Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Cero #2
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Capítulo Cero #2

Nya había permanecido unos minutos escuchándolo.

No con ternura evidente, porque lo evidente rara vez le salía de forma natural, sino con esa atención silenciosa que había ido aprendiendo desde que vivían juntos.

Antes, el sueño de otra persona en la misma cama habría podido parecerle una invasión o una responsabilidad.

Con Harper era distinto. Su presencia no la llenaba de ruido.

No le exigía ser más disponible, más suave, más sencilla.

Dormía allí, ocupando su lado de la cama con una gravedad sobria, y esa simple permanencia había terminado convirtiéndose en una forma de refugio.

Cuando bajó, lo hizo sin encender la luz.

Se puso la sudadera que había dejado sobre una silla, recogió el móvil y caminó descalza por la escalera interior, sintiendo el frío del suelo subirle por los pies.

No buscaba agua. No buscaba un libro. No buscaba comprobar una puerta ni responder un correo urgente.

Al llegar a la planta baja y ver el portátil cerrado sobre la mesa, comprendió con una claridad molesta que había bajado a buscar a Erebos Nyght .

El portátil era el mismo de siempre.

Resultaba casi ridículo conservarlo allí, rodeado de muebles nuevos, estanterías hechas a medida, lámparas escogidas con paciencia y una cafetera que Harper limpiaba cada noche con una concentración digna de un informe judicial.

Aquel ordenador tenía una esquina golpeada, la carcasa arañada, el teclado gastado en algunas letras y una pegatina negra con una luna blanca medio despegada en el borde inferior.

No era bonito. No era rápido. A veces se calentaba demasiado y emitía un zumbido bajo, como si protestara por seguir vivo.

Pero durante años había sido más que una máquina.

Había sido una prótesis.

Nya había escrito allí cuando no podía dormir, cuando no podía hablar ni llorar, cuando el miedo le trepaba por la espalda con una precisión asquerosamente paciente y convertía cualquier habitación en otra habitación anterior.

Había escrito relatos de terror para no escribir ciertas frases en primera persona.

Había inventado cadáveres porque algunos daños resultaban más soportables cuando se disfrazaban de ficción.

Había creado monstruos porque los monstruos reales, casi siempre, tenían la mala educación de parecer personas razonables.

En la pantalla, el blog de Erebos Nyght seguía abierto en una pestaña antigua del navegador.

La página tardó unos segundos en cargar del todo, como si también ella despertara de una especie de sueño sucio.

Aparecieron los títulos, las fechas, las etiquetas, las imágenes oscuras que acompañaban cada relato.

Todo estaba demasiado ordenado, limpio y quieto.

Nya apoyó los dedos sobre el teclado sin escribir.

Fly continuaba sonando, suave, como una corriente subterránea bajo la lluvia.

La melodía tenía algo de despedida sin dramatismo, de movimiento contenido, de puerta que se cierra sin golpe.

Aquella música no la empujaba hacia el dolor, pero tampoco le permitía fingir que no estaba allí.

Simplemente lo acompañaba. Lo volvía respirable.

Durante una época, cada notificación del blog había sido una mezcla de alimento y amenaza.

Alguien leía. Alguien esperaba. Alguien podía encontrarla.

Erebos Nyght había empezado como una máscara y terminó convirtiéndose en un territorio.

Un lugar donde escribir desde la herida sin que la herida llevara su nombre.

Un lugar donde la oscuridad parecía obedecerla porque ella decidía el final de cada relato, la posición de cada cadáver, el ritmo de cada revelación.

Ahora, sin embargo, la página tenía la quietud incómoda de una casa cerrada después de una muerte.

Nya movió el cursor sobre el primer archivo.

No lo abrió todavía.

La lluvia golpeó los cristales con una intensidad leve, apenas un cambio de respiración en la madrugada.

El Guadalete siguió avanzando hacia el mar, invisible y oscuro, con esa paciencia sucia de los ríos que han visto demasiado como para sorprenderse por algo.

En la planta superior, Harper dormía bajo la biblioteca que ambos habían levantado sobre la vieja bodega de su abuelo.

Y en la planta baja, mientras Ludovico Einaudi llenaba el silencio con una música que parecía hecha para despedirse sin saber muy bien de qué, Nya Palacios abrió por fin la primera carpeta de Erebos Nyght .

La primera carpeta contenía los relatos publicados.

Nya observó durante unos segundos la lista de títulos alineados en la pantalla mientras Fly continuaba avanzando por la bodega con la misma naturalidad que la lluvia.

No abrió ninguno. No necesitaba hacerlo.

Había textos que uno recuerda palabra por palabra y otros que terminan viviendo en lugares más profundos, donde ya no importan las frases exactas sino la persona que las escribió.

Le bastaba ver algunos nombres para recordar la temperatura de determinadas noches, el sabor del café recalentado, las madrugadas frente a aquel mismo portátil cuando escribir era la única forma de no romperse.

Durante años había creído que Erebos Nyght era un refugio.

Más tarde comprendió que había sido algo mucho más complejo: una muleta emocional tan necesaria como peligrosa.

La había ayudado a sobrevivir, sí. Pero también la había mantenido caminando alrededor de ciertas heridas sin obligarla a atravesarlas.

Envió la carpeta a la papelera.

El ordenador emitió un sonido breve y administrativo. Nada más.

Aquello la desconcertó.

Había imaginado muchas veces ese momento y, sin embargo, no ocurrió nada. Ningún vértigo. Ninguna revelación. Ninguna sensación de final. Solo una carpeta desapareciendo de una pantalla.

Quizá así terminaban realmente las cosas importantes.

No con explosiones.

Con clics .

La segunda carpeta contenía borradores. Esbozos de historias.

Fragmentos. Documentos con una única frase perdida en mitad de una página en blanco.

Aquello resultó más difícil. Los relatos terminados pertenecen al pasado.

Los inacabados pertenecen a la imaginación, y la imaginación siempre encuentra maneras de reclamar lo que cree suyo.

Mientras recorría aquellas carpetas, Fly alcanzó uno de esos momentos en los que la melodía parece elevarse unos centímetros sobre el suelo.

Nya apoyó la espalda en la silla y cerró los ojos apenas un instante.

Siempre le había gustado esa pieza por la sensación de movimiento que transmitía.

No parecía una música que hablara de llegar a algún lugar.

Parecía una música que aceptaba el viaje.

Al volver a mirar la pantalla encontró una carpeta llamada « GEMELA ».

No la abrió.

Selene seguía existiendo en algún lugar de la ciudad, detrás de puertas que se cerraban desde fuera. Pensar en ella seguía produciéndole una sensación difícil de clasificar, una mezcla de tristeza, rabia, culpa y cansancio emocional. Algunas heridas se cierran. Otras simplemente dejan de sangrar.

Movió la carpeta a la papelera.

Después llegaron otras.

Notas.

Imágenes.

Versiones antiguas.

Archivos de trabajo.

A medida que desaparecían, la pantalla parecía vaciarse y, al mismo tiempo, la bodega parecía ensancharse a su alrededor.

Lucian apareció varias veces durante el proceso, aunque nunca de forma completa. Nunca era una escena concreta. Era una sensación. Una voz. Una mirada. El recuerdo físico de cómo algunas personas consiguen ocupar una habitación sin necesidad de levantar el tono.

Nya comprendió que ya no le tenía miedo.