Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Uno
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Capítulo Uno

Las vías

Cinco días después.

Jerez de la Frontera

A las cinco de la mañana, Jerez todavía no era una ciudad, sino una respiración oscura extendida entre viñas, naves industriales, caminos secundarios y ese silencio espeso que queda en los lugares donde la noche se resiste a soltar del todo las cosas.

La humedad se había quedado pegada al campo como una segunda piel.

No llovía, pero todo parecía haber sido tocado por el agua durante la madrugada: el balasto junto a las vías conservaba un brillo opaco, las traviesas exhalaban olor a madera vieja y grasa ferroviaria, el metal de los raíles devolvía una luz mínima bajo el resplandor lejano de alguna farola, y el aire tenía ese sabor oxidado que solo existe cerca de las infraestructuras antiguas, cuando el hierro, el polvo, el gasoil y la tierra removida se mezclan en la boca antes incluso de que uno sea consciente de estar respirando.

Manuel Aranda llevaba treinta y dos años trabajando en mantenimiento ferroviario y había aprendido que las vías tienen carácter, aunque nadie que no haya pasado media vida caminando junto a ellas se tome en serio una frase así.

Había tramos secos, tramos mentirosos, tramos que parecían limpios y escondían siempre una incidencia pequeña, tramos que crujían de una forma concreta con los cambios de temperatura y tramos que, por algún motivo que no figuraba en ningún informe técnico, daban mala espina incluso cuando todo estaba en orden.

Aquel, cerca del punto kilométrico 98+400 de la línea Sevilla-Cádiz, no era el peor ni el más conflictivo, pero a Manuel nunca le había gustado del todo.

Demasiada explanada alrededor. Demasiado silencio antes de amanecer.

Demasiada facilidad para que cualquier sombra pareciera más grande de lo que era.

Iba solo, como tantas otras veces, con el chaleco reflectante mal abrochado sobre una camiseta vieja, los pantalones de trabajo endurecidos por lavados industriales y unas botas que ya habían pisado más grava mojada que la mayoría de los hombres de su edad.

Caminaba despacio por el margen autorizado, pendiente del terreno, de los pequeños movimientos bajo los pies, de la inclinación de las piedras, de cualquier irregularidad que pudiera indicar un problema antes de que el problema tuviera nombre.

No era miedo ni heroísmo, sino costumbre.

La gente que trabaja de madrugada en sitios donde el resto del mundo solo pasa dentro de un tren aprende a desconfiar de las sorpresas y a tratar la rutina como una herramienta de supervivencia.

En los auriculares sonaba Camarón.

No lo había escogido por ninguna razón especial.

Manuel no era de buscar significados donde no hacían falta.

Había puesto una lista antigua de flamenco mientras salía de la caseta, casi por inercia, y la voz de Camarón había empezado a acompañarlo con esa forma de cantar que parecía venir de un sitio más hondo que la garganta.

A aquellas horas, con el campo aún negro y el aire húmedo pegándosele al bigote, el flamenco no sonaba igual que en la cocina de su casa ni en el coche los domingos.

Allí, junto a los raíles, la música parecía salir de la tierra, mezclarse con el zumbido leve de la catenaria, con el roce de las botas contra el balasto y con el rumor distante de una carretera donde algún camión avanzaba hacia Cádiz antes de que el día tuviera cara.

Manuel tarareó por lo bajo sin darse cuenta.

Lo hacía siempre que creía estar solo, que era casi siempre a esas horas.

No tenía buena voz, y tampoco pretendía tenerla.

Su mujer se lo decía cada vez que lo pillaba cantando mientras se afeitaba, con esa mezcla de cariño y mala leche que solo sobreviven en los matrimonios largos.

«Manolo, hijo, tú tienes compás, pero lo tienes escondido en algún sitio donde no lo encuentra nadie».

Él solía contestarle que por eso se había hecho ferroviario y no artista, y después seguía cantando peor todavía solo para verla negar con la cabeza.

Pensó en ella un momento, en que al volver quizá estaría ya levantada, haciendo café con la radio puesta y quejándose del calor antes incluso de abrir la ventana.

Julio en Jerez tenía esa crueldad: a las cinco de la mañana aún podía fingir cierta clemencia, pero todo el mundo sabía que el día venía cargado de fuego.

La incidencia que lo había llevado hasta allí era menor, al menos sobre el papel.

Una señal de aviso, una comprobación preventiva, uno de esos pequeños ajustes que nadie agradece porque, si se hacen bien, nadie llega a enterarse de que existieron.

Manuel había visto suficientes accidentes, averías y chapuzas encadenadas como para respetar las incidencias menores.

Lo pequeño, en las vías, casi nunca se queda pequeño si se le deja crecer.

Por eso caminaba con la linterna baja, no enfocando al frente como un guardia de película, sino barriendo el terreno inmediato, observando tornillos, juntas, cables, restos de vegetación, cualquier objeto extraño arrastrado por el viento o abandonado por alguien con demasiada prisa y demasiado poco seso.

El olor a óxido era más intenso cerca de la curva suave donde el terreno descendía unos centímetros hacia la cuneta.

Manuel se detuvo para ajustarse un auricular que se le había aflojado con el sudor.

Camarón seguía cantando, ajeno a la humedad, a las traviesas, al pequeño dolor que Manuel sentía en la rodilla derecha desde hacía cuatro inviernos y a la certeza cada vez más concreta de que la jubilación no era ya una palabra de viejos, sino una fecha que empezaba a acercarse con malas artes.

Miró hacia el este. Todavía no amanecía, pero el cielo había perdido parte de su negrura.

Había una claridad sucia detrás de la línea baja de las naves, un gris muy débil, casi una sospecha de día.

Fue entonces cuando vio algo junto a las vías.

Al principio no pensó en un cuerpo. Nadie piensa en un cuerpo a la primera, salvo quienes viven esperando uno.

Manuel vio una forma clara sobre el margen oscuro, un bulto donde no debía haber nada, una interrupción en la continuidad del balasto y la hierba húmeda.

Podía ser una bolsa grande, una manta, ropa tirada, algún animal muerto, cualquier basura abandonada por alguien que había decidido que las vías eran un vertedero.

La madrugada agranda lo inútil y deforma lo conocido.

Manuel levantó la linterna un poco más, sin apagar la música, y el haz de luz avanzó temblando sobre las piedras, rozó un trozo de plástico, una lata vieja, la línea brillante del raíl, y terminó deteniéndose sobre algo que tenía color de piel.

No se movió durante varios segundos.

La voz de Camarón siguió sonando dentro de sus oídos, y esa continuidad absurda fue lo primero que le molestó.

La música no entendía de interrupciones.

Seguía adelante como si nada, como si el mundo no acabara de cambiar de peso ante sus ojos.

Manuel se quitó un auricular con un gesto brusco, pero el otro quedó colgando y todavía dejaba escapar una queja lejana, una voz rota, bellísima e inoportuna, que se mezcló con el zumbido de la instalación eléctrica y con el ruido de su propia respiración.

Dio dos pasos.

Luego otros tres.

No llamó todavía. Había en él una resistencia primaria, casi infantil, a convertir aquello en realidad mediante una llamada.

Mientras no llamara, mientras no dijera ciertas palabras, quizá todavía podía ser otra cosa.

Una muñeca. Un maniquí. Una borrachera mal dormida.

Una mujer viva que había caído, que necesitaba ayuda, que iba a abrir los ojos en cualquier momento y a insultarlo por alumbrarle la cara.

Pero la linterna ya había encontrado demasiados detalles para sostener esa mentira.

Un brazo en una posición demasiado quieta.

El cabello oscuro pegado a la mejilla por la humedad.

Una mano abierta sobre la grava, con los dedos ligeramente curvados, como si hubiera soltado algo que ya no estaba allí.

Manuel se detuvo a unos metros.

Había visto muertos antes, aunque no muchos, y ninguno de aquella manera.

Los muertos de las vías suelen ser otra cosa.

Algo más violento. Más deshecho. Más difícil de mirar sin que el estómago se defienda.

Aquella mujer, en cambio, parecía colocada en el límite exacto entre la vía y la cuneta, lo bastante cerca del raíl como para explicar una desgracia y lo bastante entera como para que la explicación no terminara de cerrarse.

No había sangre visible en cantidad. No había una postura grotesca.

No había ese desorden brutal que deja el impacto de una máquina sobre un cuerpo.

Había humedad en la ropa, tierra adherida a un lado del abrigo ligero que llevaba pese al verano, un zapato medio hundido entre las piedras y una quietud tan limpia que resultaba indecente.

Manuel apagó la música.

El silencio que quedó después no fue silencio de verdad, sino una suma de ruidos pequeños que hasta entonces Camarón había mantenido al fondo: el roce del viento contra la vegetación seca, una vibración lejana en los cables, el crujido de sus botas cuando cambió el peso de una pierna a otra, algún pájaro desorientado ensayando el primer sonido del día.

También estaba su respiración, demasiado alta, demasiado húmeda dentro de la boca.

Se pasó la lengua por los labios y notó sabor a metal.

—Ay la puta que me parió… —murmuró, sin saber muy bien a quién se lo decía.