Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Cero #3
4%

Capítulo Cero #3

No exactamente.

Había cosas peores que el miedo.

La memoria, por ejemplo.

Creó una carpeta nueva.

La llamó «CASA».

Allí guardó algunos correos, algunas fotografías y un puñado de archivos que no pertenecían realmente a Erebos Nyght . Eran restos de vida. Fragmentos de una historia más grande que el blog. No quería borrarlos. No porque fueran felices, sino porque eran suyos.

Cuando encontró la carpeta de Lady Black permaneció inmóvil varios segundos.

La lluvia seguía cayendo.

La música seguía sonando.

El Guadalete seguía avanzando hacia el mar.

Todo parecía seguir moviéndose mientras ella observaba aquel nombre.

Lady Black .

Durante mucho tiempo había creído que era una máscara. Ahora entendía que había sido una respuesta. Una forma de ocupar espacio cuando todavía no sabía cómo hacerlo siendo simplemente Nya. Había dolor allí. Errores. Y partes de sí misma que todavía no terminaba de comprender.

Pero también había supervivencia.

No la borró.

La movió a un disco duro externo.

Quizá algún día desaparecería también.

Quizá no.

Al cerrar la última carpeta, el silencio pareció hacerse un poco más amplio.

No más vacío.

Más amplio.

Como si la bodega respirara mejor.

Fue entonces cuando vio el piano.

La pieza de Einaudi seguía sonando mientras se acercaba.

No era casualidad que fuera precisamente ese piano, y no otro cualquiera comprado en una tienda, el único mueble que se había traído consigo de la Finca La Negra el día que fue a recuperar, junto con un puñado de cajas de documentación, lo poco que todavía le pertenecía de verdad en aquel lugar vacío desde que Antonio desapareciera.

Tampoco era casualidad que Harper jamás hubiera preguntado demasiado por él.

Había comprendido desde el principio que algunas preguntas necesitan tiempo antes de poder formularse.

Nya levantó la tapa.

Las teclas aparecieron bajo la luz tenue de la lámpara más cercana.

Apoyó los dedos sobre ellas.

Durante unos segundos no hizo nada.

Después dejó caer tres notas suaves.

Luego una cuarta.

Y una quinta.

Nada más.

La música del piano real se mezcló durante un instante con la música que salía de Spotify. Dos voces distintas ocupando el mismo espacio. Dos versiones diferentes de una misma conversación.

Las notas subieron hacia la biblioteca.

Rozaron las vigas.

Regresaron convertidas en eco.

Y desaparecieron.

Nya cerró la tapa con suavidad.

Cuando volvió al escritorio encontró el documento vacío .

No recordaba cuándo lo había creado.

Tal vez durante las obras.

Tal vez meses atrás.

Tal vez una noche cualquiera.

Lo abrió.

La página en blanco apareció frente a ella.

El cursor parpadeaba en silencio.

Esperando.

Durante mucho tiempo había creído que el miedo más grande de un escritor era quedarse sin historias.

Aquella madrugada descubrió algo distinto.

No le preocupaba quedarse sin historias.

Lo que le preocupaba era no necesitarlas.

Observó el cursor durante varios minutos.

No escribió una sola palabra.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, no tenía nada que esconder dentro de un relato.

La idea resultaba extraña.

Y también agradable.

La barra de reproducción de Spotify avanzaba lentamente hacia el final de Fly cuando Nya cerró el documento sin guardarlo.

Después vació la papelera.

La barra de progreso fue eliminando años de escritura con una lentitud burocrática que le pareció casi cómica.

Observó el proceso sin apartar la vista.

No lloró. No sintió alivio. Solo un cansancio limpio, parecido al que queda después de terminar una mudanza o cerrar una puerta que llevaba demasiado tiempo abierta.

Cuando terminó, apagó el portátil.

La pantalla se volvió negra.

Su reflejo desapareció.

La lluvia continuaba golpeando los cristales.

Nya recogió la taza de café frío que había olvidado junto al escritorio y la dejó en el fregadero. Después apagó la lámpara, comprobó por costumbre la puerta del patio y comenzó a subir la escalera interior.

La biblioteca permanecía sumida en una penumbra azulada.

Los libros parecían dormir.

La chaqueta de Harper seguía sobre el respaldo de una silla.

Su taza olvidada descansaba junto a una pila de expedientes .

Pequeñas pruebas de existencia.

Pequeñas pruebas de hogar.

Cuando llegó al dormitorio, Harper no despertó del todo. Se movió apenas lo suficiente para buscar su mano bajo la sábana y encontrarla con una precisión somnolienta que seguía sorprendiéndola.

Nya dejó que la encontrara.

Se acomodó junto a él y cerró los ojos.

En algún punto de la biblioteca, Fly seguía reproduciendo sus últimos compases.

La melodía se deslizaba entre los libros, por encima de los escritorios y bajo las vigas restauradas con la misma naturalidad con la que la lluvia recorría los cristales de la bodega.

Nya escuchó el final de la pieza con la mano de Harper entrelazada con la suya.

Después llegó el silencio.

Un silencio limpio. Sereno.

Extrañamente parecido a la paz.

Sonrió sin abrir los ojos.

Creía que algunas historias terminaban.

Y quizá era mejor que aquella noche siguiera creyéndolo.