Donde la luz no entra Capítulo 13 El cónclave de la mesa camilla y una idea luminosa
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Capítulo 13 El cónclave de la mesa camilla y una idea luminosa

​El salón de Angustias se había convertido en un hervidero de conjeturas tras la impactante noche anterior.

Sobre la mesa camilla, las tazas de café humeaban junto al plato de galletas.

El shock de haber descubierto la doble vida del padre de Javi seguía flotando en el aire, pero la prioridad del comando seguía siendo la muerte del muchacho.

​—A ver, pongamos orden —dijo Angustias, dando un golpe con la cuchara en su taza—.

Olvidaos un momento de la hipocresía de ese hombre, que ya ajustaremos cuentas con él.

Lo que nos importa ahora es lo que nos contaron ayer los vecinos en el bar.

Todos dicen que Christian es un pedazo de pan, que ayudaba a los indigentes y que no sería capaz de matar ni a una mosca.

En cambio, tu padre, Carlos, dice que las pruebas de ADN no mienten y que lo tienen acorralado. ¿A quién creemos?

​—Abuela, la policía va a lo fácil —intervino Carlos, cruzado de brazos—.

Tienen un sospechoso que huyó, encuentran sus huellas y caso cerrado.

Pero si todo el barrio jura que ese chaval es inocente, hay algo que no encaja.

Si Christian no apretó el gatillo, significa que el verdadero asesino de Javi sigue suelto por Madrid.

​Carmen se tapó la boca con las manos, con los ojos llenos de lágrimas. El moratón de su rostro, cada vez más violáceo, reflejaba el dolor de su propia realidad, pero su mente estaba fija en su hijo.

​—Si ese chico es inocente, tenemos que saberlo —susurró Carmen, con la voz rota—. Pero la policía ya lo tiene en el calabozo y para ellos no hay más que hablar. ¿Cómo vamos a descubrir la verdad si no podemos hablar con él?

​—Por eso mismo, hija, no nos podemos quedar de brazos cruzados —sentenció Angustias, entornando los ojos con determinación—. Para saber si la policía se está equivocando, necesitamos que el tal Christian nos mire a la cara y nos cuente su versión. Hay que ir a la cárcel a hablar con él.

​—¿A hablar con él? Abuela, que está en prisión preventiva en Soto del Real —la frenó Carlos, abriendo los ojos de par en par—.

Está incomunicado. No es como ir a ver a un enfermo al hospital.

Allí solo entran los abogados o los familiares directos.

Si intentamos colarnos y mi padre se entera, nos mete en la celda de al lado.

​—A mí tu padre no me mete en ningún sitio porque hoy tiene guardia de veinticuatro horas en la comisaría de Centro y está más liado que el moño de una loca —replicó la abuela con un ademán de desdén—.

Además, a la tercera edad no se nos encierra, se nos amonesta.

Aquí el problema es el papeleo. Como ninguna de las aquí presentes se apellida Vargas ni lleva el Código Penal bajo el brazo, hay que echarle ingenio.

¿Cómo entran las personas normales a las cárceles sin ser familiares?

​Los tres se quedaron en silencio unos segundos, pensando, hasta que a Angustias se le iluminó la cara con una sonrisa pícara que a Carlos le dio pánico.

​—¡La iglesia, catafalcos! —exclamó la abuela—.

Pastoral Penitenciaria. Las monjitas entran a las prisiones como Pedro por su casa a llevar consuelo espiritual, biblias y galletas María a los presos.

Tengo una amiga en la parroquia que es voluntaria y sé perfectamente dónde guarda los hábitos de repuesto.

Nos plantamos allí vestidas de siervas del Señor y pedimos ver al reo colombiano para reconducir su alma al buen camino y escuchar qué tiene que decir.

​—¿De monjas? ¡Angustias, por Dios! —dijo Carmen, soltando una carcajada nerviosa en mitad de su drama—. Que yo tengo el ojo morado, van a pensar que vengo de una cruzada.

​—¡Mejor me lo pones! Decimos que te has caído del caballo como San Pablo o que es un milagro —improvisó la abuela, viniéndose arriba—.

Y tú, Carlos, te pones un traje, te engominas ese pelo de moderno, coges una carpeta vacía y haces de nuestro chófer y abogado jesuita en prácticas.

Si nos preguntan, pones cara de entender de leyes y dices que tramitas un recurso de amparo.

​Dos horas después, tras una sesión exprés de camuflaje en el dormitorio, el Citroën de Carlos aparcaba en las inmediaciones de la prisión de Soto del Real.

Del asiento trasero bajaron Sor Angustias y Sor Carmen.

La abuela llevaba el hábito un poco corto, dejando ver los leggins de leopardo por debajo de la túnica, y cargaba con una tartera gigante de acero inoxidable.

​—Abuela... ¿qué lleva esa tartera? —susurró Carlos, sudando frío mientras caminaban hacia el control de acceso de la aduana penitenciaria.

​—Croquetas de cocido, niño. Al chaval le habrán metido en el cuerpo el miedo de Dios, pero el estómago lo tendrá vacío. El amor cristiano entra por la boca y la verdad sale más fácil con la tripa llena. Carmen, baja la mirada y ponte a rezar el rosario para que se te note menos el laicismo.

​Al llegar a la ventanilla, un funcionario con cara de pocas pulgas las miró de arriba abajo.

​—Buenos días, hermano de la seguridad —arrancó Angustias con una voz angelical que su nieto jamás le había escuchado—.

Venimos de la Archidiócesis a ver al nuevo interno, al pobrecito de Christian Vargas.

Nos han dicho que está muy descarriado y queremos darle el sacramento de la penitencia...

y unas croquetitas hechas con todo el amor de la fe.

​El funcionario miró la tartera, miró el moratón de Carmen (que bajo el velo monacal parecía una herida de martirio digna de santa) y luego se fijó en Carlos, que sosteniendo su carpeta vacía temblaba como un flan.

​—¿Andan cortos de personal en el convento o qué? ¿Y el de la corbata quién es? —preguntó el guarda, desconfiado.

​—Mi secretario judicial —soltó Angustias sin pestañear, dándole un pisotón discreto a su nieto—. El muchacho es mudo, el pobre, pero apunta las confesiones que da gusto. ¿Nos abre la valla, hijo? Que se nos enfría el condumio y Dios no perdona el desperdicio.

​El funcionario, aburrido y sin ganas de discutir con dos ancianas vestidas de santo, resopló y firmó el pase de visitantes religiosos.

​—La tartera pasa por el escáner. Nada de teléfonos. Tienen quince minutos en el locutorio tres —gruñó, pulsando el botón que liberaba el cierre magnético.

​Cuando el pestillo electrónico sonó, Carlos casi se desmaya del alivio.

Lo habían conseguido. El "comando abuela" se había infiltrado en una prisión del Estado bajo las narices de la ley.

Ahora venía lo de verdad: conseguir que Christian les contara de una vez por todas qué pasó realmente en esa lava