Donde la luz no entra Capítulo 19 El dilema del brillante y el arte de la estrategia
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Capítulo 19 El dilema del brillante y el arte de la estrategia

​La mesa camilla de Angustias volvía a ser el centro del universo.

En mitad del mantel de ganchillo, brillando bajo la luz de la lámpara como un meteorito peligroso, descansaba la alianza de oro macizo.

Las tres jinetes del Apocalipsis y Carlos la miraban fijamente, como si el anillo pudiera estallar en cualquier momento.

​—A ver, comando —arrancó Angustias, cruzándose de brazos—.

Tenemos el cuerpo del delito, la prueba del algodón, el mismísimo anillo de Saturno que demuestra que el monstruo estuvo en ese baño.

Pero ahora tenemos un problema del tamaño de la catedral de la Almudena: ¿Cómo le plantamos esto a la policía sin que parezca que hemos jugado a ser Robin Hood en Lavapiés?

​—Ese no es el mayor problema, abuela —intervino Carlos, que caminaba por el salón arrastrándose el pelo engominado—.

El problema es legal y es de vida o muerte.

Si le llevamos este anillo a mi padre y le decimos que pertenecía al marido de Carmen, el fiscal va a llamar a declarar a Christian Vargas de inmediato.

Y el padre de Javi, que ahora comparte muros con él en Soto del Real, va a saber en el acto que el colombiano ha cantado.

​Carmen, que se aplicaba una bolsa de guisantes congelados en la mandíbula para rebajar la inflamación de la paliza, sintió cómo se le iba el color del rostro.

​—Carlos tiene razón... —dijo con la voz amortiguada por el frío—.

Mi marido es un psicópata, pero no es tonto.

Si se entera de que el chico colombiano sabe que él disparó a Javi, va a usar todas sus influencias y su dinero dentro de la cárcel para callarle la boca para siempre.

No podemos entregar el anillo si eso significa firmar la sentencia de muerte de Christian.

Ese chaval ya ha sufrido bastante por nuestra culpa.

​La madre de Carlos suspiró, frotándose las sienes.

​—O sea, que tenemos la pista definitiva que demuestra que mi consuegro es el asesino de su propio hijo...

siempre que el colombiano no esté mintiendo para salvar el pellejo, claro...

pero no podemos usarla. Esto es kafkiano.

¿Para qué nos hemos arriesgado a que nos piquen las pulgas en la pensión de Lavapiés?

​—¡Un momento, catafalcos! —exclamó Angustias, dando un manotazo en la mesa que hizo bailar la alianza—.

Aquí nadie se rinde. El comando no ha sobrevivido a un casero rancio y a una tartera de croquetas para ahogarse en la orilla.

Si no podemos decir que el anillo viene de la pensión, nos inventamos el origen.

​—A ver, abuela, miedo me das —dijo Carlos, dándose la vuelta—.

¿Qué estás tramando? —¿Cómo que qué estoy tramando?

—la abuela entornó los ojos con picardía—.

Nosotras no sabemos nada de la pensión. A nosotras nos ha llegado el anillo por "generosidad divina".

Carmen, hija, ¿tu marido no tenía por costumbre perder las cosas?

​—¿Perderlas? Era un desastre —admitió Carmen, frunciendo el ceño—. Siempre se dejaba las llaves en el coche, la cartera en los restaurantes...

​—¡Pues ya está! —improvisó Angustias, viniéndose arriba—.

Decimos que limpiando a fondo el coche de Carmen o moviendo un sofá de su casa, ¡catapúm!

, ha aparecido la alianza milagrosa. Que pensábamos que la había perdido el mes pasado y que, al verla bien, nos ha parecido sospechoso que tuviera una muesca o sangre.

Se la entregamos al inspector Manuel como un "hallazgo casual casero".

Así la policía la tiene en su poder, pueden cotejar el ADN del baño, el caso da un vuelco y el chaval colombiano se queda tan tranquilo en su celda rezándole a la Virgen sin que nadie sospeche de él.

​Carlos miró a su abuela entre la fascinación jurídica y el absoluto pánico procesal.

​—Abuela... eso es falsedad en testimonio y manipulación de hallazgo. Me van a quitar el carnet de abogado antes de que me den el diploma.

​—A ti no te quitan nada porque tú no vas a decir nada, rey —le espetó la madre de Carlos, guiñándole un ojo—.

Esto lo entregamos nosotras. Tres pacíficas mujeres del barrio que, haciendo limpieza general para pasar el luto y la separación, se encuentran una joya entre los cojines.

¿Quién va a desconfiar de una abuela de setenta y muchos años y de una pobre mujer apaleada?

Nos ponen una alfombra roja en la comisaría.

​Carmen, a pesar del dolor de las costillas, no pudo evitar soltar una carcajada limpia. El ingenio de aquellas mujeres era su mejor medicina.

​—Vale, el plan de la limpieza general puede funcionar —concedió Carlos, sentándose a la mesa y dando su brazo a torcer—.

Pero hay que medir los tiempos. No podemos ir mañana mismo.

Mi padre está desbordado procesando al viejo por la paliza que te dio.

Si le llegamos ahora con el anillo, va a olerse que hay gato encerrado.

Hay que esperar a que el agua se calme un poco, que el colombiano esté seguro en la enfermería y que el abogado de oficio haga su trabajo.

​—De acuerdo —asintió Angustias, agarrando la alianza y volviéndosela a meter en el bolsillo de la bata—.

El anillo de bodas se queda bajo la custodia del comando.

Y mientras tanto, Carlos, tú vas a usar esos ojos de universitario despierto para vigilar los movimientos en los juzgados.

Tenemos al lobo metido en la jaula, pero hay que asegurarse de que no encuentre la llave antes de que le pongamos el lazo definitivo.

​Las tres jinetes del Apocalipsis volvieron a cruzar sus miradas, unidas por un secreto que quemaba, pero con la satisfacción de saber que estaban jugando una partida de ajedrez perfecta contra el hombre que creían que había matado a su propio hijo.

Solo faltaba que el destino moviera la siguiente ficha.