Donde la luz no entra Capítulo 27 El rugido de la Castellana
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Capítulo 27 El rugido de la Castellana

​A las ocho y media de la mañana, la explanada de los juzgados de Plaza de Castilla parecía el escenario de un festival almodóvariano en mitad del hormigón gris de Madrid.

La Embrujo no había mentido: tres autobuses urbanos fletados desde Chueca habían desembarcado en la misma puerta a un batallón de drags, transformistas, camareros y vecinas del barrio dispuestas a todo.

Allí estaba la Vera Cristal, con un taconazo de aguja de quince centímetros que se le clavaba entre las rendijas de los adoquines, sujetando una pancarta que decía:  «¡Justicia para Javi, nazi a la sombra!

» . A su lado, la Embrujo, con una peluca cardada de color rosa neón que desafiaba la gravedad y el viento de la Castellana, repartía abanicos de sándalo a las señoras mayores del barrio que sufrían con el bochorno matutino.

​—Hija, Angustias, qué sofoco —decía Embrujo, dándole al abanico a toda velocidad mientras sus pestañas postizas de tres pisos aleteaban como mariposas—.

Yo me he puesto el corrector de ojeras de alta cobertura porque con este sol de justicia se me ven los pecados de la noche, pero oye, por mi niño Javi yo me planto aquí con el tocado de plumas si hace falta.

¡Que se entere el juez de que el colectivo no se achanta!

​—¡Así se habla, hermosa! —respondía Angustias, que se había colocado en primera línea junto a Carmen, Carlos y Christian—. ¡Que vean que los chicos no están solos!

​El ambiente era puro despilfarro, mariconeo del bueno, risas y cánticos satíricos que hacían que los Policías Nacionales del cordón de seguridad tuvieran que morderse los labios para no reírse.

Christian, abrigado por la sudadera de Carlos y con las manos metidas en los bolsillos, miraba el espectáculo con una sonrisa tímida, sintiendo por primera vez en meses que el peso del calabozo se aligeraba gracias al calor de aquella gente.

Carlos le apretó discretamente el hombro, transmitiéndole una seguridad que el colombiano absorbió como agua en el desierto.

​Sin embargo, la fiesta se congeló en un segundo.

Por el lateral de la calle Paseo de la Castellana apareció un grupo compacto de unos veinte individuos.

Vestían chaquetas bomber negras, botas militares y lucían cabezas rapadas y tatuajes de simbología fascista.

Eran los cachorros de la organización de ultraderecha que financiaba la defensa de Antonio.

Llegaron rompiendo el aire con insultos homófobos, alzando el brazo y coreando consignas violentas.

​—¡Maricones de mierda, idos a vuestro barrio! —bramó el líder de los rapados, un tipo corpulento con una cicatriz en la ceja—. ¡Antonio, hermano, nosotros no te olvidamos! ¡Fuera extranjeros de nuestros Juzgados!

​La tensión se cortó con un cuchillo. Las drags no se quedaron calladas; Vera Cristal se plantó frente al cordón policial y les gritó con todo el chorro de voz de su pecho:

​—¡Cállate ya, pedazo de rancio, que tienes la cabeza más vacía que tu cuenta corriente! ¡Id a lavaros las bomber, que oléis a naftalina y a frustración!

​En mitad de ese fuego cruzado de gritos y cánticos, un furgón blindado de la Guardia Civil apareció por el acceso subterráneo de los calabozos.

Las puertas traseras se abrieron y dos agentes escoltaron hacia el exterior a Antonio.

El "catafalco" venía esposado, vistiendo un chándal gris desgastado, con la barba de varias semanas y los ojos inyectados en odio.

Al ver el despliegue de las drags y los vecinos, su mandíbula se tensó.

Pero cuando sus ojos localizaron a Carmen, que permanecía inmóvil, rígida como una estatua de sal en mitad de la acera, el monstruo rugió.

​—¡Puta! ¡Te vas a enterar de lo que es bueno cuando salga! ¡Mentirosa, que eres una mentirosa! ¡Has arruinado mi vida con tus inventos! —le gritó Antonio, forcejeando con los guardias civiles mientras los nazis lo jaleaban desde su rincón.

​Carmen ni pestañeó. Le sostuvo la mirada con unos ojos fríos, vacíos de miedo, reflejando una determinación que helaba la sangre.

Recordando que la verdadera cuenta atrás ya había empezado.

Los agentes metieron a Antonio a empujones por la puerta de acceso de detenidos mientras la multitud estallaba en una monumental pitada que retumbó en toda la plaza.

​El contraste con el interior de los Juzgados era desolador.

Al cruzar las puertas detectoras de metales, el ruido de la calle se convirtió en un eco lejano.

Los pasillos de Plaza de Castilla eran largos, de un color verde hospitalario, llenos de bancos de madera donde se hacinaban abogados con carpetas, acusados nerviosos y familiares llorando.

​Frente a la puerta del Juzgado de Instrucción número 6, Christian comenzó a hiperventilar.

El recuerdo del calabozo, el grito de Antonio y la inminencia de tener que declarar ante el juez y el abogado de la defensa lo estaban sobrepasando.

Se sentó en el banco, escondiendo la cabeza entre las rodillas.

​—No puedo, Carlos... no voy a poder —sollozó Christian, temblando visiblemente—. Ese hombre me va a destrozar. Va a decir que el anillo es mentira, va a hurgar en mis papeles de inmigración... me van a meter en la cárcel otra vez.

​Carlos se arrodilló inmediatamente frente a él, bloqueando la vista del pasillo para que Christian solo pudiera verlo a él. Le tomó la cara entre las manos con una ternura infinita.

​—Mírame, Christian. Mírame a los ojos —le ordenó Carlos con voz suave pero firme—.

Olvídate del pasillo, olvídate de los nazis.

Ayer ensayamos esto. Eres el testigo principal y la verdad está de nuestro lado.

La mentira del sofá es de granito, no la pueden romper.

Yo voy a estar ahí dentro, sentado justo detrás de ti.

Cada vez que sientas que te ahogas, piensa en que estamos en el salón de Carmen, bajo el flexo.

No te van a tumbar. Yo te protejo. Christian respiró hondo, fijando sus ojos castaños en la mirada limpia de Carlos, encontrando en ella el ancla que necesitaba para no volverse loco.

Carmen, sentada al lado, le puso una mano en la espalda.

Su contacto ya no transmitía debilidad, sino una fuerza de acero.

​El secretario Judicial salió a la puerta:

—Christian Vargas, pase a la sala de vistas para el careo.

​El careo dentro de la sala del juzgado fue una hora de pura guerra psicológica.

El juez de instrucción, un hombre de pelo cano y gafas de lectura presidía la mesa con gesto cansado.

A un lado, Antonio permanecía custodiado por la policía; al otro, Christian se mantuvo de pie.

El abogado de la defensa, el viejo lobo pagado por la organización atacó de inmediato, intentando desmontar la coartada del anillo.

​—Señor Vargas —espetó el abogado con tono condescendiente—, resulta muy conveniente que esa supuesta alianza de mi cliente apareciera meses después bajo el sofá de la vivienda, justo cuando la acusación se quedaba sin pruebas físicas.

¿No será que la señora Carmen y usted prepararon ese montaje para incriminarlo?

¿No es cierto que su situación administrativa en el país le hace estar desesperado por colaborar con la policía?

​Christian sintió el pinchazo del pánico, pero antes de flaquear, miró de reojo hacia atrás.

En la primera fila de los asientos del público, Carlos le asintió con la cabeza, manteniendo una sonrisa de absoluta confianza.

Christian tragó saliva, enderezó la espalda y recordó la verdad del calabozo y el ensayo de la noche anterior.

​—Mire, señor letrado —dijo Christian con una voz que sorprendió al propio juez por su firmeza—.

Yo vi ese anillo en la mano de Antonio en el baño de Chueca cuando le disparó a Javi.

Vi el brillo del oro mientras apretaba el gatillo.

Y si apareció después debajo de los cojines de la casa de Carmen, es porque ese monstruo regresó allí esa misma noche y se quitó la alianza de la mano para cometer sus fechorías antes de molerla a golpes.

Se le cayó en el sofá o se le olvidó con las prisas de huir tras la agresión.

No es un montaje; es que el asesino se confió tanto que dejó su propia marca allí.

Pregúntele a su cliente por qué su anillo de bodas estaba en ese salón si dice que no pisó la casa.

​El abogado de la defensa intentó replicar, pero el juez lo cortó con un gesto de la mano, tomando notas rápidamente en el expediente.

Antonio comenzó a proferir insultos por lo bajo, ganándose una dura reprimenda del magistrado.

La mentira del sofá había resistido el embate.

La coartada estaba blindada de cara al juicio oral.

​Cuando las puertas dobles del juzgado se abrieron de nuevo y Christian salió al pasillo, el aire pareció regresar a sus pulmones.

El secretario judicial les confirmó que las declaraciones quedaban cerradas y que el caso se elevaba ya a juicio definitivo con jurado popular. Todo había salido a pedir de boca.

​Christian se detuvo en mitad del pasillo, ajeno al trasiego de los funcionarios y los abogados.

Miró a Carlos, que venía arrastrando la mochila con los apuntes, con el rostro iluminado por el alivio y el orgullo.

Sin pensárselo dos veces, rompiendo con el miedo al qué dirán en ese edificio tan gris, Christian dio un paso al frente.

Agarró a Carlos por las solapas de la chaqueta y, con una mezcla de timidez y agradecimiento infinito, le plantó un tierno y dulce beso en los labios en mitad del pasillo del tribunal.

Fue un beso rápido, robado al drama de sus vidas, pero cargado de una promesa absoluta de futuro.

​Carlos se quedó de piedra un segundo, con las mejillas encendidas de un rojo brillante, para luego sonreír de oreja a oreja y rodearle la cintura.

Carmen, que caminaba unos pasos por detrás, contempló la escena y, por primera vez en muchos meses, una sonrisa leve y sincera dibujó sus labios.

El amor de los chicos había ganado la primera batalla en el corazón del sistema.