Capítulo 20B El reflejo roto (Carmen)
El cuarto de baño de Angustias olía a jabón de lavanda y a humedad limpia. Carmen cerró la puerta con pestillo, abrió el grifo y dejó correr el agua helada. Juntó las manos, recogió un poco y se salpicó el rostro con suavidad, soltando un siseo de dolor cuando el frío rozó el pómulo izquierdo.
Se apoyó en los bordes del lavabo de porcelana y levantó la vista hacia el espejo.
Allí estaba el mapa de su matrimonio. El hematoma alrededor de su ojo había evolucionado hacia unos tonos amarillentos y verdosos, extendiéndose hasta la sien.
Las costillas le clavaban agujas invisibles en el pecho con cada respiración.
Durante treinta años, Carmen había conocido esa rutina de memoria: recibir el golpe, llorar en silencio en la oscuridad del pasillo, lavar la sangre y sacar el corrector de maquillaje de alta cobertura para ocultar la vergüenza ante sus vecinas.
Pero esa noche, mientras miraba su propio reflejo bajo la cruda luz fluorescente, algo se había roto para siempre. Y no eran sus huesos.
Acercó el rostro al espejo y se rozó el moratón con la yema de los dedos.
Ya no sentía vergüenza. Por primera vez en tres décadas, no sentía la necesidad de agachar la mirada.
Ese hematoma ya no era la marca de propiedad de Antonio; era la prueba de que el monstruo estaba aterrorizado.
Le había pegado para callarla, pero al hacerlo, le había quitado la única arma que tenía para controlarla: el miedo.
«Si no tienes miedo a que te maten, ya no te pueden hacer daño» , pensó Carmen, con una lucidez que le heló la sangre a ella misma.
Mañana tendría que sentarse frente a Manuel, un inspector de policía al que respetaba, y mentirle mirándole a los ojos.
Mentir a la justicia de su país para colar el anillo y salvar a Christian.
Meses atrás, la sola idea de cometer un delito de perjurio le habría provocado un ataque de ansiedad.
Ahora, le resultaba hasta cómico. ¿Por qué iba a respetar ella unas leyes que durante treinta años habían sido ciegas a sus gritos de auxilio?
¿Qué le importaba a ella la "cadena de custodia" de una prueba, si su hijo estaba en una caja de pino por culpa del hombre que dormía a su lado?
Carmen cerró el grifo con un movimiento firme. El agua dejó de correr.
En el reflejo del espejo ya no vio a la esposa maltratada del barrio de Salamanca.
Vio a una madre a la que le habían arrebatado su única luz.
Sintió cómo una frialdad metálica, oscura y absoluta le nacía en la boca del estómago y se expandía por sus venas.
Mañana mentiría por Javi. Y si la ley de los hombres fallaba y Antonio lograba esquivar la cárcel, Carmen supo, viéndose a los ojos en ese baño ajeno, que ella misma se encargaría de dictar la sentencia.
Se secó el rostro con la toalla, desbloqueó el pestillo y salió al pasillo. Estaba lista para la guerra.