Donde la luz no entra Capítulo 10B La balanza ciega (Carlos)
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Capítulo 10B La balanza ciega (Carlos)

​La habitación de Carlos estaba a oscuras, iluminada únicamente por la luz blanca del flexo de su escritorio.

Sobre la mesa de madera se apilaban gruesos manuales de Derecho Civil y Mercantil, aquellos que hasta hacía una semana le parecían el pasaporte a un futuro estable en un buen bufete.

Ahora, miraba esos lomos de cartón con un profundo desdén.

Las leyes de papel no servían de nada cuando la sangre manchaba el suelo de verdad.

​Se recostó en la silla giratoria y se frotó los ojos cansados. En su cabeza no dejaban de rebotar los testimonios que acababan de escuchar en el bar de Embrujo.  «Le pagó tres noches de pensión a un indigente» .  «No tiene maldad» .  «Huyó con cara de terror puro» .

​Carlos cogió un cuaderno en blanco, arrancó la primera hoja y agarró un rotulador negro. La mente, buscando un refugio contra el dolor por la pérdida de Javi, empezó a trabajar con una frialdad matemática que él mismo desconocía tener. Dividió el papel en dos columnas.

​En la izquierda escribió:  VERDAD POLICIAL (Papá) .

Debajo, enumeró los hechos fríos:  Huida de la escena. Indocumentado. ADN en el pestillo. Perfil de exclusión social.

En la derecha escribió:  PERFIL CRIMINAL (La calle) .

Y anotó:  Empático. Altruista con los más débiles. Reacción de pánico, no de agresividad. Cero antecedentes violentos.

​Carlos miró ambas columnas. Como estudiante de derecho, sabía que cualquier juez del país condenaría al colombiano con la columna de la izquierda.

Pero una intuición afilada, algo que nacía de sus tripas, le gritaba que la columna de la derecha era la única que importaba.

Su padre, el inspector Manuel, estaba cegado por el procedimiento y la estadística.

Un criminalista de verdad, se dijo Carlos, no busca solo quién empuñaba el arma, sino el  porqué .

Y un chaval que gastaba su dinero en arropar a los indigentes no pegaba un tiro a quemarropa por un puñado de euros en un baño abarrotado de gente.

​Se levantó y caminó hacia el corcho que colgaba sobre su cama. Quitó los horarios de la facultad y las entradas de los conciertos a los que fue con Javi. En el centro, clavó con una chincheta roja la hoja del cuaderno.

​—Si el asesino no es Christian, hay un hombre de traje suelto por Madrid —susurró Carlos para sí mismo, repasando la descripción del cliente fantasma del que todo el mundo dudaba.

​En ese momento, algo cambió dentro de él.

El dolor paralizante de los primeros días mutó en un hambre feroz de respuestas.

Comprendió que el sistema judicial, tal y como se lo estaban enseñando, era una trituradora de carne ciega que iba a engullir a un inocente mientras dejaba escapar al verdadero lobo.

No iba a permitirlo. No iba a ser un abogado de despachos limpios y trajes caros.

Iba a bajar al barro, iba a estudiar el comportamiento de los monstruos, a descifrar las mentes criminales y a buscar las pruebas donde la policía dejaba de mirar.

​Carlos miró una foto polaroid de Javi que descansaba en la esquina de su escritorio.

Tocó el borde del papel fotográfico con la yema de los dedos, sintiendo cómo esa nueva vocación, nacida de la tragedia más absoluta, se anclaba en su pecho como una promesa inquebrantable.

Iba a desentrañar ese crimen, aunque tuviera que enfrentarse a su propio padre para lograrlo.