Capítulo Dos
El informe perfecto
Jerez de la Frontera
La autovía estaba prácticamente vacía a aquellas horas.
Aeris Harper apoyó una mano sobre el volante del Hyundai Kona rojo cereza mientras la primera claridad de la mañana comenzaba a desprenderse lentamente del horizonte.
Todavía no había amanecido del todo. El cielo conservaba una tonalidad gris azulada que convertía los campos en manchas oscuras y las naves industriales en siluetas sin profundidad.
Desde la carretera, el mundo parecía suspendido en ese territorio extraño donde la noche ya no manda, pero el día todavía no se ha presentado oficialmente.
El aire acondicionado expulsaba una corriente suave que olía a coche nuevo, aunque el vehículo ya no lo fuera.
Harper siempre había pensado que algunos olores permanecían mucho más tiempo de lo razonable, aferrándose a los materiales con una obstinación casi humana.
Quizá por eso los recuerdos también funcionaban así.
Uno creía haber ventilado una habitación y, sin embargo, años después seguía encontrando el mismo aroma escondido en una esquina.
La llamada había llegado a las cinco y veintitrés.
A las cinco y treinta y cinco había salido de la bodega.
Entre ambas cosas solo habían ocurrido los movimientos necesarios: la ducha rápida, la ropa, las llaves, el teléfono, la costumbre.
Después de tantos años ejerciendo de juez de instrucción, las madrugadas tenían un protocolo propio que no figuraba en ningún manual jurídico.
Antes de salir había vuelto al dormitorio, no porque necesitara nada, simplemente había regresado.
Nya seguía dormida. La tenue claridad que entraba por la ventana apenas alcanzaba a dibujar parte de su rostro sobre la almohada.
Dormía de lado, abrazada parcialmente a la sábana, con el cabello desordenado extendido sobre el colchón y una expresión infinitamente más joven que la que mostraba cuando estaba despierta.
Harper se había quedado observándola apenas unos segundos, inmóvil junto a la puerta.
No la despertó. Jamás lo hacía cuando conseguía dormir profundamente, porque ocurría pocas veces.
Mucho menos de las que ella creía que él sabía.
Nya pensaba que ocultaba bien ciertas cosas.
La mayoría de la gente ocultaba bien ciertas cosas.
El problema de convivir con alguien durante un año era que terminabas aprendiendo los patrones invisibles: las noches en las que la encontraba despierta en la biblioteca cuando iba a beber agua, los días en que parecía especialmente cansada sin admitirlo, los sobresaltos mínimos ante determinados sonidos, la forma en que evitaba algunas conversaciones concretas sin necesidad de cambiar de tema de forma evidente, la cantidad absurda de café que consumía cuando llevaba varias noches durmiendo mal.
Harper jamás le había puesto nombre. Los diagnósticos eran cómodos porque permitían fingir que comprender algo equivalía a solucionarlo.
La experiencia le había enseñado exactamente lo contrario.
Solo sabía que Nya dormía poco, que a veces soñaba cosas que la dejaban agotada y que cuando conseguía descansar de verdad, él prefería proteger aquel sueño como quien protege una tregua demasiado frágil.
Por eso se había limitado a observarla. Después había salido de la habitación.
Y de la casa. Y ahora estaba allí, conduciendo hacia Jerez mientras el amanecer comenzaba a extenderse lentamente sobre la campiña gaditana.
La muerte tenía una curiosa capacidad para alterar los horarios de los vivos.
Harper siempre lo había considerado una de las mayores muestras de poder que conservaba un cadáver.
Los muertos ya no tenían obligaciones. No tenían reuniones.
No tenían hipotecas. No tenían problemas de agenda.
Eran los vivos quienes reorganizaban sus días alrededor de ellos: jueces, policías, forenses, abogados, familias, periodistas.
Todos terminaban girando alrededor de una ausencia.
La mayoría de las personas tardaban años en adquirir semejante influencia. Los muertos la obtenían de inmediato.
La señal de Jerez apareció varios kilómetros más adelante.
Harper redujo ligeramente la velocidad mientras el cielo adquiría una tonalidad más clara.
A un lado de la carretera comenzaron a aparecer gasolineras todavía cerradas, polígonos industriales medio dormidos y los primeros vehículos de reparto iniciando su jornada.
El mundo estaba despertando. Lentamente.
Sin saber todavía que una mujer había aparecido muerta junto a unas vías ferroviarias cuarenta minutos antes.
Harper tampoco sabía gran cosa. Lo que le habían dicho por teléfono. Mujer. Treinta y pocos años. Posible suicidio. Línea férrea. Nada especialmente llamativo, ni urgente, ni extraño. Y, sin embargo, algo en la llamada le había dejado una sensación incómoda que todavía no lograba identificar .
No era intuición. Harper desconfiaba profundamente de la intuición.
La mayoría de las veces no era más que información incompleta disfrazada de misticismo.
Simplemente había algo. Una ligera resistencia mental.
Una pequeña aspereza. Como una piedra diminuta dentro de un zapato.
Todavía era incapaz de explicar por qué.
Las primeras notas de Welcome to the Fire comenzaron a sonar a través del bluetooth justo cuando abandonaba uno de los accesos secundarios que conectaban con la zona donde se encontraba el escenario.
Harper no cambió la canción. Tampoco subió el volumen.
La dejó sonar. La música ocupó el interior del coche mientras las ruedas avanzaban sobre el asfalto todavía húmedo por el rocío nocturno.
Había algo casi contradictorio en aquella canción.
Una energía contenida. Una tensión constante que parecía empujar hacia delante sin llegar a romper nada.
No era el tipo de música que la mayoría de la gente asociaría con un juez de instrucción de cuarenta años conduciendo hacia un posible suicidio al amanecer.
A Harper nunca le habían interesado demasiado las asociaciones que la gente hacía sobre lo que debía gustarle a alguien.
La experiencia también le había enseñado que las personas construían perfiles psicológicos absurdos a partir de detalles ridículamente pequeños: la música, la ropa, la bebida, el coche, la forma de caminar. La mayoría de las veces se equivocaban.
Pensó fugazmente en el traje que había decidido no ponerse.
Julio en Cádiz convertía ciertas convenciones en actos de terrorismo climático.
Llevaba unos pantalones negros de hilo, una camisa blanca igualmente ligera y unos náuticos cómodos.
Nada más. La toga ya tendría ocasión de arruinarle la temperatura corporal más adelante.
De momento pensaba aprovechar cada minuto que le permitiera seguir sintiendo que era un ser humano y no un producto textil recalentado.
La canción continuó avanzando mientras el paisaje cambiaba poco a poco.
Campos. Terreno ferroviario. Postes eléctricos.
Hierba castigada por el verano. La clase de lugares que la mayoría de los ciudadanos solo contemplan desde la ventanilla de un tren y olvidan inmediatamente después.
Harper, sin embargo, había aprendido que los espacios periféricos suelen ser más sinceros que los céntricos.
Las ciudades se maquillan. Las afueras rara vez tienen interés en hacerlo.
Por eso los cadáveres aparecen tantas veces allí.
No porque sean lugares especialmente peligrosos, sino porque son lugares donde resulta más difícil fingir.
El teléfono permanecía en silencio. No habían vuelto a llamarlo.
No había novedades. No había urgencias. Nada.
Todo apuntaba a una mañana relativamente sencilla en una guardia cualquiera.
Y precisamente eso era lo que más le molestaba.
No porque creyera que hubiera algo extraño, porque no tenía motivo alguno para creerlo.
Lo que le incomodaba era la facilidad con la que todos parecían haber llegado a una conclusión antes incluso de que él hubiera visto el cuerpo.
Suicidio. Palabra sencilla. Palabra cómoda.
Palabra que permite archivar mentalmente una muerte antes de haber empezado a entenderla.
Harper había visto suficientes suicidios reales para saber que existían.
Y suficientes homicidios disfrazados para desconfiar de cualquier explicación excesivamente rápida.
No estaba pensando en el caso. Todavía no.
Simplemente estaba pensando en las personas.
En su necesidad desesperada de ordenar el mundo cuanto antes. De etiquetar. De clasificar. De cerrar.
La canción llegó a su estribillo cuando divisó las primeras luces policiales reflejándose a lo lejos entre la humedad del amanecer.
El escenario estaba cerca. Harper bajó ligeramente el volumen.
Y durante unos segundos observó el resplandor azul que parpadeaba en la distancia mientras el cielo terminaba de despertar sobre Jerez.
Algo había terminado para aquella mujer.
Algo estaba empezando para todos los demás. Y todavía nadie lo sabía.
La primera sensación al bajar del coche fue la humedad.
No el calor. No el olor. La humedad. Aquel tipo de humedad que se adhiere a la piel antes incluso de que uno sea consciente de haber abandonado el aire acondicionado.
Harper cerró la puerta del Kona y permaneció inmóvil unos segundos, observando el escenario mientras el motor terminaba de apagarse a su espalda.
La música desapareció con él, dejando paso a un silencio fragmentado por conversaciones lejanas, transmisiones de radio, el zumbido constante de la instalación ferroviaria y el rumor sordo de una mañana que empezaba a ponerse en marcha.