Donde la luz no entra Capítulo 14 Confesiones tras el cristal y dudas de uniforme
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Capítulo 14 Confesiones tras el cristal y dudas de uniforme

​El ambiente en los locutorios de la prisión de Soto del Real era de un gris deprimente.

Una hilera de cabinas separadas por cristales blindados y comunicadas mediante unos anticuados telefonillos de plástico rígido conformaba el escenario.

El olor a desinfectante industrial y a sudor frío inundaba todo, filtrándose por las rendijas de un sistema de ventilación que zumbaba como un insecto atrapado.

​Sor Angustias y Sor Carmen se sentaron al otro lado de la mampara de la cabina número tres.

Carlos, tratando de mantener la compostura con su traje gris y su carpeta vacía bajo el brazo, se quedó de pie justo detrás, vigilando de reojo el pasillo por donde los funcionarios paseaban con paso pesado y las llaves tintineando en sus cinturones.

​La puerta metálica del lado de los internos se abrió y apareció Christian Vargas.

Llevaba el chándal gris reglamentario de la prisión, el pelo alborotado y unas ojeras profundas que delataban noches enteras sin pegar ojo.

Al ver a dos monjas y a un joven trajeado al otro lado del cristal, se quedó paralizado por la confusión.

Se sentó despacio y descolgó el auricular, con una desconfianza infinita en la mirada.

​Angustias pegó el teléfono a su oreja con decisión.

​—Buenos días, hijo. No te asustes. Dios aprieta, pero no ahoga —dijo la anciana, intentando suavizar la voz para no levantar sospechas entre los guardias—. No venimos a juzgarte. Venimos de parte de la gente que quería a Javi.

​Christian dio un respingo al escuchar el nombre de la víctima.

Miró con atención a través del cristal y, a pesar del velo que le cubría la cabeza, reconoció de inmediato las facciones de Carmen aun con el llamativo hematoma morado que empañaba su ojo izquierdo, que había visto en la fotografía de El País

​—¿Usted... usted es la madre de Javi? —preguntó Christian con la voz quebrada.

— Carmen asintió con los ojos empañados en lágrimas, cogiendo el segundo auricular que colgaba de la pared—.

Señora, por lo que más quiera en este mundo, Yo no maté a su hijo.

Javi era un chico maravilloso, el único que me trataba como a un ser humano en ese bar. Jamás le habría hecho daño.

​—Cuéntanos qué pasó en ese baño, Christian —le pidió Angustias en un susurro firme—. Al juez le diste una versión muy vaga, pero a nosotras tienes que decirnos la verdad entera si quieres que te ayudemos.

​El joven colombiano miró a ambos lados, tragó saliva y se inclinó hacia el cristal.

​—Al juez no le conté todo por miedo, señora...

por miedo a que me sumaran más años de cárcel por robo.

En mi país, si te acusan de asesinato y encima de robarle a un muerto, no sales vivo.

Pero la verdad es que yo no disparé. Estaba dentro del cubículo con ese cliente maduro, el señor rico del que les hablé.

Se había quitado la americana y se estaba desabrochando la camisa cuando Javi empezó a empujar la puerta desde fuera.

El cliente se volvió loco de remate, como si le fuera la vida en que nadie le viera allí dentro.

Sacó una pistola del bolsillo de la chaqueta.

Hubo un forcejeo horrible entre los dos porque yo intenté pararle, sonó el disparo y Javi cayó al suelo.

​Carmen soltó un sollozo ahogado, apretando el auricular contra su oreja.

​—¿Y por qué no describiste mejor a ese hombre ante la policía? —preguntó Carlos desde atrás, asomándose al teléfono de su abuela.

​—Porque todo pasó a oscuras y el pánico me nubló la mente.

Pero hay algo más... —Christian bajó aún más la voz, pegando los labios al plástico—.

Justo después del tiro, el asesino se quedó en shock unos segundos, mirando el cuerpo.

Yo estaba en el suelo, temblando. Por puro instinto de supervivencia, mientras él guardaba el arma en la chaqueta, estiré la mano y le metí los dedos en el bolsillo donde había guardado su arma en realidad buscando su cartera para tener algo con lo que chantajearle si me acusaba a mí.

No encontré la cartera, pero saqué un objeto que él se había quitado minutos antes para estar conmigo.

​—¿Qué objeto, Christian? —inquirió Angustias, conteniendo el aliento.

​—Un anillo de bodas. Una alianza de oro macizo, muy pesada, de las antiguas. La escondí en mi puño y salí corriendo de allí antes de que el hombre reaccionara. No se lo dije a la policía porque habrían dicho que entré al baño a robar y que maté a Javi para quitarle las cosas. Ese anillo lo

tengo escondido en mi habitación, en la pensión de Lavapiés donde vivía.

Está metido dentro del forro del colchón, en una esquina rajada.

Tienen que sacarlo de allí antes de que la policía haga un registro a fondo, por favor.

Si encuentran ese anillo, sabrán quién es el verdadero dueño y quién disparó.

​Angustias miró a Carlos y a Carmen. La pista era monumental. Un anillo de bodas escondido en un colchón de Lavapiés.

​—Entendido, hijo. Comeos las croquetas que os hemos dejado en la entrada y ten fe —concluyó la abuela.

​Justo antes de colgar el auricular, Angustias sacó de entre las mangas del hábito un trozo de papel arrugado y lo pegó contra el cristal blindado. Llevaba escrito a bolígrafo y en números muy grandes el teléfono de su casa.

​—Pídele a tu abogado de oficio que te deje hacer una llamada o usa los teléfonos del patio en cuanto puedas, Christian —le siseó la anciana con urgencia, asegurándose de que el chaval se memorizaba los dígitos—.

Si recuerdas cualquier otro detalle del anillo, de la voz de ese hombre o si notas que corres peligro ahí dentro, nos llamas a este número a la hora que sea. ¿Te ha quedado claro?

​Christian asintió con la cabeza rápidamente, tragando saliva mientras repetía los números mentalmente, justo cuando un funcionario golpeaba el cristal indicando que el tiempo había terminado y le ordenaba levantarse.

​Mientras el "comando abuela" abandonaba Soto del Real con el corazón a mil por hora y una misión en camino, la situación en la comisaría del centro de Madrid empezaba a dar un vuelco.

​El inspector Manuel pasaba la tarde en su despacho, rodeado de carpetas y tazas de café frío. A pesar de que la Jefatura presionaba para cerrar el sumario y colgarle la medalla por haber atrapado al sospechoso colombiano, algo en el estómago de Manuel no le dejaba dormir en paz.

​Esa misma mañana, el inspector había ordenado citar a varios testigos del barrio de Chueca y del entorno de Lavapiés donde Christian Vargas solía moverse.

No eran interrogatorios formales, sino entrevistas vecinales para trazar el perfil del acusado.

Manuel esperaba encontrar testimonios que retrataran a un joven violento o desesperado por dinero, pero la realidad de los ciudadanos de Madrid fue radicalmente distinta.

​La primera en declarar fue la dueña de una mercería cercana al bar de ambiente.

—Mire usted, inspector —decía la mujer, ajustándose el chal—.

Ese muchacho, Christian, le subía las bombonas de butano a las ancianas del bloque sin pedirles un duro.

El mes pasado, cuando le robaron el bolso a la frutera de la esquina, él corrió tres calles hasta recuperar las llaves.

Es un chico extranjero que busca ganarse la vida, pero de ahí a llevar una pistola y pegar un tiro...

vamos, pongo la mano en el fuego por él.

​Después pasó un camarero del local vecino, un hombre curtido en mil batallas nocturnas.

​—Christian no es ningún asesino, jefe. La noche del crimen yo le vi entrar al baño.

Iba normal, tranquilo. Minutos después salió corriendo con una cara de espanto que no se puede fingir.

Tenía los ojos desorbitados, como si hubiera visto al mismísimo demonio.

Si hubiera querido matar a Christian, lo habría hecho fuera, no metiéndose en un cubículo estrecho a sabiendas de que no tenía escapatoria.

La policía se está equivocando por las prisas.

​Uno tras otro, los testimonios de los madrileños coincidían en lo mismo: Christian Vargas era un chaval noble, asustado y totalmente incapaz de cometer un crimen de esa magnitud. El apoyo de la gente del barrio hacia el detenido era unánime y abrumador.

​Manuel se recostó en su silla de cuero, contemplando la pizarra de la investigación.

Las piezas de la versión oficial, que antes parecían encajar a la perfección bajo el peso del ADN, empezaban a mostrar unas grietas alarmantes.

Si todo el mundo coincide en la inocencia de Christian, la hipótesis del "fantasma del baño" —el misterioso cliente adinerado que el colombiano mencionaba— cobraba de pronto una fuerza peligrosa.

​Manuel se frotó las sienes, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre los hombros.

Por primera vez desde que empezó el caso, el inspector tuvo la certeza de que el verdadero asesino seguía caminando libremente por las calles de Madrid, protegido por un escudo de mentiras que él, tarde o temprano, tendría que romper.