Donde la luz no entra Capítulo 15 La jauría herida
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Capítulo 15 La jauría herida

​La cocina de Angustias olía a café recién hecho y a tostadas, un olor reconfortante que contrastaba con la pesadez que se respiraba en el ambiente.

Carmen estaba sentada a la mesa, vistiendo una bata prestada que le quedaba un poco grande.

La luz de la mañana madrileña entraba por la ventana, incidiendo directamente sobre su rostro y haciendo relucir los tonos amarillentos y verdosos que el hematoma de su ojo izquierdo empezaba a tomar.

​Frente a ella, la madre de Carlos servía el café en silencio. Aunque ya sabía lo que ocurría, ver a Carmen allí, refugiada en su casa, con el cuerpo quebrado y la mirada perdida, le encogía el alma. Angustias entró en la cocina arrastrando las zapatillas, con semblante serio.

​—Carmen, mírame —dijo la madre de Carlos, sentándose a su lado y tomándole las manos con suavidad—.

Anoche apenas pudiste hablar del susto de la cárcel, pero hoy hay que poner las cartas sobre la mesa.

No puedes pasarte la vida escondida en los dormitorios de tus amigas.

Ese hombre no va a parar. Ayer te dio un puñetazo, pero ahora que sabe que te has ido, su orgullo de macho está herido.

Tienes que ir a comisaría. Tienes que denunciarle y pedir la separación inmediata.

—Tiene razón mi nuera, hija —secundó Angustias, apoyándose en la encimera—.

El miedo es un carcelero muy malo. Si no le pones un papel oficial delante, ese monstruo va a pensar que sigues siendo de su propiedad. Hay que cortarle las alas por lo legal.

​Carmen bajó la mirada, las lágrimas resbalando por sus mejillas.

​—Es tan difícil... —susurró, con la voz rota—.

Son treinta años de matrimonio. Treinta años convenciéndome de que la culpa era mía por no saber callar a tiempo.

Si pido la separación, si le denuncio por maltrato, se desatará el infierno.

Él tiene poder, dinero, contactos en la judicatura... Me va a destrozar la vida.

​—La vida ya te la ha destrozado él —le espetó la madre de Carlos con una firmeza que hizo que Carmen levantara la cabeza—.

Te quitó la paz, te arrebató la dignidad y ahora pretende quitarte la salud.

No estás sola, Carmen. Tienes al inspector Manuel, nos tienes a nosotras, tienes a Carlos.

Vamos a ir ahora mismo a tramitar esa denuncia.

Que un juez le dicte una orden de alejamiento y que sepa que, si se acerca a ti a menos de quinientos metros, duerme en el calabozo.

​El arrope de aquellas mujeres terminó por romper la última barrera de resistencia de Carmen.

Tras secarse las lágrimas, asintió con una determinación que no sabía que poseía.

Una hora después, acompañada por la madre de Carlos, se personó en el Juzgado de violencia sobre la mujer para interponer formalmente la denuncia por malos tratos continuados y la solicitud de separación contenciosa, exigiendo medidas cautelares de protección.

Al firmar aquellos papeles, Carmen sintió que se quitaba una losa de encima. Por fin era libre. O eso creía ella.

​El problema de los monstruos es que no aceptan que sus víctimas dejen de serlo.

Cuando la notificación judicial llegó a manos del padre de Javi en su despacho del barrio de Salamanca, la furia ciega se apoderó de él.

Que su mujer, la sombra sumisa que había aguantado sus desprecios durante tres décadas, se hubiera atrevido a denunciarle y a poner en jaque su intachable reputación social era algo que su mente narcisista no podía tolerar.

​El ataque ocurrió a última hora de la tarde.

Carmen había salido a comprar unas medicinas a una farmacia cercana a la vivienda de Angustias.

Caminaba rápido, con la cabeza baja y el corazón latiendo a mil por hora, atenta a cada ruido.

La calle, una vía secundaria y residencial, empezaba a quedarse desierta a medida que caía la noche.

​De repente, un frenazo brusco rompió el silencio del callejón.

Un coche oscuro se detuvo junto a la acera.

Antes de que Carmen pudiera reaccionar, la portezuela se abrió y la figura imponente de su marido emergió de la penumbra.

Tenía los ojos inyectados en sangre y las venas del cuello hinchadas por la rabia.

​—¿Te creías muy lista, puta? —rugió él, agarrándola del pelo con una fuerza salvaje que la hizo caer de rodillas sobre el cemento—. ¿Qué coño te has creído denunciándome a mí? ¿A mí? ¡Te voy a enseñar lo que le pasa a las zorras que intentan hundir mi nombre!

​Carmen intentó gritar, pero el primer golpe, un puñetazo seco en la mandíbula, le apagó la voz.

Lo que siguió fue una demostración de brutalidad inhumana.

El hombre, completamente fuera de sí, ciego de ira, comenzó a propinarle patadas en el estómago y en los costados mientras ella permanecía ovillada en el suelo, protegiéndose la cabeza con los brazos.

​—¡No eres nadie sin mí! ¡Nadie! —bramaba él, descargando toda la frustración de su doble vida oculta y su rabia reprimida sobre el cuerpo indefenso de su esposa—. ¡Si tengo que matarte para que te calles la boca, te mato aquí mismo!

​El asfalto frío se tiñó de rojo rápidamente.

Carmen sentía que las costillas se le rompían con cada impacto, el aire le faltaba en los pulmones y la vista se le empezó a nublar.

Justo cuando estaba a punto de perder el conocimiento, el eco de unos pasos apresurados y los gritos de un vecino que salía de un portal espantaron al agresor.

El padre de Javi le propinó una última patada de desprecio en el rostro, se subió al coche y aceleró a fondo, dejando a su mujer abandonada en un charco de sangre.

​Media hora más tarde, las sirenas de la ambulancia rasgaban la noche madrileña en dirección al Hospital Clínico San Carlos. En la sala de espera de urgencias, Carlos, su madre y Angustias aguardaban devorados por los

nervios y la culpabilidad. Carlos caminaba de un lado a otro, con los puños tan apretados que le sangraban las palmas.

​El médico de guardia salió finalmente por las puertas de doble hoja, con el uniforme quirúrgico arrugado y una expresión de absoluta gravedad en el rostro.

​—¿Familiares de Carmen? —preguntó. Los tres se acercaron de golpe—.

El pronóstico es muy reservado. Ha ingresado con un traumatismo craneoencefálico severo, tres costillas rotas —una de las cuales ha perforado ligeramente el pulmón— y múltiples contusiones internas.

Hemos logrado estabilizarla, pero las próximas veinticuatro horas son críticas.

Ha sido una auténtica carnicería. Quien le ha hecho esto quería asegurarse de que no volviera a hablar.

​Angustias se derrumbó en el hombro de su nuera, llorando amargamente, mientras Carlos golpeaba la pared del hospital. La guerra ya no era solo por descubrir quién había matado a Javi; ahora era una lucha a vida o muerte contra el monstruo que seguía suelto por las calles de Madrid.