Donde la luz no entra Capítulo 17 El eco de los pasos y el peso del oro
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Capítulo 17 El eco de los pasos y el peso del oro

​Las máquinas del Hospital Clínico San Carlos emitían un pitido rítmico y monótono que amortiguaba el silencio de la habitación de reanimación.

Carmen abrió los ojos despacio, parpadeando con dificultad ante la intensa luz fluorescente.

Tenía la cara hinchada, un vendaje aparatoso rodeándole la cabeza y una vía conectada al brazo que le suministraba los calmantes para el insufrible dolor de las costillas rotas.

​A pie de cama, como tres guardianes incansables, estaban Angustias, Carlos y su madre. Al ver que Carmen reaccionaba, la madre de Carlos se inclinó de inmediato y le acarició la mano con infinita ternura.

​—Tranquila, Carmen, ya pasó todo. Estás a salvo —le susurró con voz suave.

​Carmen intentó hablar, pero la boca le sabía a sangre y a metal. Con un hilo de voz, miró a Angustias.

​—Él me encontró—

Y ya ha pagado por ello, mi alma —la interrumpió Angustias, con una mirada de acero que delataba que no había dormido en toda la noche—.

Tu marido está en el calabozo. El inspector Manuel y sus muchachos le cayeron encima en mitad de uno de sus nidos de ratas.

No va a volver a tocarte un solo pelo, te lo juro por la memoria de mi Javi.

​Un par de lágrimas resbalaron por las sienes de Carmen, mezclándose con el sudor de la fiebre.

​—Tenemos que ser rápidas, Carmen —añadió Carlos en voz baja, asegurándose de que nadie escuchaba desde el pasillo del hospital—.

El colombiano nos dio la pista definitiva en el locutorio.

El asesino llevaba una alianza de oro macizo en el baño y Christian la tiene escondida en el forro de su colchón, en la pensión de Lavapiés.

Tenemos que ir a por ella antes de que la policía registre el piso o el casero tire sus cosas.

Tienes que ponerte buena, porque esa alianza va a ser la que hunda al verdadero culpable de todo esto.

​Carmen miró al techo de la habitación, apretando la mano de la madre de Carlos. El dolor físico era inmenso, pero el deseo de hacer justicia por su hijo fallecido le inyectó una fuerza renovada. Asintió con la cabeza, asimilando que la verdadera batalla del comando acababa de empezar.

​Mientras tanto, en los juzgados de la calle Albarracín, el ambiente para el padre de Javi era radicalmente distinto al que estaba acostumbrado. Atrás habían quedado sus discursos soberbios y su séquito de palmeros. Vestía la

misma camisa azul de la noche anterior, ahora arrugada y sucia, y sus muñecas seguían unidas por los grilletes.

​La Magistrada del Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 4 lo miraba desde el estrado con una severidad gélida, repasando el informe médico de Carmen y las fotografías de la agresión.

​—Señoría, esto es una denuncia falsa, una maniobra de mi esposa influenciada por sectores extremistas para destruir mi reputación —intentó alegar el padre de Javi, modulando su voz ronca con una altanería desesperada—.

Yo soy un ciudadano ejemplar, un empresario respetable.

No hay riesgo de fuga ni destrucción de pruebas. Exijo la libertad provisional.

​La jueza ni siquiera le miró a los ojos al responder. Dio un golpe con el bolígrafo sobre la mesa que sonó como un disparo.

​—Señor De la Vega, los informes policiales detallan que fue usted sorprendido en flagrante delito, y el parte médico de su esposa describe lesiones compatibles con un intento de homicidio.

Dada la extrema gravedad de los hechos, el evidente riesgo para la vida de la víctima y su posición de influencia, decreto la prisión provisional comunicada y sin fianza.

​El mazo de la justicia cayó con fuerza.

El padre de Javi sintió un jarro de agua fría recorrerle la espalda.

Dos Policías Nacionales lo levantaron bruscamente de la silla.

Su fachada de intocable se había desintegrado.

El destino estaba sellado: el furgón de la Guardia Civil lo trasladaría esa misma tarde al Centro Penitenciario de Madrid VII, en Soto del Real.

El mismo penal donde se pudría el chaval al que él había intentado incriminar.

​El ingreso en prisión fue un proceso humillante para el líder radical.

Le quitaron el cinturón, los cordones de los zapatos, el reloj y la dignidad.

Tras pasar el pertinente examen médico y psicológico en el módulo de ingresos, el jefe de servicios ordenó trasladarlo al Módulo 4, el de presos preventivos primarios de perfil bajo.

​A las cinco de la tarde, las pesadas puertas de hierro del Módulo 4 se abrieron con un estruendo electrónico.

El padre de Javi entró con paso vacilante, cargando con el petate que contenía sus sábanas y su manta reglamentaria.

El patio del módulo estaba lleno de internos que paseaban, fumaban o jugaban a las cartas en las mesas de cemento.

​En una de esas mesas, arrinconado y tratando de pasar desapercibido, estaba Christian Vargas. El chaval colombiano conversaba en voz baja con otro interno cuando, por puro instinto, levantó la mirada hacia la esclusa de entrada.

​El mundo se detuvo para Christian. La sangre se le congeló en las venas y el corazón empezó a golpearle el pecho como un animal enjaulado.

​Allí, a menos de veinte metros, cruzando el patio con los brazos cruzados y la mirada torva, estaba él.

El hombre del traje oscuro del baño del bar.

El cliente que había sacado la pistola de la nada.

El hombre que había apretado el gatillo y había asesinado a Javi a quemarropa antes de dejarle a él morir de miedo en el suelo.

Aunque ahora no llevaba su traje elegante, su envergadura, su bigote rígido y esos ojos cargados de una prepotencia despiadada eran inconfundibles.

​Christian empezó a temblar de forma descontrolada. El aire se le escapó de los pulmones y el suelo pareció desvanecerse bajo sus pies. Un sudor frío e instantáneo le empapó la frente.

​—Eh, chaval, ¿qué te pasa? Estás blanco como un fantasma —le dijo su compañero de mesa, asustado al ver el estado del colombiano.

​Christian no podía articular palabra. El pánico le atenazaba la garganta. Su mente revivió en un segundo el estruendo del disparo, el cuerpo de Javi cayendo sobre los azulejos y la mirada fija de aquel monstruo. Verlo allí dentro, compartiendo el mismo aire,

significaba que estaba muerto. Pensó que el hombre se daría cuenta de que él tenía la alianza, de que sabía su secreto, y que le degollaría en cualquier rincón del patio durante el cambio de guardia.

—¡Respira, joder, respira! —gritó el otro preso, levantándose y haciendo señas a los guardias del patio al ver que Christian caía de rodillas, hiperventilando y llevándose las manos al pecho, completamente colapsado por un ataque de ansiedad masivo.

​Dos funcionarios corrieron hacia la mesa, apartando a los internos que empezaban a arremolinarse.

Al escuchar el jaleo, el padre de Javi giró la cabeza con desprecio absoluto hacia el tumulto, sin percatarse todavía, debido a la distancia, de que el chico que se retorcía en el suelo era el único testigo.

​—¡Abran paso! ¡Es un ataque al corazón o una crisis de ansiedad! —bramó uno de los guardias, agarrando a Christian por debajo de las axilas—. ¡Llevadlo a la enfermería de guardia, rápido!

​Entre dos funcionarios arrastraron el cuerpo semiinconsciente de Christian hacia el pasillo interior, con los talones del chaval rozando el hormigón del patio mientras el colombiano seguía sumido en el peor de los terrores.

La fiera y la presa compartían ahora el mismo territorio, y el teléfono que Angustias había dejado apuntado en el cristal blindado estaba a punto de convertirse en la única línea de vida del muchacho.