Capítulo 22 El peso de las llaves y un trozo de pan
El laboratorio de la Jefatura Superior de Policía no tardó ni veinticuatro horas en hacer hablar al oro.
El plan de Carlos y el inspector Manuel funcionó a la perfección.
Al analizar la alianza bajo el pretexto de la investigación por la agresión a Carmen, los peritos de la científica encontraron lo que buscaban en las hendiduras del grabado interior: micropartículas de pólvora deflagrada y una traza microscópica de tejido epitelial compatible con el ADN de Javi.
El hallazgo era incontestable. El padre de Javi había empuñado la pistola.
A las cuatro de la tarde de ese mismo día, las puertas de hierro del Centro Penitenciario de Soto del Real se abrieron para Christian.
El chaval cruzó el control de accesos vistiendo la misma ropa con la que entró, cargando una bolsa de plástico con sus escasas pertenencias y con una orden de libertad en el bolsillo.
Mientras tanto, en el barrio, Carmen había tomado una decisión firme. A pesar de las protestas de Angustias y de su nuera, que querían retenerla más días entre mantas y mimos, la mujer exigió volver a su propia casa.
—Agradezco todo lo que habéis hecho por mí, de verdad —les dijo Carmen mientras recogía sus cosas del piso de Angustias—, pero esa casa también es mía.
Antonio está encerrado y dudo mucho que vuelva a pisar la calle en el resto de su vida.
Si no vuelvo ahora y abro las ventanas para que corra el aire, ese hombre me habrá ganado la partida y tendré miedo de mi propio techo para siempre.
Carlos la acompañó en el coche y la ayudó a subir las bolsas.
Al entrar en el piso, el ambiente era gélido.
Los restos del registro policial todavía eran visibles: algunos cajones abiertos, la mesa del comedor un poco desplazada y un silencio sepulcral que recordaba las tres décadas de sumisión que Carmen había vivido entre aquellas paredes.
Sin embargo, Carmen caminó recta. Se quitó la chaqueta, fue hacia el salón y abrió de par en par los ventanales que daban a la calle, dejando que el sol de la tarde inundara las estancias.
—Huele a rancio, Carlos —dijo Carmen, frotándose las costillas con cuidado—. Hay que limpiar a fondo. Quiero tirar todas sus cosas. Su ropa, sus corbatas, sus discursos de los demonios... Todo a la basura.
Carlos la miraba con una profunda admiración.
De la mujer asustada que callaba ante los gritos no quedaba ni el rastro.
En ese momento, el teléfono móvil del joven universitario vibró en su bolsillo.
Era su padre, el inspector Manuel. Carlos escuchó atentamente la llamada, asintiendo varias veces con el semblante serio. Al colgar, miró a Carmen.
—¿Qué pasa, Carlos? ¿Alguna novedad de la comisaría? —preguntó ella, intuyendo algo.
—Han soltado a Christian, a la hora de comer.
El juez ha firmado la orden tras recibir el informe del anillo —explicó Carlos, sentándose en el brazo del sofá—.
Mi padre dice que el chaval ha salido de Soto del Real con lo puesto.
No tiene adónde ir, Carmen. El dueño de la pensión de Lavapiés se asustó cuando fuimos con el cuento de las chinches y le ha echado, y el chico no tiene familia en Madrid, ni dinero, ni red de apoyo.
Mi padre está intentando buscarle una plaza en un albergue social a través de una ONG, pero están todos completos hasta la semana que viene.
Carmen se quedó estática en mitad del pasillo, con un trapo de polvo en la mano. Miró a Carlos y, de inmediato, desvió la mirada hacia la puerta que estaba al fondo a la derecha. La habitación de Javi.
La habitación de su hijo seguía intacta, tal y como él la había dejado antes de la tragedia: sus libros de texto, sus posters de música, su colcha azul.
Carmen sintió una punzada en el corazón, pero no fue una punzada de tristeza, sino de una extraña y cálida lucidez.
Christian había estado allí. Christian había intentado tapar la herida de Javi con sus propias manos mientras su hijo se desangraba.
Ese chaval era el último vínculo humano que le quedaba con su hijo.
—Dile a tu padre que cancele lo del albergue —dijo Carmen con una voz firme que no admitía discusión—. Trae a ese chico aquí.
Carlos abrió los ojos de par en par, sorprendido por la propuesta.
—¿Aquí, Carmen? ¿Estás segura? Acabas de volver, necesitas tranquilidad y...
—Estoy completamente segura, Carlos —le interrumpió, acercándose y poniéndole una mano en el hombro—.
Esta casa ha estado llena de odio, de egoísmo y de violencia durante treinta años.
Va siendo hora de que la llenemos de algo bueno.
Ese chaval salvó tu vida al no delatarte ante mi marido, y estuvo al lado de mi hijo cuando yo no pude estar.
No voy a permitir que duerma en un banco de la calle mientras yo tengo una habitación vacía. Trae a Christian.
Carlos sintió cómo un nudo de gratitud se le formaba en la garganta. Sin perder un segundo, llamó a su padre para que localizara a Christian en las inmediaciones de la estación de autobuses de Soto del Real antes de que tomara cualquier transporte sin rumbo.
Dos horas más tarde, el timbre de la casa de Carmen sonó.
Carlos abrió la puerta. En el rellano estaba Christian, cohibido, con los hombros hundidos y la bolsa de plástico de la prisión apretada contra el pecho como si fuera un escudo.
Al ver a Carlos y luego a Carmen, el chaval bajó la mirada, abrumado por la situación.
—Buenas tardes... Lamento molestar —susurró Christian, arrastrando el acento—. El inspector me dijo que viniera para acá, pero si es un problema, yo puedo buscarme la vida en cualquier sitio...
Carmen se acercó a él despacio. Con una ternura que a Christian le recordó instantáneamente a la de su propia madre al otro lado del océano, le quitó la bolsa de plástico de las manos y la dejó en el mueble del recibidor.
Luego, le tomó las manos, que todavía estaban frías por el miedo acumulado en la cárcel.
—No eres ninguna molestia, Christian. Esta es tu casa el tiempo que lo necesites —le dijo Carmen con una sonrisa rota pero auténtica—.
Pasa, por favor. Anda, ve con Carlos, que te enseñe tu habitación y te dé ropa limpia.
Voy a preparar algo de cenar, que seguro que en ese sitio no te han dado más que caldos limpios.
Christian miró a Carlos, que le dedicó una mirada de absoluta complicidad y una sonrisa que, por primera vez en muchos días, hizo que al colombiano le diera un vuelco el corazón.
Al entrar en el pasillo, Christian sintió que el peso del suelo de cemento de Soto del Real empezaba, por fin, a desaparecer de sus zapatos