Capítulo 23 Confesiones en Cascorro y un jarro de agua fría en Soto del Real
Estar en libertad no significaba estar a salvo, y Christian lo sabía.
Aunque la casa de Carmen se había convertido en su búnker particular, el chaval apenas se atrevía a asomarse a la ventana.
Carlos, consciente del aislamiento del colombiano y usando como excusa la necesidad de repasar su declaración de cara al futuro juicio, le citó a última hora de la tarde en una pequeña cafetería con solera escondida en los callejones cercanos a la Plaza de Cascorro.
Una de esas de mesas de mármol y poca luz donde nadie hacía preguntas.
Cuando Christian entró, arrastrando los pies y con la mirada gacha, Carlos ya le esperaba con dos cafés humeantes.
Al sentarse uno frente al otro, la distancia física de vivir en casas separadas pareció desvanecerse.
Debajo de la mesa de mármol, las rodillas de ambos se rozaron por accidente y ninguno de los dos hizo el amago de retirarse.
—Gracias por venir, Christian. Sé que te da miedo salir —arrancó Carlos, entornando los ojos con una calidez que el colombiano no había visto en los juzgados—. Quería que salieras un rato a tomar el aire. Carmen me ha dicho que te pasas el día mirando el techo.
—Es duro, parce... —susurró Christian, rodeando la taza con sus manos largas.
Carlos se fijó en sus pestañas, en la vulnerabilidad de sus ojos oscuros—.
En esa casa todo me recuerda a Javi. Veo sus cosas, sus fotos...
y luego pienso en el papá de él, que está en la misma cárcel donde yo casi no lo cuento.
Siento que en cualquier momento van a venir a buscarme.
Carlos, impulsado por un instinto que iba mucho más allá del deber profesional, estiró la mano sobre la mesa y cubrió los dedos temblorosos del chico.
Christian levantó la mirada, sorprendido, y se topó con los ojos clavados de Carlos.
Hubo una corriente de electricidad estática entre los dos, un silencio espeso y magnético que duró un latido más de la cuenta.
—No te va a pasar nada, te lo prometo —le dijo Carlos con la voz más grave de lo habitual, apretándole los dedos—. Mi padre tiene el ojo puesto en la calle y yo... yo no voy a dejar que te toquen un pelo. Carmen te está protegiendo, pero yo también estoy aquí. Para lo que necesites.
Christian esbozó una sonrisa tímida, la primera sonrisa auténtica que Carlos le veía desde que empezó aquella pesadilla. El amor, abriéndose paso entre la tragedia y los traumas del calabozo, acababa de encender una chispa innegable en aquella mesa de café.
Mientras la complicidad crecía entre los jóvenes en Cascorro, el ambiente a unos cuantos kilómetros de allí era radicalmente distinto.
El autobús interurbano que conectaba Madrid con la prisión de Soto del Real llevaba a bordo a dos pasajeras de excepción.
Angustias y su nuera, la madre de Carlos, iban vestidas con sus mejores galas de ir a misa de doce, listas para ejecutar una misión de lo más gamberra.
—A ver, suegra, ¿está segura de que nos van a dejar pasar con el cuento que se ha inventado en la entrada? —preguntó la madre de Carlos, reajustándose las gafas.
—¿Cómo qué no? Al enemigo se le ataca por los nervios —sentenció Angustias, dándose aire con un abanico de la Virgen del Rocío—.
Le he dicho al funcionario del control que somos unas primas lejanas de la rama de Ávila que veníamos a traerle apoyo moral en estos momentos tan duros.
Ese monstruo se cree muy listo, pero hoy va a probar el veneno de la mesa camilla.
Media hora después, el padre de Javi entró en el locutorio de visitas de la cárcel con el uniforme de preso y una cara de pocos amigos que asustaba.
Al ver al otro lado del cristal a la abuela y a la madre de Carlos, se quedó de piedra.
Agarró el teléfono de la pared con una furia contenida que casi rompe el cable.
—¿Qué coño hacéis vosotras aquí? —rugió el hombre, pegando el rostro al cristal—. Yo a vosotras no os conozco de nada. Fuisteis las que vinisteis con mi mujer a husmear a mi casa. ¿Venís a reíros de mí?
Angustias descolgó su auricular con una parsimonia divina, le dio un sorbo a un caramelo de menta y sonrió enseñando los dientes a través del cristal.
—¡Hombre, Antonio, ¡qué desmejorado te veo!
—exclamó la abuela con una voz que se escuchaba en todo el pasillo—.
Te ha sentado fatal el rancho de Soto del Real, hijo.
Tienes unas ojeras que pareces un Oso Panda con chándal.
Te traíamos unos filetes empanados, pero la Guardia Civil es muy suya con el contrabando de carne.
—¡Callaos la boca, viejas brujas! —gritó Antonio, golpeando el cristal con el puño—.
Mi abogado va a pedir la nulidad de la prueba del anillo.
No sé de dónde habéis sacado esa alianza mi mujer y vosotras, pero esto es una trampa.
Yo no maté a mi hijo y Carmen va a pagar cada día que paso aquí dentro. Cuando salga...
—¿Cuándo salgas? Pero si te van a caer más años que a un bosque de pinos, alma de Dios —le interrumpió la madre de Carlos, metiendo baza por el auricular compartido—.
Por cierto, Antonio, qué sorpresa lo de tus excursiones por Chueca de incógnito.
Con lo machote que tú te ponías en el barrio hablando de la moral y de los valores, y resulta que te gustaba el ambiente más que a un tonto un lápiz.
Nos ha dicho mi marido, el inspector Manuel, que tienes locas a las de las limpiezas del módulo con tus andares.
El padre de Javi se puso de un color rojo oscuro, casi morado. Las venas del cuello se le hinchaban como cuerdas de guitarra.
—¡Mentirosas! ¡Os voy a arrancar la cabeza a las tres! —bramaba el preso, atrayendo la mirada de los funcionarios del patio—. ¡Ese colombiano ratero me robó el anillo! ¡Es una conspiración de mi mujer y de la policía de este país!
—Mira, Antonio, déjate de conspiraciones y céntrate —le soltó Angustias, pegando su cara al cristal con una mirada de acero que helaba la sangre—.
El colombiano está ahora mismo en tu casa.
Sí, señor. Durmiendo en la cama de tu hijo, comiéndose el cocido de tu mujer y usando tus tazas del café preferidas.
Tu casa ya no es tuya. Carmen ha tirado todas tus corbatas asquerosas y tus camisas de falangista al contenedor de reciclaje de ropa y ha puesto un ambientador de lavanda que da gloria entrar.
Has perdido, catafalco. Estás en la jaula y nosotras tenemos la llave.
—¡Ahhhh! ¡Guardias! ¡Sacadme de aquí! —empezó a gritar el padre de Javi, perdiendo los papeles por completo y tirando el auricular contra la pared.
Se puso a dar patadas a la puerta de hierro del locutorio hasta que dos funcionarios corpulentos entraron a reducirlo, doblándole el brazo mientras él seguía insultando a la abuela y a la madre de Carlos entre espumarajos de rabia.
Angustias colgó su teléfono despacio, se arregló el cuello de la blusa y miró a su nuera con una satisfacción inmensa.
—Vámonos, hija, que se nos pasa el arroz —dijo la abuela, agarrando su bolso de charol—. Menudo espectáculo. Esto en la televisión de pago te cuesta veinte euros la entrada. Mañana le digo a Carmen que nos haga unas torrijas para celebrarlo.
Salieron de Soto del Real a paso ligero, dejando el Módulo 4 en estado de alerta máxima y con el monstruo completamente desquiciado por el implacable sentido del humor de la familia de Carlos.