Capítulo 25 Raciones de bravas y sobres con sello judicial
El bar de Embrujo era el corazón latente del barrio, un refugio de azulejos gastados, serrín en el suelo y el rugido constante de la cafetera de brazo.
Embrujo, una drag queen de armas tomar con el pelo cardado y un delantal impecable, gobernaba el negocio con mano de hierro y un corazón de oro.
Cuando vio entrar a Carlos acompañado de Christian, no hizo preguntas.
Les dedicó una mirada cómplice, les acomodó en la mesa del fondo, la más resguardada de las miradas de la calle, y les plantó dos cañas bien tiradas y una ración de patatas bravas sin que hubieran tenido que pedir nada.
—Aquí estáis seguros, muchachos. En este bar no entra ningún indeseable mientras yo esté al frente —dijo Embrujo, guiñándoles un ojo antes de volver a la barra.
Christian respiró aliviado, dejando que el calor del local le quitara la rigidez de los hombros. Miró a Carlos al otro lado de la mesa. El ambiente del bar, tan madrileño y auténtico parecía el escenario perfecto para romper los últimos muros que les separaban.
—Es la primera vez en meses que no siento que tengo que mirar por encima del hombro cada cinco segundos —confesó Christian, pinchando una patata y sonriendo de lado—. Embrujo impone respeto, ¿eh?
—Ni te lo imaginas. Aquí venían los inspectores de la vieja escuela a tomar el carajillo y nadie se atrevía a levantar la voz —se rió Carlos, acercando su silla un poco más a la de Christian—. Me alegra verte sonreír de verdad. Te lo mereces.
A medida que avanzaba la tarde, las confidencias se volvieron más íntimas.
Christian le confesó a Carlos lo mucho que le asustaba el futuro, el miedo a que las secuelas de la cárcel no le dejaran volver a ser el de antes.
Carlos, sin pensarlo, dejó su mano sobre la rodilla de Christian por debajo de la mesa, dándole un apretón lleno de firmeza.
Christian le sostuvo la mirada, y esta vez no hubo timidez: sus dedos se entrelazaron con los de Carlos bajo el mantel.
El bar de la Embrujo, con su ruido de fondo y su olor a cocina casera, fue el testigo mudo de cómo dos almas rotas por la misma tragedia se unían definitivamente.
Ya no eran solo el estudiante y el testigo; eran una pareja dispuesta a todo.
Sin embargo, la realidad de los tribunales no entendía de treguas románticas.
El idilio del bar estalló en pedazos cuando, un par de horas después, regresaron a la calle.
Al llegar al portal del edificio de Carmen, se encontraron con un panorama que les congeló la sangre.
El inspector Manuel estaba aparcado en doble fila con las luces de emergencias puestas, y en el portal, un funcionario del servicio de notificaciones judiciales hablaba con Carmen, que sujetaba un bolígrafo con una mano que le temblaba visiblemente.
Carlos y Christian apretaron el paso, intuyendo que el momento de la verdad había llegado.
—¿Qué pasa, papá? —preguntó Carlos, acercándose al coche mientras el cartero judicial se marchaba tras recoger la firma de Carmen.
Manuel bajó la ventanilla, con el semblante serio de las grandes crisis.
—Se acabó la instrucción, Carlos. El juez ha rechazado el recurso de nulidad de la defensa, pero a cambio ha acelerado los plazos. Ya están aquí las citaciones para el juicio oral de la sección penal.
Carmen se acercó a los chicos, sosteniendo dos sobres de papel oficial con el membrete del Tribunal Superior de Justicia. Tenía los ojos fijos en Christian, con una mezcla de pena y terror.
—Hay una para mí... —dijo Carmen, con la voz rota—. Me citan para ratificar la denuncia por las lesiones y para declarar como testigo por el hallazgo del anillo en el sofá. El abogado de Antonio va a intentar hacerme picar en el anzuelo delante de los magistrados.
—Eso no es lo peor —intervino Manuel, saliendo del coche y entregándole el segundo sobre directamente a Christian—.
Christian, el juez te cita a ti también.
Pero la defensa de Antonio ha exigido una diligencia previa antes de que se abra la sesión del jurado.
Quieren un careo directo en el juzgado de instrucción entre el acusado y tú.
A Christian se le mudó el color del rostro, quedándose completamente pálido. El sobre judicial pesaba en sus manos como si fuera de plomo.
—¿Un... un careo? —balbuceó el colombiano, mirando a Carlos con los ojos desorbitados por el regreso repentino del pánico—. ¿Tengo que ponerme frente a frente con ese hombre otra vez? ¿En la misma sala?
—Es una estrategia de su abogado para intentar amedrentarte antes del juicio grande —explicó Carlos, agarrando a Christian por los hombros para que no se derrumbara allí mismo en la acera—.
Saben que tu testimonio es la clave de todo.
Si logran que te contradigas o que entres en pánico delante del juez durante el careo, tendrán una baza para desmontar tu credibilidad ante el jurado popular.
—No estás solo, hijo —le dijo Carmen, dándole un abrazo protector al chaval—. Ese monstruo se cree que nos va a asustar con sus abogados caros, pero ya nos ha hecho todo el daño que nos podía hacer. Ahora nos toca a nosotros hablar.
Christian miró el sobre arrugado entre sus dedos, luego miró a Carlos, que le asentía con una determinación feroz en los ojos, y finalmente a Carmen.
La maquinaria de la justicia penal se había puesto en marcha definitivamente.
Llevaban más de sesenta hojas de sufrimiento, mentiras y planes clandestinos a la mesa camilla, pero la hora de mirar al lobo a los ojos en un tribunal ya no se podía aplazar más.