Capítulo 24 Atardeceres en el estanque y recursos de impugnación
El sol de la tarde caía sesgado sobre los jardines del Parque del Retiro, tiñendo de oro las hojas de los árboles y la superficie del gran estanque.
Para Christian, salir de la casa de Carmen seguía requiriendo un esfuerzo monumental de valentía, pero la perspectiva de encontrarse de nuevo con Carlos hacía que el miedo se disipara.
Caminaban despacio por el Paseo de los Coches, manteniendo una distancia prudencial que se acortaba sin que se dieran cuenta a cada paso.
—En mi país —decía Christian, mirando el reflejo del Palacio de Cristal en el agua—, cuando alguien pasa por una desgracia así, la comunidad lo arropa. Aquí... aquí me sentía como un fantasma al que todos miraban con sospecha. Hasta que apareciste tú en aquel locutorio de la policía.
Carlos se detuvo junto a una barandilla de piedra, clavando sus ojos en los del colombiano. La timidez habitual de Christian dejaba paso a una mirada cargada de una gratitud profunda que empezaba a transformarse en algo mucho más cálido y magnético.
—Yo solo buscaba la verdad, Christian — respondió Carlos con la voz un punto más grave—. Pero al conocerte... no sé, entendí que hacer justicia por Javi también significaba protegerte a ti. Javi era luz, y sé que si él estuviera aquí, querría que estuvieras a salvo.
Christian dio un paso al frente, invadiendo suavemente el espacio vital de Carlos. La brisa del Retiro les alborotaba el pelo. El joven universitario sintió un vuelco en el estómago cuando Christian, con una timidez conmovedora, le rozó el antebrazo con los dedos.
—Tú me salvaste la vida, Carlos. Y no hablo solo de sacarme de Soto del Real —susurró el chico, buscando su mirada—. Cuando te veo llegar, siento que el suelo vuelve a estar firme bajo mis pies.
Carlos no aguantó más el impulso. Cubrió la mano de Christian con la suya, entrelazando los dedos firmemente a la vista de los paseantes.
No hacía falta decir nada más. La sombra de la tragedia seguía allí, pero el amor estaba ganando la batalla en mitad de los jardines de Madrid, forjando un vínculo que ya era inquebrantable.
El aviso del inspector
Mientras la esperanza florecía en el Retiro, el ambiente en la mesa camilla de Angustias se volvía a tensar hasta el límite.
El inspector Manuel entró en el piso de su madre sin quitarse la gabardina, con el rostro serio y una carpeta bajo el brazo.
En el salón ya le esperaban su esposa, Angustias y
Carmen, que había ido a pasar la tarde para ayudar a coser unas cortinas.
—Tenemos problemas —soltó Manuel de golpe, dejándose caer en una de las sillas y abriendo la carpeta sobre el mantel de ganchillo—.
El abogado que la organización de ultraderecha le ha pagado a Antonio acaba de presentar un escrito de impugnación de prueba ante el juez de instrucción. Un recurso de nulidad en toda regla.
Carmen palideció, apretándose el trapo de la cocina contra el pecho.
—¿Nulidad? Pero Manuel... si la policía científica dijo que el anillo tenía pólvora y la sangre de mi hijo —dijo con la voz temblorosa—. ¿Cómo van a anular eso?
—Escuchadme bien, porque el abogado es un tiburón de los juzgados —explicó el inspector, ajustándose las gafas—.
El escrito argumenta que la prueba del anillo está totalmente "contaminada" por el espantoso contexto familiar.
Antonio reconoce que el anillo es suyo, sí, pero su defensa alega que tú, Carmen, plantaste esa alianza en el sofá de manera malintencionada después de que él te diera la paliza, con el único objetivo de hundirle de por vida y asegurarte una condena brutal.
—Si el juez atiende el escrito de la defensa, sí —admitió Manuel con frustración—.
En este país, si se demuestra que una prueba crucial ha podido ser manipulada o plantada por motivos de venganza personal, el tribunal la anula.
Antonio sabe que por pegarle a Carmen le caerán un par de años, pero si logran tumbar el anillo en el caso de Chueca, se libra de la prisión permanente por la muerte de Javi.
Carmen se levantó de la silla, recta y con una chispa de rabia en los ojos. El miedo que la había atenazado durante treinta años se había transformado definitivamente en pura determinación.
—No lo va a conseguir, Manuel. Ese hombre me quitó a mi hijo, pero no va a pisotear la justicia. Yo mantendré mi declaración ante el juez palabra por palabra.
—¡Así se habla, Carmen! —exclamó Angustias, viniéndose arriba y dando un manotazo en la mesa—.
Ese abogado de ciudad se cree que nos va a asustar con cuatro papeles.
El comando no se ha arriesgado a que nos piquen las pulgas en aquella pensión mugrienta de Lavapiés para que ahora un escrito de anulación nos...
Angustias se cortó en seco. La madre de Carlos dio un respingo en la silla y Carmen abrió los ojos de par en par, tapándose la boca. En mitad del salón, el silencio que se formó fue tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo.
Estalla el secreto familiar
El inspector Manuel se quedó completamente rígido. Apartó los ojos de la carpeta, se quitó las gafas despacio y clavó una mirada de absoluto asombro y peligro en su madre.
—¿Lavapiés? —preguntó Manuel, con una voz extrañamente calmada que presagiaba tormenta—. ¿Qué tiene que ver Lavapiés con el sofá de la casa de Carmen? Madre... ¿de qué demonios estás hablando?
La madre de Carlos miró al techo simulando un gran interés por la lámpara, mientras Angustias tragaba saliva, dándose cuenta de que acababa de tirar por tierra la coartada perfecta del comando por culpa de su incontinencia verbal.
En ese preciso instante, la puerta del piso se abrió y Carlos entró en el salón, con los ojos todavía brillantes tras su paseo por el Retiro con Christian.
—Hola a todos... ¿Pasa algo? —preguntó Carlos, notando la tensión asfixiante en el ambiente.
—Pasa que tu abuela acaba de mencionar una pensión en Lavapiés —le espetó Manuel, levantándose de la silla y encarando a su hijo—. Carlos, mírame a los ojos. Como inspector de policía y como tu padre: ¿De dónde coño salió ese anillo de oro?
Carlos miró a su abuela, luego a Carmen y finalmente a su padre. Supo que la mentira del sofá había muerto. Inspiró hondo, dio un paso al frente y decidió arrojar el escudo.
—No apareció en el sofá, papá —confesó Carlos con voz firme—.
El anillo lo tenía Christian Vargas en la habitación donde vivía él.
Se lo quitó al asesino de Javi del bolsillo en mitad del tiroteo del baño y lo escondió.
Cuando fuimos a verle al locutorio, nos dio las señas de una pensión clandestina de Lavapiés donde su primo tenía guardado el duplicado de la llave de la taquilla de los visillos— Dijo Carlos para evitar que se enterara de la forma que entraron en la pensión.
Manuel se llevó las manos a la cabeza, caminando de un lado a otro del salón como un león enjaulado. Su rostro pasó del asombro a la más pura indignación profesional.
—¿Me estáis diciendo que entrasteis en una celda, conseguisteis una llave de contrabando, fuisteis a un piso franco de Lavapiés y os llevasteis una prueba judicial de un asesinato por vuestra cuenta?
—Manuel miraba a su madre, a su mujer y a su hijo por igual—.
¡Os habéis saltado todas las leyes de este país!
¡Podrían haberos detenido! ¡Habéis fabricado un hallazgo falso!
¡Si la defensa se entera de esto, el juicio se va a la porra y Antonio sale libre mañana mismo!
—¡Bueno, Manuel, no te pongas así, que pareces un sargento de la Legión!
—le plantó cara Angustias, recuperando el desparpajo—.
Fuimos allí porque tu policía no hacía nada y el chaval colombiano se estaba muriendo de miedo en Soto del Real.
Hicimos lo que teníamos que hacer para salvar a un inocente.
—¡Que eres el inspector del caso, Manuel!
—añadió la madre de Carlos, poniéndose del lado de la abuela—.
Si te lo hubiéramos dicho, tu bendita burocracia habría tardado tres semanas en pedir una orden de registro para la taquilla y para cuando quisierais ir, el chaval ya habría aparecido flotando en el río.
Manuel se sentó de golpe en la silla, frotándose las sienes con desesperación. La revelación era un golpe durísimo para su ética profesional, pero como padre y como amigo de Carmen, entendía el fondo de la locura que habían cometido. Miró la bolsa de pruebas que traía en la carpeta.
—Esto cambia las cosas... —murmuró Manuel, mirando a Carlos—.
El abogado de Antonio tiene más razón de la que cree con su escrito de impugnación, aunque se equivoque de motivo.
Si el juez sospecha lo más mínimo de Lavapiés, estamos acabados.
Carlos, a partir de este momento, ni una palabra de esto fuera de estas cuatro paredes.
Carmen, tu historia del sofá pasa de ser una mentira piadosa a ser una verdad absoluta del Estado.
Si te tiembla la voz en el juzgado, nos hundimos todos.
Carmen asintió, acercándose al inspector y poniéndole la mano en el brazo.
—No me va a temblar, Manuel. Por mi hijo, y por ese chico que ahora duerme en su habitación, voy a defender esa mentira como si la hubiera escrito el mismísimo juez. Antonio va a pagar.
Manuel suspiró, guardando los papeles en la carpeta.
El secreto del comando abuela ya no era un secreto para la policía; ahora el inspector jefe de la investigación era el cómplice principal de la mayor ilegalidad del barrio, y la cuenta atrás para el juicio penal se volvía más peligrosa que nunca.