Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2)
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Capítulo Cero
El último relato de «Erebos Nyght»
Casa de Aeris Harper y Nya Palacios. El Puerto de Santa María
La lluvia , aun siendo verano, llevaba horas cayendo sobre la Ribera del Marisco con una paciencia casi íntima, sin violencia, sin ese aparato eléctrico con el que algunas tormentas parecen necesitar anunciarse al mundo.
No era una lluvia de verano hecha para asustar a nadie, ni para arrancar toldos, ni para golpear las ventanas con dramatismo.
Era más bien una lluvia constante, densa, baja, suspendida sobre los tejados oscuros de El Puerto de Santa María y sobre el Guadalete, que avanzaba al otro lado de los cristales con su olor viejo a sal, fango removido, madera mojada y puerto dormido.
Desde dentro de la bodega, el agua tenía otro sonido.
No caía simplemente sobre una casa, porque aquello nunca había sido una casa en el sentido limpio y doméstico de la palabra.
La lluvia despertaba algo en los muros, en las vigas restauradas, en el ladrillo antiguo que todavía conservaba la temperatura de otras décadas.
Cada gota parecía tocar una memoria que no pertenecía a Nya y que, sin embargo, aquella madrugada la envolvía como si la hubiera estado esperando durante años.
La bodega había pertenecido a su tío Rafael, el hermano de Antonio, dado por muerto cuando ella tenía diez años.
Durante mucho tiempo no fue más que una palabra dentro de una herencia, un bien dormido entre papeles, tasaciones, trámites y conversaciones de adultos que hablaban del patrimonio como si una niña pudiera entender que la muerte también deja escrituras notariales.
Nya recordaba poco de él, o quizá recordaba solo lo suficiente: unas manos grandes, el olor de una colonia antigua, una voz que no llegó a convertirse en costumbre, aunque ella hubiera querido y deseado lo contrario.
El edificio, en cambio, permaneció. Cerrado.
Envejeciendo junto al río. Acumulando humedad, polvo, sombra y una especie de abandono digno .
Años llevaba con acceso al dinero de aquella herencia sin llegar a tocarla del todo, hasta que su vida cambió de rumbo: en noviembre de 2023, cuando su relación con Harper dejó de ser una posibilidad y se convirtió en lo único real que tenía, entendió que la libertad también podía tener forma de obra mayor, licencias, planos, aislamiento térmico y facturas indecentes, y decidió restaurarla.
No rehabilitarla para venderla. No convertirla en alojamiento rural ni en capricho decorativo para visitas.
Restaurarla para vivir allí. Para hacer de aquel lugar enorme, áspero y lleno de memoria una casa que no mintiera sobre su pasado.
La obra había empezado en diciembre, y para marzo, poco más de tres meses después, ya vivían allí los dos, aunque todavía quedaran rincones enteros de la planta baja sin dividir ni amueblar, esperando a que ella decidiera, con calma, qué hacer con ellos.
Tres meses de polvo blanco pegado a la ropa, de presupuestos que crecían sin pedir permiso, de arquitectos intentando domesticar lo que ella quería precisamente por indomesticado.
Habían querido ocultar demasiado. Cubrir paredes, alisar superficies, limpiar las marcas de las antiguas barricas, borrar el carácter industrial de la nave.
Nya se negó con una obstinación tranquila.
No quería una casa perfecta. Las casas perfectas le daban desconfianza.
Prefería conservar el ladrillo visto, las vigas oscuras, las heridas de la madera, los suelos con una irregularidad leve y ese olor profundo que subía desde las zonas más viejas cuando llovía.
La planta superior había quedado completamente diáfana.
Sin tabiques, sin pasillos, sin habitaciones pequeñas que obligaran a pedir permiso al espacio.
Allí habían construido la biblioteca, aunque llamarla biblioteca se quedaba corto.
Era una planta entera entregada a los libros, una extensión de madera, papel, hierro y silencio que se abría sobre la bodega como una segunda vida.
Las estanterías subían hasta casi tocar las vigas, una pasarela metálica recorría parte del perímetro y los ventanales dejaban entrar la luz del río durante el día, cuando el Guadalete parecía menos oscuro y más dispuesto a fingir inocencia.
Los libros de Harper ocupaban zonas precisas, ordenadas con una lógica que Nya aún no terminaba de descifrar pero que respetaba como se respeta el ritual de otro.
Derecho penal, procesal, criminología, filosofía, ensayo, volúmenes antiguos con anotaciones en márgenes estrechos y una severidad casi física.
Los suyos vivían de otra manera. Se acumulaban, respiraban, se invadían entre sí.
Novela negra, terror, poesía, diarios, libros subrayados hasta la indecencia, páginas con esquinas dobladas, post-its , tickets olvidados, pétalos secos entre capítulos.
Harper no decía nada, pero a veces se quedaba mirando aquel desorden con la expresión exacta de un hombre enfrentado a una escena del crimen donde la víctima era el método .
En la planta baja habían distribuido el resto de su vida con una precisión menos estética que práctica.
Cada uno tenía su despacho, porque Harper necesitaba silencio y Nya necesitaba espacio.
También tenían un despacho compartido para las tardes en que querían trabajar cerca sin estorbarse, con dos mesas amplias, lámparas bajas, enchufes suficientes y una distancia exacta entre ambos que decía más de su relación que cualquier declaración solemne.
Había cocina grande, patio exterior, garaje, zonas de lectura, sofás hondos, armarios bien pensados y suficiente margen físico para que ninguno tuviera que pedir aire al otro.
Aquello era enorme, sí. A veces absurdamente enorme para dos personas.
Pero Nya había aprendido que el tamaño de una casa no se mide solo en metros, sino en la cantidad de miedo que permite dejar fuera.
La bodega tenía espacio para libros, expedientes, silencios, discusiones pequeñas, noches en vela, días sin hablar demasiado, incluso para una pandemia si el mundo volvía a cerrarse, para que Harper pudiera desaparecer en su despacho sin que ella lo sintiera como abandono, y para que ella pudiera caminar de madrugada sin sentir que cada paso era una huida.
Esa noche estaba en la planta baja, sentada frente al portátil abierto sobre una mesa de madera recuperada.
Llevaba una sudadera gris demasiado grande, de esas que no favorecen a nadie y por eso mismo parecen más verdaderas que cualquier prenda escogida con intención.
El pelo le caía desordenado sobre un lado del rostro, los pies estaban fríos sobre el suelo y la pantalla le iluminaba las manos con una claridad azulada, casi clínica, que no terminaba de encajar con la calidez de las lámparas bajas ni con el olor húmedo de la bodega.
No había encendido todas las luces. Solo las necesarias.
Una junto al escritorio, otra cerca del sofá y una línea tenue bajo las estanterías de la planta baja, donde todavía convivían cajas sin clasificar, archivadores, cuadernos viejos…
Un cenicero de cerámica para cuando necesitaba pensar.
Una jarra azul desconchada. Un pequeño barco de madera que no pegaba con nada y por eso mismo resultaba imposible de quitar.
Antes de abrir las carpetas, conectó Spotify desde el teléfono.
No tuvo que buscar demasiado. La canción estaba en una lista que escuchaba de vez en cuando, aunque casi nunca admitía por qué volvía a ella.
Pulsó sobre el título y dejó el móvil boca abajo junto al portátil, como si así pudiera quitarle importancia al gesto.
Las primeras notas de Fly , de Ludovico Einaudi, empezaron a extenderse por la bodega desde los altavoces ocultos entre las estanterías.
La música no irrumpió. No ocupó el espacio con violencia ni reclamó atención. Se deslizó.
Primero fue apenas un piano limpio, una secuencia de notas que parecía tantear la oscuridad con la misma cautela con que una mano busca una pared al despertarse en una habitación desconocida.
Después la melodía empezó a abrirse despacio, mezclándose con la lluvia sobre los cristales y con el rumor bajo del Guadalete al otro lado de la noche.
Nya siempre había pensado que algunas composiciones no se escuchaban realmente.
Se habitaban. Fly tenía esa cualidad: no imponía una emoción concreta, pero modificaba la temperatura de todo lo que tocaba.
La pieza llenó la planta baja con una delicadeza casi incómoda.
Pasó sobre la mesa, el portátil envejecido, la madera marcada, los sofás, sobre las cajas que aún esperaban un lugar definitivo.
Subió hacia la biblioteca, rozó los lomos de los libros, las vigas restauradas, la pasarela metálica y la chaqueta oscura de Harper colgada sobre el respaldo de una silla.
La casa pareció aceptar la música como aceptaba la lluvia: sin preguntarle de dónde venía, sin pedirle explicación.
Nya se había despertado casi una hora antes.
No por una pesadilla. Eso habría sido más fácil de nombrar.
Había abierto los ojos en la oscuridad del dormitorio con la sensación de que algo dentro de ella llevaba un rato llamándola sin hacer ruido.
Harper dormía a su lado, de espaldas al ventanal, con el ceño apenas fruncido incluso en sueños y una mano cerca del borde de la almohada.
Su respiración era profunda, regular, atravesada por esa tensión mínima que nunca lo abandonaba del todo, como si alguna parte de él siguiera de guardia incluso cuando el cuerpo conseguía rendirse.