Capítulo 28 La balanza de la Audiencia
La mañana del juicio definitivo amaneció en Madrid con un silencio espeso, de esos que se clavan en los huesos.
En el modesto piso de Marisa, el inspector Manuel estaba frente al espejo del baño, con el torso desnudo y la mandíbula apretada.
Tiró de la funda de su arma reglamentaria y un sonido seco, de cuero viejo cediendo, le hizo maldecir por lo bajo.
—Maldita sea... —gruñó, examinando la raja en el material—. La funda se ha rajado, Marisa. No puedo llevar el arma así; con el movimiento se me va a caer en mitad del pasillo de la Audiencia.
Marisa ni siquiera levantó la vista de la camisa blanca que estaba planchando sobre la cama.
—Lleva la pequeña, Manuel. La de seguridad —dijo ella con una calma que a él le resultó gélida—. La que te dieron para el escolta.
Manuel se quedó helado un segundo. Sabía a qué se refería. Era un arma compacta, diseñada para ir oculta, casi invisible, algo que solo se usa cuando el protocolo deja de ser suficiente.
—Esa no es para ir a un juicio, Marisa. Es para… —empezó él, pero ella le cortó.
—Es para situaciones de riesgo, y hoy lo es —dijo Marisa, dándole la camisa ya planchada—. Métetela en la espalda o donde quieras, pero asegúrate de que no se vea. Si vas a entrar ahí, vas preparado para lo que sea.
Manuel guardó silencio. Sabía que tenía razón.
Se ajustó la pequeña pistola contra los riñones, asegurándose de que la americana de paisano ocultara cualquier bulto, y se vistió en silencio.
El peso del acero contra su piel le recordó que aquel día no era un trámite judicial; era una rendición de cuentas.
Marisa removía el azúcar de su taza con una parsimonia casi fantasmal, vestida ya con sus mejores galas: un traje de chaqueta oscuro, sobrio, el uniforme de una madre que va a la guerra.
El olor a café recién hecho no lograba camuflar la tensión que flotaba en el aire. Nadie había pegado ojo.
En el pasillo, Carlos le abrochaba el último botón de la camisa a Christian. A este le temblaban tanto las manos que había sido incapaz de hacerse el nudo de la corbata.
—Tranquilo, respira —le susurró Carlos, ajustándole el cuello con suavidad—. Estás guapísimo... Hoy el jurado va a ver al hombre honesto que eres, no al monstruo que ellos quieren pintar. Tú mantente seguro y firme, como ensayamos. Ya verás cómo todo va a ir bien.
Christian asintió, tragándose el nudo de garganta, y buscó refugio en un abrazo rápido antes de que Angustias entrara como un torbellino por la puerta principal, rompiendo el misticismo del momento.
—¡Venga, abajo los ánimos y arriba los corazones! —exclamó Angustias, aunque a ella también se le notaba el tembleque en la voz—. Embrujo
ya está abajo en el portal con las vecinas. Hemos pedido dos taxis grandes. Hoy no hay autobuses ni drags haciendo ruido en la puerta; el abogado de Carlos ha dicho que dentro de la Audiencia Provincial tenemos que parecer la viva imagen de la seriedad. Nada de provocar al jurado.
El trayecto en taxi fue un calvario de miradas perdidas por la ventanilla.
Al llegar a la sección penal de la Audiencia, el imponente edificio de piedra pareció tragarse sus últimas pizcas de valor.
El jaleo en los pasillos interiores era de otra naturaleza: aquí no había el caos funcionarial de Plaza de Castilla, sino un silencio solemne, interrumpido por el eco de los tacones y el murmullo grave de los procuradores.
—Todos en pie. Entra el Tribunal.
El ujier de la sala abrió las sesiones y el estómago de Christian se encogió hasta hacerse del tamaño de un puño.
La sala de vistas era majestuosa, revestida de maderas oscuras que imponían un respeto casi religioso.
En un lateral, sentados en dos filas de asientos, se encontraban los nueve ciudadanos que formaban el jurado popular: caras de asombro, de cansancio, de vecinos de a pie que tenían en sus manos el destino de dos familias.
Al otro lado de la sala, custodiado por tres agentes de la Policía Nacional, entró Antonio.
El chándal gris del careo había sido sustituido por un traje oscuro que le quedaba ligeramente grande, un intento desesperado de su defensa por limpiar su imagen de "catafalco" violento.
Al sentarse, dedicó una mirada de puro desprecio hacia el banco del público donde se encontraban Carmen y Angustias.
Carlos, sentado justo detrás de la mesa del abogado de la acusación, no le quitó los ojos de encima, manteniendo el bolígrafo firme sobre su cuaderno de notas.
El fiscal abrió el fuego con un discurso demoledor, narrando la noche del asesinato en Chueca, pero el verdadero punto de inflexión llegó cuando el abogado de la acusación llamó a declarar a Christian.
El joven colombiano caminó hacia el micrófono central con las piernas de gelatina, pero al sentarse, miró al jurado y luego a Carlos, que le dedicó un sutil asentimiento de cabeza.
—Señor Vargas —comenzó el abogado de la acusación, sosteniendo una bolsa de plástico transparente sellada—. Explique al jurado qué es este objeto y cómo llegó a la vivienda de la señora Carmen.
Dentro de la bolsa de evidencias, la alianza dorada brilló bajo los focos de la sala. Antonio dio un respingo en su silla, contenido inmediatamente por el hombro de un policía.
—Ese es el anillo de bodas de Antonio —declaró Christian, con una voz que empezó trémula, pero ganó firmeza a cada segundo—.
El mismo anillo que yo le vi en la mano en el baño del bar de Chueca cuando mató a Javi.
Y apareció debajo del sofá del salón porque esa misma noche, tras el crimen, forzó la puerta de la casa, entró como un animal y se quitó esa alianza para cometer sus fechorías antes de moler a golpes a su propia mujer.
Con las prisas por huir tras la agresión, se le cayó o se le olvidó entre los cojines.
Un murmullo recorrió los asientos del jurado popular. Una mujer de mediana edad de la primera fila se llevó la mano a la boca, mirando con evidente repulsión al acusado.
El abogado de la defensa saltó como un resorte, intentando impugnar la prueba, alegando que el registro inicial de la policía no había detectado nada y que aquello era una burda manipulación de la familia.
Sin embargo, el golpe definitivo estaba por llegar.
La acusación presentó los resultados del laboratorio forense: el ADN nuclear hallado en las hendiduras internas de la alianza correspondía, sin margen de error, al sudor y la piel de Antonio.
No había manipulación posible. El anillo estuvo allí, en ese sofá, la noche de los hechos.
El "catafalco", acorralado por la evidencia y perdiendo los papeles por completo ante el jurado, interrumpió la sesión a gritos:
—¡Es mentira! ¡Esa zorra lo ha plantado allí! ¡Ese chaval es un ilegal que quiere hundirme!
—¡Silencio en la sala o mandaré desalojarle! —bramó el juez, golpeando la maza con fuerza.
Las cartas estaban sobre la mesa. La tensión en la sala se podía cortar con un hilo.
El jurado tomaba notas frenéticamente, y la mirada del fiscal hacia Antonio ya no era de duda, sino de absoluta sentencia.
La mentira del sofá, sazonada con la verdad forense, acababa de acorralar al monstruo en su propia madriguera.