Donde la luz no entra Capítulo 18 Las tres jinetes del Apocalipsis al asalto de Lavapiés
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Capítulo 18 Las tres jinetes del Apocalipsis al asalto de Lavapiés

​A pesar de tener tres costillas crujiendo y un aspecto físico que recordaba al de un extra de película de zombis, Carmen se negó en redondo a quedarse en la cama del hospital un minuto más.

Pidió la alta voluntaria bajo su propia responsabilidad.

Argumentó que estar tumbada mirando el techo del Clínico San Carlos la ponía más enferma que las patadas de su marido, pero la realidad era otra: las tres jinetes del Apocalipsis tenían una misión de alto secreto en el corazón de Lavapiés y el comando no dejaba a nadie atrás.

​El cuartel general se había trasladado temporalmente a los asientos del viejo Citroën de Carlos, que conducía conteniendo el aliento por las empinadas y estrechas calles del barrio.

​—A ver, Carmen, hija, no te me muevas mucho que parece que vas a desmontarte por piezas —le decía Angustias desde el asiento del copiloto, mientras revisaba su bolso de charol como quien repasa el arsenal antes de entrar en combate—.

Llevamos de todo: laca para los ojos si se pone tonto el casero, una caja de pastís de caldo por si hay que sobornar a algún perro callejero, y mis mejores dotes de actriz dramática.

Carlos, búscame sitio para aparcar que se nos pasa el arroz.

​—Abuela, en Lavapiés no se aparca, se obra un milagro divino —protestó Carlos, esquivando a un repartidor en patinete—.

Además, os recuerdo que vamos a entrar en una pensión de mala muerte a robar un anillo del forro de un colchón que pertenece a un preso preventivo.

Jurídicamente hablando, esto es allanamiento de morada con nocturnidad y desobediencia civil.

Como nos pille mi padre, me quita la carrera de derecho antes de que la empiece.

​—Tú calla y aparca en el vado, que hoy tu padre bastante tiene con rellenar los papeles del calabozo —sentenció la madre de Carlos desde atrás, ajustándole el cojín a Carmen—. Además, no es robar, es "recuperación patrimonial de una prueba judicial no catalogada". Suena mucho más limpio.

​Finalmente, el coche quedó encajado a caballo entre una acera y un contenedor de reciclaje de vidrio.

Las tres mujeres bajaron del vehículo formando un frente imponente: Angustias lideraba la marcha con sus andares de general de infantería; la madre de Carlos la flanqueaba con una carpeta de cartón para simular que eran inspectoras de sanidad, y Carmen cerraba la formación arrastrando los pies, tapándose el ojo morado con unas gafas de sol gigantes de los años ochenta que Angustias le había prestado.

​La pensión de Christian era un edificio antiguo con un portalón de madera crujiente que olía a fritura milenaria y a humedad.

Al entrar, se toparon de bruces con una pequeña recepción protegida por una mampara de metacrilato mugrienta.

Detrás, un señor con cara de pocos amigos y una camiseta de tirantes cenaba un plato de potaje mientras miraba la televisión a todo volumen.

​Angustias dio un golpe seco con los nudillos en el mostrador, haciendo saltar los palillos de dientes.

​—¡Buenas tardes nos dé Dios, caballero! —arrancó la abuela con una sonrisa tan exagerada que daba miedo—. Venimos de la Inspección Técnica de Plagas del Ayuntamiento de Madrid. Delegación de chinches y parásitos del colchón.

​El casero se sacó un trozo de chorizo de los dientes con la uña y las miró de arriba abajo, deteniéndose en Carmen y sus gafas de sol de diva de Benidorm en mitad de un pasillo oscuro.

​—¿Inspección de qué? A mí nadie me ha avisado de nada —gruñó el hombre—. Y esa de las gafas ¿qué le pasa? ¿Viene de incógnito?

​—Es la jefa de zona, tenga usted un respeto —intervino la madre de Carlos, poniéndose las gafas de ver de cerca y abriendo la carpeta vacía con un golpe teatral—.

Ha habido una denuncia anónima por un brote de pulga africana en la habitación del interno...

digo, del inquilino Christian Vargas. Si no nos deja desinfectar el colchón ahora mismo, Sanidad le precinta el negocio y le cae una multa que va a tener que vender la pensión para pagarla.

​Al escuchar la palabra "multa", el casero cambió el color de la cara al instante. Miró la carpeta, miró el porte autoritario de Angustias y tragó saliva.

​—Bueno, bueno, no se pongan así. El chaval ese no está, se lo ha llevado la policía esta mañana, así que hagan lo que tengan que hacer rápido —dijo, lanzándoles un manojo de llaves sobre el mostrador—. Habitación 204. Al fondo a la derecha. Y no me alboroten a los de la 203, que trabajan de noche.

​—Descuide, buen hombre. La ciencia actúa en silencio —concluyó Angustias, atrapando las llaves en el aire con una agilidad pasmosa.

​Subieron las escaleras de madera de dos en dos (bueno, Carmen de una en una y quejándose del pulmón) hasta dar con la puerta de la 204. La habitación de Christian era diminuta: un armario de tela, un póster de la selección colombiana y una cama estrecha con unas sábanas desgastadas.

​—¡Al ataque, jinetes! —ordenó Angustias, lanzándose de cabeza sobre la cama como si fuera una buscadora de tesoros en una película de piratas—. Carlos, quédate en la puerta haciendo el árbol por si viene alguien.

​Las tres mujeres empezaron a manosear el colchón con un frenesí cómico. Angustias le daba puñetazos para notar el metal, la madre de Carlos tiraba de los muelles y Carmen, que no podía agacharse, pasaba el pie por los bordes por si notaba el bulto.

​—¡Ay, que me ha picado algo! —gritó la madre de Carlos, pegando un salto—.

¡Que la pulga africana va a ser verdad! —Calla, exagerada, que eso es un muelle descorchado —le espetó la abuela, metiendo el brazo entero por una raja que había en la esquina inferior izquierda del jergón—.

Esperad... esperad un momento... Aquí hay algo duro. Está envuelto en un calcetín viejo.

​El silencio se apoderó de la habitación.

Angustias tiró con fuerza, sacando el brazo lleno de pelusas del año noventa y dos.

Efectivamente, entre sus dedos traía un calcetín blanco desparejado.

Lo volcó sobre la palma de su mano y, con un tintineo limpio, cayó una alianza de oro macizo.

Era ancha, pesada, de una calidad excepcional, y llevaba una fecha grabada en el interior.

​Carmen se quitó las gafas de sol despacio, con las manos temblándole del esfuerzo. Miró el anillo en la mano de Angustias y el aire se le congeló en la garganta al reconocer la tipografía de la joyería tradicional donde, hacía treinta años, se había comprado su propia condena.

​—Es de él —susurró Carmen, sintiendo una mezcla de triunfo y terror—. Es la alianza de mi marido.

​—¡La tenemos, catafalcos! —exclamó Angustias, metiéndose el anillo en el escote con una sonrisa de oreja a oreja—. Vámonos de aquí antes de que al casero le dé por pedirnos el carnet del Ayuntamiento. Carmen, ponte las gafas de estrella de cine. ¡Comando, retirada!

​Salieron de la pensión a paso ligero, dejando al casero todavía digiriendo el potaje y convencido de que Madrid tenía el servicio de desinsectación más raro de la historia.

Al subir al coche, Carlos arrancó a toda prisa, mientras las tres jinetes del Apocalipsis chocaban los cinco en los asientos traseros, celebrando que el primer golpe al monstruo ya estaba dado y bien guardado en el sujetador de la abuela.