Donde la luz no entra Capítulo 20 Teléfonos de prepago y sonrisas de acero
65%

Capítulo 20 Teléfonos de prepago y sonrisas de acero

​Aprovechando la hora del recreo de la mañana, Christian se dirigió a la hilera de cabinas telefónicas del patio.

Había una cola de tres presos. El chaval esperaba con el corazón en la boca, mirando a todos lados de reojo.

Sus ojos buscaban constantemente la figura corpulenta y el bigote rígido del padre de Javi, pero no lo vio por ninguna parte.

​Cuando llegó su turno, introdujo la tarjeta de prepago con los dedos sudorosos. Tecleó el número que Sor Angustias había pegado al cristal del locutorio y que él había grabado a fuego en su memoria.

​Al tercer tono, una voz enérgica respondió al otro lado.

​—¿Sí? Dígame.

​—¿Sor Angustias? —susurró Christian, pegando el cuerpo a la cabina para que nadie le escuchara—. Soy Christian. El chico del locutorio.

​En Madrid, en la mesa camilla del piso de Angustias, la abuela dio un salto que casi tira el costurero. Le hizo señas frenéticas a Carmen y a su nuera para que se acercaran.

​—¡Hijo! Sí, dime, ¿cómo estás? —preguntó Angustias, poniendo el altavoz del teléfono fijo.

​—¡Me va a matar, señora, me va a matar!

—la voz de Christian era un hilo de puro terror—.

Lo han metido aquí. En mi mismo módulo. El hombre del baño.

Está aquí dentro. Ayer me dio un ataque cuando le vi entrar y me llevaron a la enfermería, pero ya me han echado al patio.

Si se entera de que yo estaba en el cubículo con él, si se da cuenta de que le robé el anillo...

no salgo vivo de Soto del Real. Tiene gente aquí, señoras, los rapados le miran como a un jefe. ¡Sáquenme de aquí, por favor!

​Carmen se tapó la boca con las manos, conteniendo un sollozo de culpabilidad al escuchar el pánico del muchacho.

​—Escúchame bien, Christian —le interrumpió Angustias con un tono de mando que transmitió un miligramo de calma al chaval—.

Mantén la cabeza fría. No le mires a los ojos, no te acerques a él y rodéate de gente en el patio.

Estamos moviendo Roma con Santiago para sacar esa alianza a la luz sin que nadie sepa que tú nos la diste.

Ten fe, hijo, no te vamos a dejar solo. —Dense prisa...

por lo que más quieran, dense pr... —la frase de Christian se cortó en seco.

​Al otro lado de la línea, Angustias solo escuchó el zumbido del auricular colgado.

​Christian no había colgado por gusto. Una mano grande, con los nudillos cubiertos de vello canoso, se había apoyado con una parsimonia aterradora sobre el gancho del teléfono, cortando la comunicación.

​Christian se quedó petrificado, con el auricular pegado a la oreja y la respiración congelada. Giró la cabeza despacio, sintiendo cómo el ansiolítico de la enfermería dejaba de hacer efecto de golpe.

​El padre de Javi estaba de pie a su lado.

Vestía un chándal azul oscuro que le daba un aire todavía más corpulento.

Su rostro no mostraba la rabia de la noche de la paliza a Carmen; mostraba algo mucho peor: una sonrisa gélida, calculadora, la sonrisa de un depredador que disfruta oliendo el miedo de su presa.

​—Hola, muchacho —dijo el padre de Javi. Su voz era un susurro grave, pero sonaba como un trueno en los oídos de Christian—. Te he visto desde el otro lado del patio. Ayer te dio un patatús al verme entrar, ¿no? Los guardias dijeron que eras el colombiano del caso de Chueca.

​Christian tragó saliva, sintiendo que la boca se le secaba por completo. Intentó dar un paso atrás, pero la cabina telefónica le hacía de tope.

​—Yo... yo no sé quién es usted, señor —acertó a decir con un hilo de voz, tratando de imitar el acento de alguien que no comprende bien el idioma.

​El padre de Javi dio un paso al frente, invadiendo el espacio vital de Christian. Le puso una mano en el hombro, apretando los dedos lo justo para que el chaval notara la fuerza física que escondía.

​—No me vengas con cuentos, chaval. Nos conocemos del bar —el padre de Javi paseó su mirada por el rostro sudoroso del colombiano, estudiándolo como un entomólogo mira a un insecto—.

He estado leyendo la copia de tu declaración que me ha traído mi abogado esta mañana.

Le dijiste al juez que en el baño había un "hombre maduro" que disparó.

Una descripción muy vaga, ¿verdad? Muy conveniente para ti.

​Christian temblaba tanto que las llaves que colgaban del cinturón de un funcionario a diez metros parecían el único sonido del universo.

​—Pero hay una cosa que no me cuadra, Christian...

¿puedo llamarte Christian? —el líder radical inclinó la cabeza, fijando sus ojos inyectados en sangre en los del chico—.

El día del tiroteo, yo perdí algo muy valioso en ese bar.

Algo que llevaba siempre puesto y que desapareció de mis pertenencias. Un anillo. Una alianza de oro.

​A Christian se le paró el corazón. Dios mío, lo sabía.

​—He estado pensando —continuó el padre de Javi, acariciándose el bigote con la otra mano— que a lo mejor el asesino de mi hijo no solo disparó, sino que también era un ratero de tres al cuarto que aprovechó el caos para

rebañar los bolsillos ajenos. O a lo mejor... a lo mejor ese ratero ya me había robado el anillo unos días antes y ahora quiere usarlo para inventarse una historia de fantasmas en el baño. ¿Tú qué crees, Christian? ¿Tú sabes dónde está mi anillo?

​—No... no sé de qué me habla, patrón —balbuceó Christian, con las lágrimas a punto de brotarle de los ojos por la presión psicológica—. Yo no le robé nada. Yo solo entré a trabajar...

​El padre de Javi sonrió de medio lado. Le dio dos palmaditas suaves, casi paternales, en la mejilla a Christian. Un gesto que encerraba una violencia implícita espantosa.

​—Me alegra oír eso. Porque verás, aquí dentro la vida es muy corta para los que tienen las manos largas o la lengua floja.

A los chivatos les suelen pasar cosas desagradables en las duchas, o se caen por las escaleras del Módulo 4 de mala manera.

Un chaval tan joven como tú tiene que cuidarse.

Nos vamos a ver mucho por aquí, Christian. Que tengas un buen día.

​El padre de Javi se dio la vuelta y se alejó paseando hacia el grupo de presos de ultraderecha que le esperaban junto a las canastas de baloncesto. Uno de ellos, un tipo rapado con el cuello tatuado miró a Christian y le hizo el gesto de cortarle el cuello con el dedo.

​Christian se desplomó contra la pared de la cabina, deslizándose hasta el suelo, con las manos en la cabeza. El lobo no solo estaba en su jaula; ya le había enseñado los dientes.

​Mientras tanto, en el piso de Angustias, el ambiente era de pánico absoluto. La abuela colgó el teléfono fijo con un golpe seco.

​—Se ha cortado —dijo Angustias, mirando a Carmen y a su nuera con el rostro desencajado—. Ese pobre chaval está en el corredor de la muerte ahí dentro. El monstruo ya lo ha acorralado.

​—¡Tenemos que ir a la policía ya! —exclamó la madre de Carlos, levantándose de la silla—. Cogemos el anillo, se lo plantamos a Manuel en la mesa y que saquen a Christian de ese módulo hoy mismo.

​—¡No podemos ir con las manos vacías ni con prisas!

—la frenó Angustias, recuperando el mando con un puñetazo en la mesa camilla—.

Si vamos con la historia de que apareció en el sofá de Carmen, Manuel tardará tres días en mandar el anillo al laboratorio para el ADN.

Y en tres días, a ese chaval me lo devuelven en una caja de pino.

Hay que acelerar el plan. Carlos tiene que hablar con el abogado del colombiano esta misma tarde.

Las tres jinetes del Apocalipsis vamos a tener que inventar el milagro del anillo mañana por la mañana, o tendremos otra muerte sobre nuestras conciencias.

​La cuenta atrás había comenzado, y el tic-tac del reloj de la cocina de Angustias sonaba más amenazante que nunca.