Donde la luz no entra Capítulo 15B El radar de la calle (Christian)
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Capítulo 15B El radar de la calle (Christian)

​Apoyado contra la pared de cemento, con la capucha de la sudadera subida, Christian no miraba a la nada.

Observaba. A diez metros, dos internos discutían en voz baja junto a las canastas.

Cualquiera diría que era una simple riña por un cigarro, pero el "radar" de Christian pitaba con fuerza.

Se fijó en los detalles: el interno más alto había dejado de parpadear, su peso estaba apoyado sobre la pierna derecha para coger impulso y su mano izquierda se había escondido ligeramente en el bolsillo del chándal.

​ Va a sacar un pincho , pensó Christian.

​Sin dudarlo, se despegó de la pared y caminó hacia el extremo opuesto del patio, metiéndose en medio de un grupo de presos mayores que jugaban a las cartas.

Tres segundos después, un grito ahogado reventó la calma del módulo.

Los funcionarios empezaron a correr haciendo sonar los silbatos mientras el interno alto apuñalaba al otro.

​Christian ni se inmutó. No era adivino, simplemente sabía leer la violencia. Lo había hecho en las calles de su país y lo estaba haciendo allí.

​Mientras los guardias despejaban el patio, un preso veterano, el que repartía el correo y los libros, se apoyó en la mesa de las cartas mirando a Christian con los ojos entornados.

​—Te has quitado de en medio justo a tiempo, colombiano —le dijo el viejo con voz ronca—. Tienes buen ojo. Sabías lo que iba a pasar antes de que el cabestro ese sacara el hierro.

​—Solo hay que fijarse en cómo respiran —respondió Christian, con la vista clavada en el charco de sangre que quedaba en el suelo—. La gente miente con la boca, pero el cuerpo siempre te avisa de lo que van a hacer.

​El viejo soltó una risa seca, sacó un libro manoseado del carrito que arrastraba y se lo tiró a Christian sobre las piernas.

​—Toma. Léete esto en la celda. Tú te crees que eres un ratero con suerte, chaval, pero lo que haces tiene un nombre para los de fuera.

​Christian cogió el libro. Era un manual viejo de  Psicología Criminal y Perfilación . Lo miró con extrañeza, pero al rozar la portada, su mente viajó inevitablemente al lavabo de Chueca.

​Empezó a aplicar su "radar" a los recuerdos de aquella noche.

El hombre del traje no era un asesino frío.

Christian recordó cómo le temblaba el pulso, cómo sudaba, la forma errática en que guardó la pistola y cómo metió la pistola en la chaqueta por puro pánico.

Actuó como un animal acorralado tratando de proteger su territorio, no como un profesional. Lo leyó perfectamente.

​Apretó el libro contra el pecho. De repente, todo cobró sentido.

Ese instinto que le había mantenido vivo, esa capacidad para desnudar las verdades ocultas en los gestos de los monstruos no era solo una herramienta de supervivencia.

Era un arma. Y si lograba salir de aquel infierno, pensaba afilarla hasta que ningún criminal de traje y corbata pudiera volver a esconderse de él.