Donde la luz no entra Capítulo 26 El banquillo de los acusados en el salón
88%

Capítulo 26 El banquillo de los acusados en el salón

​—A ver, Christian, mírame —dijo Carlos, manteniéndose de pie, cruzándose de brazos y adoptando un tono de voz gélido, distante, que no tenía nada que ver con su dulzura habitual—.

Olvida que soy Carlos. Olvida que estamos en este salón.

Ahora mismo soy el abogado de la defensa.

Soy el hombre que cobra diez mil euros por sacarte de la ecuación, desacreditar tu palabra y hacerte parecer un mentiroso resentido ante el juez. ¿Entendido?

​Christian, sentado en la silla bajo el implacable haz de luz del flexo, tragó saliva.

Sus manos, apoyadas en los muslos, temblaban ligeramente, reflejando el sudor frío bajo la bombilla.

Carmen observaba la escena desde el umbral de la cocina, inmóvil, apretando un rosario de madera entre los dedos de la mano izquierda y un trapo de cocina arrugado en la derecha.

El silencio en la casa era tan espeso que se escuchaba el tictac del reloj de pared.

​—Entendido... —susurró Christian, bajando la mirada.

​—¡Más alto! En un juzgado no se susurra, señor Vargas —le espetó Carlos con una dureza fingida, dándose la vuelta con paso firme y taconeando sobre el parqué—.

Dígame, ¿cómo podemos creernos una sola palabra de su declaración?

El abogado del señor Antonio le va a preguntar a Carmen cómo es posible que la policía científica no viera ese anillo de oro durante el primer registro de la casa y que luego ella lo encontrara tan campante.

Y a ti, Christian, te va a arrinconar contra la pared.

Te va a presionar para que admitas que esa alianza es una invención de las madres, un montaje burdo que Carmen se sacó de la manga tras la paliza para hundir a mi cliente por puro despecho.

Si flaqueas y dejas entrever la menor duda sobre el hallazgo en el salón, estamos perdidos.

¿Qué vas a decir cuando el juez te mire a los ojos y te acuse de falso testimonio?

​Christian se llevó las manos a la cabeza, hundiéndose en la silla.

El aire en el salón parecía haberse agotado por completo.

La presión psicológica del simulacro le estaba haciendo revivir el terror de los calabozos, sabiendo el peso muerto que cargaba en la espalda y lo peligroso que era el secreto de lo que realmente pasó en Lavapiés.

​—¡No es ningún montaje! —gritó Christian, con los ojos empañados en lágrimas, pero fijando la coartada con una rabia contenida—.

¡Diré que yo lo vi en su mano! ¡Diré que Antonio llevaba esa alianza de oro puesta en el baño de Chueca cuando entró pegando tiros y le disparó a Javi!

Y que si apareció después debajo de los cojines de su propia casa, es porque el asesino regresó de cometer el crimen con el anillo ensangrentado en el bolsillo y se le cayó allí mientras molía a golpes a Carmen.

¡Eso es lo que pasó para el juez, Carlos!

¡No voy a cambiar ni una sola palabra! ¿Es que la ley de este país no entiende lo que es tener terror de que ese monstruo quede libre por un tecnicismo?

​El eco del grito de Christian quedó flotando en el salón.

Carlos dejó caer los hombros, abandonando al instante el papel de fiscal implacable.

Su rostro volvió a ser el de siempre, lleno de una ternura y una empatía infinitas.

Apagó el flexo de golpe, devolviendo al salón su luz cálida habitual, y se arrodilló frente a la silla del colombiano.

Le tomó las manos, que seguían temblando, y rodeó su cintura con los brazos, pegando su frente a la del chico.

​—Lo siento, Christian... lo siento mucho —le susurró Carlos al oído, acunándolo con suavidad mientras el chico rompía a llorar sobre su hombro—.

Tenía que hacerlo. Tenía que morderte yo primero en la seguridad de esta casa para que mañana, cuando te muerda él en el juzgado, sepas cómo defenderte y no te pille por sorpresa.

Eres el tío más valiente que he conocido en mi vida.

No dejes que te hagan dudar de lo que vieron tus propios ojos en Chueca.

La mentira del sofá es nuestra única verdad mañana.

​Christian se aferró a la sudadera de Carlos como si fuera su único salvavidas en mitad de la tormenta, aspirando su aroma y buscando refugio en su pecho.

Carmen, desde la puerta de la cocina, se limpió una lágrima furtiva con el delantal y asintió en silencio.

El simulacro había sido doloroso, pero el blindaje psicológico estaba listo.

El amor de los dos jóvenes se había consolidado en mitad del fuego cruzado de la justicia.

​Mientras los chicos se recomponían en el piso de arriba, en la planta baja la maquinaria del barrio no descansaba.

Angustias terminaba de afilar su propia estrategia para la batalla del día siguiente.

Sentada en su mesa camilla, con el teléfono de góndola pegado a la oreja y una taza de poleo menta humeante, hablaba en voz baja con la Embrujo, que ya se encontraba en el camerino de su local de Chueca, quitándose las pestañas postizas de drag queen frente al espejo tras el primer pase de la noche.

​—Escúchame bien, Embrujo —decía la abuela en un susurro, vigilando de reojo que su hijo, el inspector Manuel, no la oyera desde el pasillo donde revisaba unos informes—.

Mañana es el careo de los muchachos en Plaza de Castilla.

Ese maldito catafalco va a ir escoltado por la Guardia Civil desde Soto del Real, y su abogado va a intentar linchar a Christian en la mesa del juez de instrucción para que se rinda.

Necesitamos que sientan el rugido de la calle desde que pisen el pavimento.

​—Tú ni te preocupes por eso, Angustias, cariño —respondió la voz rasgada, teatral y profunda de la Embrujo al otro lado de la línea, mientras se pasaba un disco de algodón con leche desmaquillante—.

Ya he movilizado a las chicas del colectivo, a los camareros de la zona y a la asociación de vecinos de Chueca y Lavapiés.

Mañana a las nueve de la mañana plantamos tres autobuses en la misma puerta de los juzgados.

Vamos a ir con pancartas bien grandes, con megáfonos y vestidas de gala si hace falta.

A ese nazi de tres al cuarto le van a pitar los oídos con los abucheos desde que baje del furgón policial.

Nadie toca a mis niños en mi Madrid, faltaría más.

​Angustias sonrió con una malicia pura y justiciera, frotándose las manos debajo de la falda de la mesa camilla.

​—Perfecto, que huela el miedo de las mujeres antes de entrar a la sala.

Carmen y Christian van a entrar a ese juzgado con la cabeza muy alta, sabiendo que detrás hay un ejército.

Nos vemos en la boca del metro a las ocho en punto.

Y llévate laca de repuesto, hermosa, que mañana va a hacer viento en la Castellana y no quiero que se nos descoloque el peinado para la prensa.

​Al colgar el teléfono con un golpe seco, Angustias miró por la ventana hacia los tejados oscuros del barrio.

Las cartas de la justicia penal ya estaban repartidas sobre el tapete y el inspector Manuel, a regañadientes, vigilaba desde la sombra para que nadie descubriera la verdad de Lavapiés.

Carlos había preparado la mente de Christian para sostener la mentira oficial, Embrujo preparaba el clamor de la calle, y Carmen...

Carmen guardaba en el fondo de su armario un propósito mucho más oscuro, desesperado y metálico que ningún escrito de la defensa podría prever.

La cuenta atrás para mirar al lobo a los ojos había llegado a cero.