Capítulo 12 Fachadas de humo y espejos rotos
En la fría y aséptica sala de vistas de los juzgados de Plaza de Castilla, el ambiente se podía cortar con un cuchillo.
Christian Vargas, el joven colombiano, comparecía esposado ante el juez de instrucción.
El inspector Manuel observaba la escena desde la última fila de bancos, con los brazos cruzados y la mirada fija en el detenido.
—Señor Vargas —pronunció el juez, ojeando el sumario—, las pruebas biológicas le sitúan dentro del cubículo exacto donde la víctima recibió el disparo. Su situación es extremadamente grave. Le sugiero que coopere y aclare de una vez quién apretó el gatillo.
Christian tragó saliva, con los ojos empañados por el pánico, pero con una firmeza que descolocó a los presentes.
—Señorías, ya se lo he dicho a los agentes...
Yo no maté a ese chico. Yo estaba allí ganándome la vida.
Había quedado dentro del baño con un cliente casual, un hombre con dinero que me pagó en efectivo por mi discreción —explicó Christian, con la voz rota—.
Cuando el otro muchacho entró al baño de golpe, mi cliente se asustó muchísimo.
Llevaba un arma encima, la sacó, hubo un forcejeo horrible y sonó el tiro.
Yo solo pude correr porque pensé que me mataba a mí también.
—¿Puede darnos alguna descripción de ese cliente? —intervino el fiscal—. Un nombre, un rasgo físico, cómo iba vestido...
Manuel aguzó el oído, bolígrafo en mano.
—No sé su nombre, esa gente nunca te da su nombre.
Era... un hombre mayor, de unos cincuenta años, maduro.
Iba con ropa oscura, de traje, como un señor de oficina elegante, muy normal.
Lo único que recuerdo es que cuando se puso nervioso tenía una voz muy ronca, muy desagradable, y que tenía mucha fuerza en las manos.
Nada más, señoría. Todo pasó muy rápido y a oscuras.
Él solo quería que nadie de su entorno le viera la cara en un sitio así.
En el fondo de la sala, Manuel anotó las palabras en su libreta, frustrado.
Un hombre maduro, de traje oscuro, con voz ronca.
Eso describía a la mitad de los hombres de negocios del centro de Madrid.
No había por dónde rascar. Para la policía, la declaración de Christian no era más que una burda estrategia de defensa para echarle la culpa a un "fantasma" inexistente y librarse de la cárcel.
El caso, a ojos de la ley, seguía cerrado sobre el colombiano.
Mientras tanto, a pocos kilómetros de allí, en el barrio de Chueca, el "comando abuela" y Carmen habían decidido pasar a la acción tras la dura conversación de la mañana.
Después de convencer a Carmen de que pasaría la noche en casa de Angustias por seguridad, decidieron patearse los comercios y callejones colindantes al bar de ambiente para hacer preguntas a los repartidores, porteros y dependientes por si alguien de la zona recordaba algún detalle de la noche del crimen.
Caminaban por una bocacalle algo más sombría y apartada del bullicio principal cuando Angustias se detuvo en seco, agarrando del brazo a Carlos y a Carmen con una fuerza descomunal.
—¡Quietos los dos! ¡Al suelo... bueno, al suelo no, detrás del quiosco! —siseó la abuela, con los ojos como platos.
—¿Qué pasa, abuela? —preguntó Carlos, desconcertado.
—Mirad allí... al fondo del callejón, junto al portal del edificio de ladrillo.
Carmen miró en la dirección que apuntaba el dedo enjoyado de Angustias y toda la sangre de su cuerpo pareció congelarse. Se llevó las manos a la boca, ahogando un grito de puro shock.
Allí, bajo la luz mortecina de una farola parpadeante, estaba el padre de Javi.
El mismo hombre inflexible que lideraba manifestaciones de extrema derecha, el que usaba el megáfono para vomitar odio y el que la había golpeado la noche anterior.
Sin embargo, su actitud era radicalmente distinta: estaba apoyado contra la pared, hablando en voz baja, riendo de una forma cómplice y ciñendo con el brazo la cintura de un chico muy joven, al que acariciaba la nuca con una familiaridad indiscutible.
Lejos de la agresividad que solía mostrar, sus gestos destilaban una intimidad clandestina y desesperada.
—No puede ser... —susurró Carmen, sintiendo que el mundo se derribaba bajo sus pies—. No puede ser él...
—Vaya si es él —masculló Angustias, con una mezcla de indignación y asombro—. Menuda pieza.
Carlos se quedó mudo, asimilando el impacto de la escena mientras veían al padre de Javi despedirse del chico con una carantoña rápida antes de subirse a un taxi a toda prisa. Cuando el coche se alejó, el trío se quedó en mitad de la acera, completamente conmocionado.
—Es... es homosexual —acertó a decir Carlos, estupefacto—. El hombre que nos perseguía con cadenas... el que repudió a Javi...
Se sentaron en un banco cercano, con Carmen todavía temblando, tratando de encajar las piezas de la vida del hombre con el que llevaba treinta años casada. Fue entonces cuando Angustias, con una lucidez psicológica aplastante, tomó la palabra.
—Hijos míos, esto es más viejo que el andar hacia adelante —dijo la abuela, con un tono inusualmente serio—. El odio de ese hombre nunca fue contra Javi, ni contra los chicos del barrio. Ese odio era contra sí mismo. No hay peor fiera
que la que vive encerrada en una jaula que ella misma se ha construido.
—¿Qué quieres decir, Angustias? —preguntó Carmen con los ojos empañados.
—Que tu marido se odia, Carmen. Se odia tanto por ser como es, por desear lo que desea, que ha necesitado crearse un personaje de macho alfa, de salvador de la patria y de homófobo radical para convencer al mundo —y sobre todo a sí mismo— de que él no es uno de "esos".
La violencia de ese tío, los golpes que te da a ti, la rabia con la que trataba a su propio hijo...
todo eso era una pantalla de humo. Cuanto más fuerte gritaba en las manifestaciones y más daño hacía, más seguro se sentía que nadie descubriría su secreto. Es un cobarde de manual.
Carmen asimiló las palabras de la abuela mientras se tocaba el moratón del ojo.
El panorama cambiaba por completo. El monstruo ya no era solo un fanático violento; era un hombre atrapado en su propia mentira, una bomba de relojería psicológica capaz de cualquier cosa con tal de que su perfecta fachada no saltara por los aires.