Capítulo 25B El peso de la placa (Manuel)
Manuel se quedó sentado en el asiento del conductor de su coche camuflado, con las luces de emergencia parpadeando rítmicamente contra la fachada del edificio de Carmen.
A través del parabrisas, observó cómo su hijo Carlos pasaba un brazo protector por los hombros de Christian mientras ambos desaparecían en la oscuridad del portal, cargando con el peso de la citación judicial que él mismo les acababa de entregar.
El inspector apagó el motor y el silencio inundó el habitáculo.
Con un movimiento lento, casi cansado, se desabrochó la chaqueta de cuero y sacó la placa con su número de identificación policial.
El metal frío le pesó en la palma de la mano más que nunca.
Llevaba treinta años de servicio. Treinta años creyendo ciegamente en el procedimiento, en la cadena de custodia, en la balanza inmaculada de la justicia.
Había metido a cientos de criminales entre rejas sin saltarse jamás un solo protocolo.
Y sin embargo, allí estaba. Siendo cómplice directo de la mayor alteración de pruebas de su carrera.
Manuel sabía perfectamente que el anillo de Antonio no había aparecido en el sofá.
Su madre, su mujer y su hijo habían asaltado una pensión en Lavapiés para conseguirlo, y él, el inspector jefe del caso había mirado hacia otro lado para colarlo en el laboratorio.
Si Asuntos Internos o el juez sospechaban lo más mínimo, no solo perdería la placa y la pensión; acabaría en la misma cárcel que el asesino de su hijo político.
Apretó la placa policial dentro del puño hasta que los bordes se le clavaron en la piel.
Cerró los ojos y, en la oscuridad de su mente, vio el cuerpo de Javi cubierto por una sábana blanca en el anatómico forense.
Luego vio el rostro desencajado de Carmen en la cama del hospital tras la paliza.
Y finalmente, vio a Christian, un chaval asustado que se había jugado la vida en los calabozos de Soto del Real.
¿De qué servía un manual de procedimiento si el sistema estaba diseñado para proteger a monstruos con corbata como Antonio?
Manuel abrió los ojos, soltó el aire retenido en sus pulmones y guardó la placa en la guantera del coche, cerrándola de un golpe seco.
La decisión estaba tomada. Ya no era un policía defendiendo la ley abstracta de los tribunales.
Era un padre protegiendo a su manada. Si el abogado de la defensa intentaba acorralar a Christian en el careo del día siguiente, Manuel estaba dispuesto a quemar el juzgado de Instrucción número 6, su placa y su propia carrera con tal de asegurar que el "catafalco" se pudriera en la cárcel.
Puso la llave en el contacto, arrancó el motor y se alejó por las calles de Madrid, convertido oficialmente en el escudo de la mayor mentira que su familia había contado jamás.