Capítulo 10 Santos de barrio y verdades de barra
El ambiente en el local de Chueca se había relajado un poco, transformándose en una especie de gabinete de investigación improvisado alrededor de la mesa del fondo.
Angustias, Carlos y Carmen escuchaban con atención mientras compartían una ronda de cafés.
La madre de Javi miraba de reojo la pantalla del móvil de Carlos, fijándose en las facciones de Christian Vargas, el chico al que la policía ya daba por culpable.
—Mírale la cara, si es que tiene cara de no haber roto un plato en su vida —insistía Angustias, dando un sorbo a su poleo menta—. Yo tengo un radar para los sarnosos, y este muchacho lo que tiene es cara de asustado.
Para confirmar sus sospechas, la abuela no tardó en reclutar a varios clientes habituales que merodeaban por el bar y que conocían de sobra el ecosistema nocturno de la zona.
El primero en acercarse fue un hombre de mediana edad, vecino del bloque de arriba, que se sentó con ellos con gesto de pesadumbre al ver la foto en el teléfono.
—¿Christian? Vamos, no me fastidies. Eso que dicen de él es imposible —soltó el vecino, negando tajantemente con la cabeza—.
Ese chaval es un cacho de pan. Lo único que pasa es que no tiene papeles y la vida aquí es muy perra cuando vienes de fuera.
Sobrevive como puede, encadenando trabajos precarios, limpiando portales a deshoras, ayudando en las mudanzas...
cosas sin contrato, ya me entienden. Pero ¿violento? Jamás.
Carmen, que escuchaba con los ojos muy abiertos, intervino con voz suave:
—Pero la policía dice que estaba en el baño esa noche... y que huyó.
—Claro que huiría, señora, si ve una patrulla se asusta porque lo mandan de vuelta a su país en el primer avión —explicó el camarero cubano, que se había acercado un momento a la mesa dejando el trapo de la barra—.
Pero escuchen esto: el invierno pasado, un hombre mayor que duerme siempre en los cajeros de la plaza se puso malísimo con la neumonía.
Pues Christian, con el dinero que sacó esa misma noche de una chapa, en vez de guardárselo para su alquiler, se lo gastó entero en pagarle tres noches en una pensión de la calle Hortaleza para que el pobre hombre no se muriera de frío en la acera. ¿Un asesino va a hacer eso? Anda ya.
Carlos sintió un vuelco en el corazón. Las piezas que su padre consideraba irrefutables empezaban a tambalearse ante la realidad del barrio.
Un chico indocumentado que pagaba pensiones a los sintecho con sus escasos ingresos no encajaba en el perfil de un criminal frío que asalta a alguien en un lavabo por un puñado de euros.
—¿Veis? Lo que yo os diga —sentenció Angustias, dándole un golpecito con el codo a Carmen—. A este muchacho le ha caído un marrón del quince y se lo quieren encasquetar porque es el eslabón más débil. Aquí hay gato encerrado, y el gato no es colombiano, os lo digo yo.
Carmen se quedó mirando fijamente la taza de café, con una extraña mezcla de alivio y temor.
Alivio porque la memoria de su hijo Javi no parecía estar ligada a un delincuente peligroso; y temor porque, si el chapero no era el asesino, significaba que el verdadero culpable seguía libre en alguna parte...
y el odio que respiraba en las paredes de su propia casa empezaba a resultarle insoportable.