marca de almohada en la mejilla que no había desaparecido todavía.

—Has vuelto pronto —dijo.

—La muerte ha sido razonablemente eficiente.

—Qué detalle por su parte.

La voz de Nya salió baja, algo ronca, todavía sin terminar de pertenecer al día.

Harper dejó la taza vacía sobre una bandeja, bajó apenas la persiana lateral porque el reflejo empezaba a caer sobre las páginas del código y abrió la ventana superior del despacho un palmo.

Entró aire del río, caliente ya, con olor a agua quieta, gasoil y sal vieja.

Nya lo observó hacer todo aquello sin apartar el bolígrafo del papel.

—Me has movido el vaso.

—Estaba lejos.

—A una distancia perfectamente asumible para una persona con brazos.

—No he querido arriesgarme a un incidente anatómico antes de las nueve.

Nya soltó una risa pequeña, más aire que sonido, y volvió al temario.

Harper se quedó junto a la mesa el tiempo justo para mirar la disposición de los apuntes.

Administrativo. Constitucional. Penal. Jurisprudencia impresa.

Una pestaña abierta con una sentencia del Supremo.

Otra con un foro de opositores que Nya juraba no leer nunca y que aparecía en su historial con la frecuencia de una mala adicción.

En la esquina inferior derecha de la libreta había dibujado varias líneas sin sentido, garabatos hechos durante una lectura difícil o durante un momento en que la cabeza había intentado escapar del texto.

El piano de Mark Fowler siguió llenando el despacho, más cálido ahora con la ventana abierta.

Nya había descubierto aquel artista en Spotify semanas atrás y desde entonces lo reproducía como quien vuelve al mismo banco de una plaza porque ahí la sombra cae de una manera concreta.

Harper no le había preguntado por qué. Tampoco hacía falta.

Las rutinas de Nya siempre tenían una raíz, aunque ella las presentara como casualidades.

Un tipo de café. Una sudadera determinada.

Una pieza de piano repetida hasta desgastarla.

Un sitio exacto de la mesa desde el que el mundo parecía obedecer un poco más.

—¿Has desayunado? —preguntó él.

Nya pasó una página.

—Café.

—Eso no es desayunar .

—Es una postura ideológica.

—Es una úlcera con vocabulario.

Ella marcó una línea con el dedo para no perder el punto de lectura.

—¿Vienes de levantar un cadáver y me vas a dar la charla nutricional?

Harper miró las tazas, la botella de agua intacta, el paquete de galletas cerrado desde hacía dos días y una manzana que había empezado a arrugarse en el frutero del despacho con una dignidad deprimente.

Luego miró a Nya. Ella no le sostuvo la mirada demasiado tiempo.

Volvió al texto, subrayó una frase que no necesitaba subrayar y escribió algo en la libreta con una letra un poco más inclinada de lo habitual.

—No —dijo él—. Voy a hacer tostadas.

—No tengo hambre.

—No te he preguntado.

Nya resopló, pero no discutió. Esa era una de las formas en que Harper sabía que el cansancio estaba haciendo más trabajo del que ella admitiría.

Cuando tenía energía, discutía con precisión, elegía sus palabras como cuchillos pequeños y convertía un asunto doméstico en una cuestión de principios.

Cuando estaba agotada, protestaba lo justo para conservar la dignidad y permitía que él invadiera el margen práctico de su vida sin llamarlo cuidado.

Harper salió hacia la cocina mientras Star Sky seguía sonando en el despacho. No cerró la puerta.

La cocina de la bodega recibía la luz de julio con una falta absoluta de pudor.

Los muebles claros, la piedra de la encimera, los azulejos restaurados cerca del fregadero y las plantas que Nya había colocado junto a la ventana parecían demasiado despiertos para una casa donde alguien había dormido menos de tres horas.

Harper puso pan en la tostadora, sacó aceite, tomate, un plato pequeño, un cuchillo, y abrió la nevera con la concentración de un hombre que no estaba preparando comida sino corrigiendo una desviación del sistema.

Había queso fresco, fruta cortada, yogures, sobras de la noche anterior y un táper con pasta que Nya olvidaría hasta que desarrollara vida independiente si nadie intervenía.

Eligió lo que sabía que ella aceptaría sin convertir el desayuno en una negociación constitucional.