Capítulo Uno #2
No se acercó más. Treinta y dos años de oficio sirven, entre otras cosas, para que uno aprenda a no meter las manos donde no debe.
Sacó el teléfono del bolsillo del chaleco con una torpeza que le irritó incluso en aquel momento.
Los dedos, endurecidos por el trabajo, parecían de pronto menos precisos de lo normal.
Marcó emergencias y se obligó a mirar alrededor mientras esperaba, no por curiosidad, sino porque sabía que después alguien preguntaría qué había visto, desde dónde venía, si había tocado algo, si había oído algo, si había pasado algún tren, si la zona estaba alterada.
A su alrededor, el mundo seguía siendo el mismo y, sin embargo, ya no lo era.
La línea Sevilla-Cádiz continuaba extendiéndose en ambas direcciones con su indiferencia de hierro.
El campo seguía oliendo a humedad y óxido.
El cielo seguía aclarando de forma sucia hacia el este.
En algún punto lejano, Jerez comenzaba a despertarse sin saber que allí, junto a las vías, una mujer yacía en el margen de la madrugada con una serenidad que no parecía pertenecer a la muerte ni al sueño .
Cuando al otro lado de la línea contestaron, Manuel tragó saliva antes de hablar.
Había frases que nadie quiere pronunciar porque después de pronunciarlas ya no se puede volver a la rutina anterior, ni al flamenco en los auriculares, ni al café con su mujer, ni a la pequeña incidencia ferroviaria que lo había sacado de la caseta antes de amanecer.
—Soy Manuel Aranda, mantenimiento ferroviario —dijo al fin, con la vista fija en la mano inmóvil de la mujer—. Estoy en el punto kilométrico noventa y ocho cuatrocientos, línea Sevilla-Cádiz, término de Jerez. Hay una persona junto a la vía. Una mujer. No se mueve.
La operadora le hizo varias preguntas más.
Nombre completo. Empresa. Ubicación exacta.
Si había comprobado constantes vitales. Si observaba riesgo inmediato para la circulación ferroviaria.
Manuel respondió lo mejor que pudo, mirando alternativamente la pantalla del teléfono y el cuerpo tendido junto a las vías, como si en algún momento fuera a descubrir que había entendido mal lo que estaba viendo.
Le indicaron que no se acercara más.
Que no tocara nada.
Que permaneciera en la zona hasta la llegada de los servicios de emergencia y de las fuerzas de seguridad.
Después la llamada terminó.
El silencio regresó de golpe.
Manuel guardó el teléfono en el bolsillo del chaleco y permaneció inmóvil unos segundos, sin saber muy bien qué hacer con las manos.
Siempre había pensado que las situaciones graves iban acompañadas de algún tipo de claridad especial, una sensación instintiva que permitía comprender inmediatamente lo que estaba ocurriendo.
La realidad era bastante menos elegante.
La realidad consistía en quedarse quieto junto a unas vías húmedas a las cinco de la mañana, sintiéndose extrañamente inútil mientras esperaba que llegaran personas mejor preparadas para gestionar aquello.
El cielo empezaba a aclararse muy despacio hacia el este.
Todavía no podía hablarse de amanecer. Era más bien una pérdida gradual de oscuridad.
Los perfiles de las naves industriales comenzaban a definirse en el horizonte y las líneas del terreno dejaban de confundirse unas con otras.
El campo aparecía poco a poco, como una fotografía revelándose en una cubeta.
Manuel volvió a mirar a la mujer.
Seguía sintiendo la misma incomodidad.
No miedo .
No exactamente.
La incomodidad que producen las cosas que parecen correctas a primera vista y, sin embargo, contienen algo que no termina de encajar.
Había visto accidentes ferroviarios antes.
Pocos, afortunadamente.
Los suficientes para saber que la muerte junto a unas vías suele tener una violencia particular. Incluso cuando el cuerpo permanece relativamente entero, siempre existe una sensación de interrupción brutal. Algo roto. Algo desplazado.
Aquella mujer, en cambio, parecía formar parte del paisaje de una manera inquietante.
La humedad había oscurecido parte de su ropa.
El cabello se extendía sobre las piedras húmedas.
Una mano descansaba junto al balasto con los dedos ligeramente curvados.
No parecía estar luchando contra nada.
No parecía haber intentado aferrarse a nada.
Parecía … descansando.
La idea le resultó tan desagradable que apartó la vista.
A lo lejos comenzaron a aparecer destellos azules.
Primero débiles.
Después más definidos.
Las luces avanzaban por la carretera de servicio como pequeños reflejos artificiales sobre la oscuridad todavía dominante.
Manuel dejó escapar el aire lentamente.
La responsabilidad empezaba a desplazarse hacia otras personas.
Y agradeció más de lo que estaba dispuesto a reconocerlo que así fuera.
Mientras observaba acercarse a los vehículos, volvió a llevarse una mano al bolsillo donde guardaba el teléfono. Por pura costumbre, abrió la aplicación de música. La reproducción seguía detenida en mitad de una canción de Camarón.
Durante un instante contempló la pantalla.
Después la bloqueó sin volver a poner los auriculares.
Aquella mañana ya no iba a escuchar más música.
-*.*-
El Puerto de Santa María.
05:23 horas .
La bodega permanecía sumida en ese silencio particular que solo existe durante los minutos previos al amanecer, cuando la noche ya ha comenzado a retirarse pero el día todavía no ha decidido ocupar su lugar.
La lluvia había desaparecido horas atrás y el aire que entraba por alguna ventana mal cerrada conservaba un frescor extraño para mediados de julio.
Sobre la planta superior, la biblioteca descansaba bajo una penumbra azulada donde las estanterías parecían más altas y los pasillos más profundos de lo que eran durante el día.
El teléfono comenzó a sonar.
El sonido atravesó el silencio de la casa con una educación casi irritante. No era una alarma estridente ni un timbre agresivo. Era simplemente una llamada. Una más.
Pero las llamadas a las cinco y veintitrés de la mañana rara vez eran una más.
En el dormitorio, Aeris Harper abrió los ojos antes de ser plenamente consciente de haber despertado.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando la oscuridad difusa del techo.
Había desarrollado aquella costumbre muchos años atrás.
No incorporarse de golpe. No reaccionar inmediatamente.
Darle al cerebro el tiempo suficiente para identificar dónde estaba antes de empezar a resolver problemas.
El teléfono siguió sonando.
A su lado, Nya apenas se movió.
Sólo un gesto mínimo bajo la sábana.
Una respiración más profunda.
Nada más.
Harper giró la cabeza hacia la mesita de noche.
La pantalla iluminaba tenuemente la habitación.
No necesitó mirar el nombre.
Las llamadas de madrugada pertenecían a una categoría demasiado específica de su vida.
Se incorporó despacio y pasó una mano por su rostro antes de coger el dispositivo.
La madera del suelo estaba fría bajo sus pies.
El resto de la casa seguía completamente en silencio.
Aceptó la llamada.
—Harper.
Escuchó.
No dijo nada durante varios segundos.
Su expresión apenas cambió.
La voz al otro lado continuó hablando .
Harper se puso en pie.
Caminó hasta la ventana.
Observó las sombras inmóviles de la biblioteca y, más allá, la oscuridad todavía suspendida sobre el Guadalete.
—Entendido.
Escuchó una última indicación.
Asintió por pura costumbre, aunque nadie pudiera verlo.
—Voy para allá.
La llamada terminó. Se volvió de nuevo hacia la cama y la observó. Nya seguía dormida con la mano extendida donde, segundos antes, había estado el propio Harper. Se acercó lentamente y, sin mayor floritura, se inclinó para besar su frente.
Giró la vista de nuevo a la ventana, observando cómo la primera claridad empezaba a dibujar lentamente los contornos del río.
Tras él, la casa seguía dormida.
Delante, alguien acababa de morir.
Y la distancia entre ambas realidades comenzaba a cerrarse.