Donde la luz no entra Capítulo 21 Lágrimas en la almohada y la cadena de custodia
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Capítulo 21 Lágrimas en la almohada y la cadena de custodia

​La noche cayó sobre Madrid con un silencio pesado, de esos que obligan a mirar hacia dentro.

En el piso de Angustias, tras el frenesí de la llamada de Christian y las discusiones en la mesa camilla, las luces finalmente se apagaron, dejando espacio a los fantasmas que el día lograba mantener a raya.

​En la habitación de invitados, Carlos se sentó en el borde de la cama.

La pantalla de su teléfono móvil era la única fuente de luz en la penumbra.

Con el dedo tembloroso, comenzó a deslizar la galería de fotos.

Allí estaban. Javi y él, el verano anterior en la playa de Tarifa, despeinados por el viento de levante y riéndose a carcajadas mientras compartían un helado que se derretía.

En otra imagen, Javi salía despistado, mirando los apuntes de la carrera con el ceño fruncido y un bolígrafo mordisqueado entre los dientes.

​Carlos acarició la pantalla de cristal como si pudiera tocar la mejilla de su novio.

El pecho le dolió con una fuerza física que le cortó la respiración.

Recordó el olor de su cuello, la seguridad de sus abrazos y cómo el mundo parecía un lugar perfectamente ordenado cuando Javi estaba cerca.

Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Carlos, cayendo sobre el teléfono.

Limpió la pantalla con la manga de la sudadera, tragándose el sollozo.

La promesa de hacer justicia era lo único que le mantenía en pie, pero el vacío que Javi había dejado en su vida era un abismo negro e insondable.

​A unos metros de él, en la cama contigua, Carmen tampoco dormía.

Escuchaba la respiración contenida de Carlos y sabía perfectamente lo que el chico estaba haciendo.

Carmen se giró despacio, conteniendo un gemido cuando las costillas fracturadas protestaron por el movimiento.

Miró al techo oscuro y la imagen de su hijo pequeño acudió a su mente: Javi de niño, corriendo por el pasillo con las rodillas sucias; Javi protegiéndola con la mirada cuando su padre levantaba la voz en el salón.

​Carmen ahogó el llanto en la almohada, empapando la funda de algodón.

El remordimiento la carcomía por dentro.

Se culpaba por no haber sido más fuerte, por haber aguantado treinta años al monstruo, por no haber huido antes llevándose a su hijo lejos de aquella casa maldita.

El dolor de la paliza física no era nada comparado con el desgarro de saber que el hombre con el que había compartido su vida era, muy probablemente, el ejecutor de su propia sangre.

Lloró en silencio hasta que el agotamiento y los calmantes la sumieron en un sueño sin imágenes.

​A la mañana siguiente, el olor a café recién hecho y a tostadas quemadas barrió la melancolía de la noche. La cocina de Angustias se convirtió en el escenario de un ensayo general digno de los teatros de la Gran Vía.

​—A ver, Carmen, mírame —decía Angustias, removiendo el café con una cucharilla mientras Carmen se sentaba con

dificultad—. Cuando le des la alianza a mi hijo Manuel, tienes que poner cara de haber visto a la Virgen de la Paloma. Nada de titubeos. ¿Cómo ha aparecido el anillo? Repíteme la lección.

​Carmen suspiró, intentando concentrarse.

​—Estaba limpiando a fondo los cojines del sofá del salón, barriendo los restos que dejó la policía tras el registro de la agresión.

Metí la mano por la ranura del fondo, donde siempre se caen las monedas de euro, y saqué el anillo.

Como Antonio ya no estaba en casa, me pareció raro que se lo hubiera dejado allí...

y al verle las marcas, decidí traértelo por si era importante.

​—¡Perfecto! —aplaudió la madre de Carlos, sirviendo más zumo de naranja—.

Y si Manuel te pregunta por qué has tardado dos días en dárselo, le dices que con el dolor de las costillas y los analgésicos del hospital estabas tan atontada que te habías olvidado de que lo tenías en el bolso.

Ante la duda, los efectos secundarios del paracetamol son nuestros mejores aliados.

​Carlos entró en la cocina, con unas ojeras profundas que delataban su noche en vela, pero con la mente ya fría y jurídica.

​—El guion es bueno —admitió Carlos, apoyándose en la encimera—.

Pero recordad una cosa fundamental: mi padre es inspector de policía, no un vecino del bloque.

Va a mirar ese anillo con lupa, y lo primero en lo que va a pensar es en la defensa del viejo.

Si los abogados del padre de Javi huelen un mínimo engaño, van a alegar que la prueba ha sido plantada o manipulada.

Tenemos que convencer a mi padre de que el hallazgo es cien por cien limpio.

​Una hora más tarde, el comando entró en la comisaría de distrito.

El inspector Manuel las recibió en su despacho, que estaba inundado de carpetas, informes de la ultraderecha y vasos de plástico de café medio vacíos.

Manuel se levantó de inmediato al ver entrar a Carmen, mostrando una preocupación genuina.

​—Carmen, por favor, siéntate. ¿Qué haces aquí? Deberías estar guardando reposo en casa de mi madre —dijo Manuel, apartando unas carpetas para hacerles sitio.

​—Manuel, hijo, es que ha pasado algo —intervino Angustias con un tono misterioso que rozaba el misticismo—. Carmen estaba recogiendo cuatro cosas de la casa del horror y mira lo que Dios ha querido que saliera de entre los cojines del sofá. Anda, Carmen, dáselo.

​Carmen abrió su bolso de mano, sacó un pañuelo de papel arrugado y, con dedos temblorosos, lo desplegó sobre la mesa de madera del inspector. En el centro, la pesada alianza de oro macizo del padre de Javi brilló bajo el flexo del despacho.

​Manuel se quedó estático. Sus ojos de policía veterano se clavaron en la joya.

Sacó un bolígrafo de metal del bolsillo de su camisa y, sin tocar el anillo directamente con los dedos para no contaminar posibles huellas, lo volteó con la punta del boli.

Examinó el grosor, el desgaste y las iniciales grabadas en el interior.

​—Es el anillo de bodas de Antonio... —murmuró Manuel, entornando los ojos. El inspector se reclinó en su silla de cuero, cruzando las manos sobre la barriga y mirando fijamente a las tres mujeres y a su hijo Carlos—. A ver, Carmen. Cuéntame despacio cómo ha aparecido esto exactamente.

​Carmen repitió el guion ensayado en la cocina con una naturalidad pasmosa, ayudada por la palidez real de su rostro y el dolor que sentía al hablar. Manuel escuchaba en silencio, asintiendo, pero su mente ya estaba calculando las consecuencias judiciales.

​—Si esto es lo que creo que es —dijo Manuel, levantándose y caminando hacia la ventana del despacho—, es la pieza que nos faltaba.

El colombiano declaró que el asesino llevaba un anillo idéntico en la mano con la que sujetaba la pistola.

Si la policía científica encuentra micropartículas de pólvora, restos de sangre de Javi o el ADN de Antonio mezclado con el fluido del baño en las estrías de este oro, tu marido no sale de Soto del Real en treinta años.

​El inspector se giró bruscamente, mirando a Carlos.

​—Pero tenemos un problema, Carlos. Tú estudias derecho y sabes cómo funcionan estos tiburones de la abogacía que ha contratado el grupo de ultraderecha de Antonio.

Lo primero que van a hacer es intentar anular la prueba.

Van a decir que el sofá no estaba precintado, que Carmen tenía motivos para incriminar a su marido tras la paliza y que la cadena de custodia se ha roto desde el momento en que el anillo ha viajado en un bolso de señora por la línea 5 del metro de Madrid.

​—Lo sé, papá —respondió Carlos, manteniendo el tipo—.

Por eso hay que documentar el hallazgo como una entrega voluntaria de la víctima del delito de lesiones.

Carmen ha encontrado un efecto personal del agresor en el domicilio conyugal y lo aporta a la causa de violencia de género.

Una vez que la científica analice el anillo por la agresión a Carmen, el laboratorio "descubrirá" por sorpresa los restos de pólvora que lo vinculan con el asesinato de Chueca.

Así la transición de la prueba es legal, el hallazgo es fortuito y la defensa no podrá alegar que íbamos buscando incriminarle por el tiroteo.

​Manuel miró a su hijo con una mezcla de orgullo y asombro. Luego miró a su madre, Angustias, que disimulaba mirando un cartel de "Se busca" de la pared como si no entendiera nada de leyes.

​—Eres listo, chaval —concedió Manuel, sacando una bolsa de plástico transparente para pruebas biológicas y metiendo el anillo en ella con unas pinzas—.

Voy a llevar esto personalmente al laboratorio de la Jefatura Superior de Policía.

Le voy a pedir al comisario que le den prioridad absoluta.

Si el laboratorio encuentra lo que buscamos, el juez de Soto del Real va a tener que denegar cualquier intento de fianza, por muchos lazos que Antonio tenga en el ayuntamiento o en los juzgados.

​El inspector selló la bolsa con una etiqueta adhesiva y apuntó la hora exacta y el nombre de Carmen. La alianza ya estaba en el sistema. El comando había colado el gol de su vida en la portería de la policía, y el padre de Javi ni siquiera iba a ver venir el golpe desde su celda del Módulo 4.