Capítulo Dos #3
Los técnicos fotografiaron el bolso desde varios ángulos antes de proceder a su apertura.
Nadie se movió deprisa. La burocracia tiene muchos defectos, pero una escena de muerte es uno de los pocos lugares donde la lentitud suele ser una virtud.
Finalmente apareció una cartera. Después documentación.
Tarjetas. Algunas fotografías. Y varios objetos cotidianos cuya importancia probablemente solo conocía la persona que los llevaba encima.
El agente revisó el documento de identidad.
—Claudia Serrano Morales.
Parra tomó nota.
—Treinta y cinco años.
El nombre quedó suspendido unos segundos sobre el escenario.
Hasta ese momento había sido una mujer. Ahora era una persona.
Harper siempre encontraba interesante ese momento concreto.
El instante en que un cadáver recupera parcialmente su identidad.
Porque la muerte simplifica. Los nombres complican.
—Hay más cosas —añadió el agente.
Extrajo una fotografía doblada. No era especialmente antigua. Aparecía un bebé. Muy pequeño. Quizá unos meses. Dormía envuelto en una manta blanca mientras alguien lo sostenía fuera del encuadre.
Pedro observó la imagen.
—Madre reciente.
No era una conclusión brillante. Era una observación. Las observaciones suelen ser más útiles.
El agente siguió revisando el contenido. Pañuelos. Recibos. Una cita pediátrica. Más documentación. Nada extraño. Nada alarmante. Nada que alterara significativamente la hipótesis inicial. Parra terminó de anotar los datos y volvió la vista hacia Harper.
—Todo sigue apuntando en la misma dirección.
Harper no respondió inmediatamente. Seguía observando a Claudia Serrano.
Claudia. Treinta y cinco años. Madre. Sin signos evidentes de violencia ni de intervención de terceros.
Sin escenario alterado. Sin lucha. Sin caos.
La muerte, presentada de aquella manera, parecía haber firmado un acuerdo de colaboración con el sentido común.
Y eso era precisamente lo que empezaba a resultarle molesto.
El levantamiento se desarrolló sin incidentes.
Las autorizaciones se firmaron. Los procedimientos avanzaron.
Los técnicos continuaron trabajando. La ambulancia aguardó el momento de trasladar el cuerpo.
Y mientras todo aquello ocurría, Harper permaneció observando.
No de forma espectacular. No como los detectives de ficción. Simplemente observando.
Años atrás había descubierto que la mayoría de los errores aparecen cuando las personas sienten la necesidad de demostrar que están pensando. Los escenarios no suelen revelar nada a quien los interroga. Lo hacen con quienes tienen paciencia suficiente para escucharlos.
La posición del cuerpo encajaba. La distancia respecto a las vías encajaba.
La ropa encajaba. La hora encajaba. El bolso encajaba.
La documentación encajaba. Incluso la historia preliminar que comenzaba a dibujarse encajaba.
Una mujer. Treinta y cinco años. Madre reciente.
Madrugada. Soledad. Vías ferroviarias. El tipo de relato que cualquier periodista sería capaz de resumir en seis líneas antes de comer. Y sin embargo.
Harper contempló nuevamente el entorno. La humedad seguía suspendida sobre el terreno.
El cielo ya había abandonado los tonos nocturnos.
Los primeros sonidos normales del día comenzaban a imponerse sobre los de la escena.
Vehículos lejanos. Algún pájaro. El murmullo de conversaciones profesionales.
La vida retomando su curso con esa indiferencia característica que siempre le había parecido una de las cualidades más brutales del mundo.
Todo encajaba. Demasiado bien. No había ninguna prueba. Ninguna teoría. Ningún indicio concreto. Ni siquiera una sospecha articulada. Solo una sensación. Una pequeña resistencia interna. Como cuando una pieza entra perfectamente en un mecanismo y, aun así, uno percibe que algo no funciona.
Parra apareció a su lado.
—¿Sigues pensando?
—Siempre.
—Error mío.
Harper permitió una sombra de sonrisa. Muy pequeña. Lo justo para demostrar que había escuchado la broma.
—¿Algo raro?
La pregunta llegó sin presión. Sin expectativas. Parra ya conocía la respuesta.
Harper observó por última vez el lugar donde había aparecido Claudia Serrano. Después negó lentamente con la cabeza.
—No.
Y era verdad. No había nada raro. Nada visible. Nada demostrable. Nada que pudiera incorporarse a un informe. Solo aquella incomodidad absurda. Aquella sensación persistente de que la escena había sido construida exactamente para que nadie hiciera preguntas.
La experiencia le había enseñado que los escenarios complicados suelen resolverse antes que los sencillos. Los complicados muestran sus grietas. Las contradicciones. Los errores. Las prisas. Los sencillos, en cambio, tienen la desagradable costumbre de ocultarlas.
Harper observó cómo introducían el cuerpo de Claudia Serrano en la bolsa mortuoria. Después miró nuevamente las vías. Y por primera vez aquella mañana tuvo la certeza de que iba a volver. Todavía no sabía por qué. Pero iba a volver.