Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Dos #2
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Capítulo Dos #2

El amanecer había terminado de imponerse sobre la noche, aunque todavía conservaba algo de su suciedad.

El cielo mostraba una tonalidad gris pálida, sin dramatismo, sin belleza particular, la clase de amanecer que pasa desapercibido para cualquiera que no tenga obligación de estar despierto a esas horas.

Las vías atravesaban el paisaje con una rectitud casi arrogante, prolongándose en ambas direcciones hasta perderse entre naves industriales, terreno ferroviario y manchas dispersas de vegetación castigada por el verano.

Había varios vehículos policiales estacionados junto al acceso de servicio.

También una unidad de Policía Científica, una ambulancia que ya no tenía ninguna utilidad médica y un pequeño grupo de personas moviéndose alrededor de la escena con esa eficiencia discreta que suele aparecer cuando cada uno conoce exactamente cuál es su trabajo.

Nadie corría. Nadie levantaba la voz. Los muertos generan urgencia en las películas. En la realidad generan procedimientos.

Harper cerró el coche con el mando y comenzó a caminar hacia el perímetro acordonado.

Algunos agentes lo saludaron con un gesto de cabeza.

Otros simplemente se apartaron para dejarle paso.

No era cuestión de autoridad ni de jerarquía.

Era costumbre. Después de tantos años trabajando con los mismos juzgados, las mismas comisarías y los mismos cuerpos policiales, uno termina formando parte del paisaje profesional de los demás.

Como una señal de tráfico especialmente desagradable o una curva que obliga a reducir la velocidad.

Desde cierta distancia distinguió a Pedro.

El forense estaba agachado junto al cuerpo, hablando con uno de los técnicos de científica mientras señalaba algo sobre una libreta.

Tenía el mismo aspecto de siempre: ligeramente despeinado, moderadamente cansado y con la expresión resignada de quien ha aceptado hace años que la muerte insiste en aparecer a horas poco razonables.

Un poco más allá se encontraba Parra. Harper lo reconoció antes incluso de verle la cara.

Algunos policías desarrollan una forma particular de ocupar el espacio.

No es una cuestión física. Es una actitud.

Una manera de permanecer de pie, de observar el entorno y de hablar con otras personas sin dejar nunca de vigilar lo que ocurre alrededor.

Parra pertenecía a esa categoría. Estaba conversando con un hombre de mantenimiento ferroviario que Harper supuso sería quien había encontrado el cuerpo.

El trabajador gesticulaba poco. Parecía agotado.

También parecía desear encontrarse en cualquier otro lugar del planeta.

A unos metros de ellos, sosteniendo una carpeta contra el pecho con más fuerza de la necesaria, una mujer joven observaba discretamente todo cuanto ocurría.

La nueva LAJ. Rocío Robles. Harper la había conocido apenas unos días antes.

Recordaba su nombre. Recordaba su expediente.

Recordaba que había llegado al juzgado con una mezcla de entusiasmo profesional y terror administrativo bastante habitual en quienes todavía conservan expectativas razonables sobre el funcionamiento de la Justicia.

La joven lo vio aproximarse y se enderezó de forma casi inmediata. Harper reprimió el impulso de suspirar. Era una reacción frecuente. Las primeras semanas. Después solía desaparecer. O empeorar. Dependía de la persona.

El terreno crujió suavemente bajo sus náuticos mientras se aproximaba al grupo. Parra fue el primero en verlo. Y sonrió. Mala señal. Las sonrisas de los inspectores de homicidios antes de las siete de la mañana rara vez anuncian nada positivo.

—Sabía yo que nos íbamos pronto a casa —dijo Parra en cuanto estuvo a distancia de conversación—. Si la ley de eficiencia judicial funcionara como Aeris Harper, la Justicia funcionaría como un reloj suizo.

Harper lo observó unos segundos. Después miró alrededor. Las vías. La ambulancia. Los agentes. El cadáver. El amanecer. Volvió a mirar a Parra.

—Las quejas al ministro. Yo solo soy el daño colateral .

Parra soltó una carcajada breve. El trabajador ferroviario pareció agradecer que alguien hubiera introducido algo parecido a la normalidad en aquella mañana.

Incluso la nueva LAJ sonrió antes de recordar que probablemente no sabía todavía si estaba permitido sonreír delante de un juez de instrucción. Harper decidió salvarla del dilema.

—Buenos días.

La joven tardó una fracción de segundo en comprender que el saludo iba dirigido a ella.

—Buenos días, señoría.

—¿Primer levantamiento?

La pregunta la pilló desprevenida.

—Sí.

—No se preocupe. La primera vez siempre parece peor antes de empezar.

—¿Y después?

—Después suele parecer peor cuando termina.

La respuesta tardó un instante en ser procesada. Parra volvió a reírse. La joven no estaba segura de si aquello era una broma. Harper tampoco parecía especialmente interesado en aclararlo. Se volvió hacia el inspector.

—¿Qué tenemos?

La transformación fue inmediata. No teatral. No exagerada. Simplemente desapareció la conversación informal y apareció el trabajo. Parra adoptó una postura ligeramente distinta. Más concentrada. Más precisa.

—Mujer. Treinta y cinco años aproximadamente. Hallada a las cinco de la mañana por un trabajador de mantenimiento ferroviario. Sin documentación visible. Sin signos aparentes de violencia. Sin indicios evidentes de participación de terceros. La primera impresión es suicidio.

La frase quedó suspendida unos segundos entre ambos. Primera impresión. Harper siempre agradecía a los policías que utilizaban expresiones prudentes. La prudencia era una virtud subestimada.

—¿Y la segunda impresión?

Parra se encogió de hombros.

—La misma.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Las escenas sencillas nos ahorran mucho trabajo.

Parra sonrió. Conocía a Harper desde hacía demasiado tiempo. Sabía reconocer cuándo una frase significaba exactamente lo contrario de lo que parecía .

—No te gusta.

—Todavía no la he visto.

—Ya.

—Y tú ya has decidido que no me gusta.

—También llevo demasiado tiempo trabajando contigo.

Harper dejó escapar una exhalación casi imperceptible. No era una respuesta. Tampoco una negación. Simplemente siguió caminando hacia la zona donde esperaba Pedro.

Mientras avanzaba, Rocío se colocó discretamente a un lado para acompañarlo.

Intentaba parecer profesional, tomar notas mentales, no mirar demasiado el cadáver.

En resumidas cuentas, hacerlo todo bien.

Harper la observó apenas un segundo. Recordó perfectamente aquella sensación.

La primera vez que uno se enfrenta a una muerte profesionalmente suele creer que el problema es el cadáver.

Con los años descubre que el verdadero problema casi nunca es el cadáver. Son los vivos que quedan alrededor.

Frente a ellos, junto a las vías, la mujer permanecía inmóvil bajo la luz gris del amanecer.

Y por algún motivo que Harper todavía no lograba explicar, la escena parecía haber sido construida exactamente para producir tranquilidad.

Eso era lo que le molestaba. No el cuerpo.

No la muerte. La tranquilidad. Porque la muerte rara vez se preocupa tanto por dejarlo todo en orden.

Pedro levantó la vista cuando vio aproximarse a Harper.

—Buenos días, excelencia judicial.

—Sigues vivo, veo.

—De momento. Aunque me has sacado de la cama a una hora que debería ser ilegal incluso para los jueces.

—Yo estaba durmiendo. A ti te han llamado antes.

—Siempre encuentras la forma de empeorar mis argumentos.

Harper se agachó junto al cuerpo sin responder. La conversación murió por sí sola, como ocurría a menudo cuando el trabajo ocupaba el espacio. Pedro tampoco insistió. Llevaban demasiados años coincidiendo en escenarios parecidos como para necesitar explicaciones.

La mujer descansaba sobre el margen de las vías con una serenidad que seguía resultando incómoda cuanto más tiempo la observaba.

Desde cerca parecía incluso más joven que desde la distancia.

El cabello oscuro, todavía húmedo por el rocío de la madrugada, se extendía parcialmente sobre las piedras.

La ropa estaba limpia. No impecable, pero limpia.

No había desgarros evidentes. No había barro en cantidades extrañas. No había señales visibles de arrastre .

Harper recorrió la escena con la mirada sin tocar absolutamente nada.

La distancia hasta el raíl. La inclinación del terreno.

La posición de los brazos. La dirección de los pies.

La vegetación próxima. Los pequeños detalles.

Siempre los pequeños detalles. No porque escondieran necesariamente la verdad.

A veces no escondían nada. Pero los detalles eran el lenguaje natural de los escenarios.

La mayoría de las personas observaban una escena buscando respuestas.

Harper observaba buscando contradicciones. Y todavía no encontraba ninguna.

A pocos metros, uno de los agentes de científica levantó la mano.

—Inspector.

Parra se acercó. Intercambiaron unas palabras breves antes de que el inspector dirigiera la vista hacia Harper.

—Hemos localizado un bolso.

Harper giró la cabeza. El bolso descansaba parcialmente oculto entre la vegetación baja, a varios metros del cuerpo. No demasiado lejos. Tampoco demasiado cerca. La clase de distancia que parecía razonable. Otra vez esa palabra. Razonable. Todo allí parecía razonable.

—¿Se ha manipulado?

—Negativo.

—Documentad posición exacta y apertura.

El agente asintió. Rocío ya había sacado la libreta.

Tomaba notas con una concentración casi feroz.

Harper sospechaba que todavía no era plenamente consciente de qué cosas eran importantes y cuáles no, así que probablemente estaba intentando anotarlo todo.

Era una estrategia razonable. Agotadora, pero razonable.