Donde la luz no entra Capítulo 16 Algoritmos de rabia y la caída del tótem
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Capítulo 16 Algoritmos de rabia y la caída del tótem

​La sede del grupo radical permanecía oculta en la planta baja de un almacén industrial abandonado a las afueras de Madrid.

El ambiente estaba cargado de humo de tabaco, olor a sudor y una agresividad latente que se respiraba en las paredes, decoradas con banderas de simbología prohibida y carteles propagandísticos.

Alrededor de una larga mesa de madera, una docena de reclutadores escuchaban con atención devota.

​Al fondo de la sala, el padre de Javi presidía la reunión.

A pesar de haber dejado a su mujer al borde de la muerte unas horas antes, lucía una frialdad espeluznante.

Su camisa azul estaba perfectamente planchada y su bigote, recortado al milímetro.

Para él, la paliza a Carmen era un mero "daño colateral" resuelto; lo importante era el futuro de la organización.

​—Escuchadme bien todos —dijo el padre de Javi, apoyando sus fuertes manos sobre la mesa y barriendo la sala con su mirada de acero—.

Los tiempos de salir a la calle a buscar pelea con cualquiera ya no funcionan para hacer crecer el movimiento.

Ahora la verdadera guerra de captación se libra en las pantallas.

Es ahí donde los cachorros están indefensos y es ahí donde tenemos que cazarlos.

​El líder caminó hacia una pizarra digital donde se mostraban esquemas de foros, redes sociales y plataformas de juego online. Con la seguridad de un depredador que conoce su terreno, comenzó a desgranar las técnicas de radicalización digital.

​—Buscamos el algoritmo —explicó, con una sonrisa cínica—.

Nuestros informáticos crean perfiles falsos en plataformas de videojuegos y canales de streaming donde se concentran chavales de catorce a dieciocho años.

¿A quiénes elegimos? A los marginados. Al chaval que sufre acoso escolar, al que no tiene amigos, al que está frustrado porque sus padres no le prestan atención o porque no encuentra su sitio en el mundo.

Son mentes blandas, vacías, deseando pertenecer a un grupo que les haga sentir importantes.

​Los reclutadores más jóvenes asentían, tomando notas en sus teléfonos.

​—Primero no les hablamos de política ni de patria —continuó el padre de Javi, modulando su voz ronca—.

Eso los asustaría. Empezamos bombardeándolos con humor.

Memes. Chistes aparentemente inocentes en redes sociales que normalizan el racismo, la homofobia y el desprecio al diferente bajo la excusa de la "libertad de expresión".

El humor negro baja sus defensas. Cuando el chaval empieza a compartir esos memes, el algoritmo de internet hace el resto del trabajo por nosotros, recomendándole contenido cada vez más oscuro y violento.

​Dio un golpe seco en la pizarra, enfatizando sus palabras.

​—Ahí es cuando entramos a saco en los chats privados.

Les damos una identidad, les hacemos creer que son guerreros, que la sociedad los ha marginado pero que nosotros somos su verdadera familia.

Les alimentamos la rabia para culpar a las minorías de todos sus fracasos personales.

En seis meses, ese chaval que solo entraba a internet a jugar a la consola está listo para ponerse las botas militares, coger una cadena y salir a reventar un bar en Chueca si se lo ordenamos.

Internet es nuestra mejor incubadora de soldados.

​El discurso del padre de Javi fue interrumpido por un sonoro aplauso de los fanáticos. Se sentía un dios, un estratega intocable que controlaba los hilos de la juventud madrileña desde las sombras mientras ocultaba sus propias miserias. Pero la impunidad tiene fecha de caducidad.

​De repente, un estruendo ensordecedor hizo temblar los cimientos del almacén.

La puerta principal de metal fue derribada de un impacto limpio.

Antes de que ninguno de los neonazis pudiera reaccionar, el espacio se inundó de luces cegadoras, humo y el grito atronador de varias gargantas uniformadas.

​—¡POLICÍA! ¡TODO EL MUNDO AL SUELO! ¡MANOS DONDE LAS VEA! —bramaron los agentes de la Unidad de Intervención, apuntando con sus armas largas a los presentes.

​El caos se apoderó de la sala. Varios radicales intentaron huir por las ventanas traseras, pero fueron reducidos violentamente contra el suelo por los policías de paisano que cubrían las salidas.

El padre de Javi, pálido como la cera, se quedó estático junto a la pizarra, viendo cómo su imperio de naipes se desmoronaba en segundos.

​De entre el humo y el desorden emergió la figura firme del inspector Manuel. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos de su gabardina y la placa bien visible en el pecho. Sus ojos fijos en el padre de Javi destilaban un desprecio absoluto.

​—Vaya, vaya... El gran salvador de los valores tradicionales —dijo Manuel con ironía, deteniéndose a un metro de él—. Se acabó el mitin, Antonio.

​—¿Qué significa este atropello, inspector? —intentó defenderse el padre de Javi, tratando de recuperar su tono autoritario—. Usted no sabe con quién está hablando. Un telefonazo a mis abogados y su carrera policial se va directamente a la basura. No tienen ninguna orden para entrar aquí.

​Manuel soltó una carcajada seca, sacando un papel doblado del bolsillo interior y desplegándolo ante la cara del líder radical.

​—Esta orden la firma un juez de guardia por un delito flagrante de violencia de género con tentativa de homicidio.

Has dejado a tu mujer ingresada en la UVI del Clínico con el pulmón perforado y el cráneo roto, pedazo de cobarde —le espetó Manuel, perdiendo por un instante la compostura y acercándose tanto que sus respiraciones se cruzaban—.

Pensaste que por ser quién eres nadie te iba a tocar, pero Carmen firmó la denuncia ayer por la mañana.

Te hemos estado siguiendo desde que salió de la farmacia.

​Dos Policías Nacionales se colocaron a los lados del padre de Javi. Uno de ellos le agarró los brazos con brusquedad, forzándolo a girarse, y le hundió las esposas de acero en las muñecas con un chasquido seco que resonó en todo el almacén.

​—Antonio de la Vega, queda usted detenido por un presunto delito de lesiones graves y tentativa de homicidio en el ámbito familiar —recitó el agente mientras le empujaba hacia la salida.

​Al salir a la calle, el aire de la noche madrileña golpeó el rostro del padre de Javi.

Los flashes de las cámaras de los periodistas locales, que ya habían sido avisados, iluminaron la escena, retratando al poderoso líder de la ultraderecha con la cabeza agachada, esposado y subiendo a la parte trasera de un furgón policial.

​Manuel se quedó observando cómo el vehículo se alejaba con las sirenas encendidas en dirección a las dependencias policiales, donde pasaría la noche en el calabozo antes de ser puesto a disposición judicial.

La fachada se había roto por completo. El monstruo ya estaba entre rejas, y el destino, con su ironía habitual, estaba a punto de encerrarlo en el mismo infierno que el chaval colombiano al que pretendía culpar.