Donde la luz no entra Capítulo 9 Caza de brujas en el asfalto
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Capítulo 9 Caza de brujas en el asfalto

​La orden de busca y captura contra Christian Vargas quemaba en las pantallas de todas las patrullas de Madrid, pero el inspector Manuel sabía que a tipos como él no se les pilla patrullando por la Gran Vía.

Había que bajar al barro. Tras cruzar los datos de su tarjeta de transporte y las antenas de telefonía, la señal del móvil del chapero dio un último "grito" repetidor en la zona de Lavapiés, justo en el entramado de calles que baja hacia la glorieta de Embajadores.

​Manuel no esperó los refuerzos. Se plantó allí con su compañero de paisano, camuflados en un viejo coche zeta sin distintivos. La noche caía pesada, cargada de una lluvia fina que hacía que el asfalto brillara como el escenario de un crimen.

​—Inspector, a las tres. Salida del hostal de la calle Ave María —susurró su compañero, tensando el cuerpo.

​Manuel aguzó la vista a través del parabrisas empañado.

Era él. Christian salía del portal con una mochila al hombro, la capucha de la sudadera calada hasta las cejas y una mirada paranoica que escaneaba cada esquina.

Llevaba prisa; la prisa de quien sabe que tiene a la mitad de la Jefatura Superior de Policía pisándole los talones.

​—Central, aquí Alfa-6. Visual del objetivo. Procedemos a la interceptación —lanzó Manuel por la radio antes de abrir la puerta del coche.

​—¡Christian! ¡Policía, alto! —bramó Manuel, rompiendo el silencio de la calle.

​El chico no se lo pensó. Dio un salto hacia atrás, clavó las zapatillas en el suelo mojado y salió disparado como un resorte en dirección contraria, tirando al suelo un contenedor de basura a su paso para taponar el avance de los agentes.

​—¡A la carrera! ¡Sigue el callejón! —gritó Manuel, saltando el obstáculo con una agilidad sorprendente.

​La persecución se convirtió en un torbellino de adrenalina pura.

Christian corría con la desesperación de un animal acorralado, esquivando a los peatones que salían de los locales de tapas.

Cruzó la plaza de Lavapiés a toda velocidad y se metió directo por las escaleras del metro, saltando los torniquetes de acceso de un solo brinco.

​—¡Alto o disparo! —vociferó el compañero de Manuel, pero el chaval ya bajaba los escalones hacia los andenes de la Línea 3 de tres en tres.

​El eco de las sirenas que ya empezaban a rodear el exterior de la estación retumbaba desde la calle. Christian, al verse atrapado en el subsuelo y escuchar los gritos de la policía detrás, tomó una decisión suicida: se desvió por una puerta

de servicio señalizada como "Acceso restringido" que conducía a las galerías técnicas de ventilación y mantenimiento del suburbano.

​Manuel llegó un segundo después, empujando la puerta metálica. La oscuridad allí dentro era casi total, rota solo por el parpadeo de unas luces de emergencia amarillentas y el rugido ensordecedor de los extractores de aire. El olor a ozono y a metal quemado era asfixiante.

​—¡Christian, no seas imbécil, no tienes salida! —la voz de Manuel rebotaba en las paredes de hormigón.

​A lo lejos, el tintineo de unos pasos sobre una rejilla metálica delató la posición del chico. Manuel avanzó con la pistola reglamentaria al frente, con paso firme. No buscaba solo detener a un prófugo; buscaba al asesino del novio de su hijo.

​La pasarela técnica terminaba en un pozo de ventilación vertical que subía directo hacia la superficie, cubierto por una enorme rejilla a nivel de calle por la que se filtraba la luz de las farolas exteriores.

Christian intentaba trepar por la escalera de gato de hierro, con la mochila colgando de un hombro.

​—¡Baja de ahí! —ordenó Manuel, apuntando al pecho del joven.

​Christian se detuvo a mitad de la escalera, jadeando, con la cara empapada en sudor y lágrimas de puro pánico. Miró el arma de Manuel y luego el suelo, a varios metros de profundidad, bloqueado por el miedo. Intentó dar un tirón

más hacia arriba para escapar por la rejilla de la calle, pero el hierro mojado le jugó una mala pasada. Su pie resbaló con un chirrido metálico. —¡Ahhh! —un grito ahogado rasgó el aire mientras el chico perdía el equilibrio y caía al vacío.

Manuel, reaccionando por puro instinto, soltó el arma, se lanzó hacia delante sobre la rejilla de la pasarela y estiró el brazo todo lo que pudo. Consiguió agarrar a Christian por la correa de la mochila y por la muñeca justo antes de la caída.

​El peso del chaval tiró del inspector, arrastrándole el pecho contra el borde metálico de la barandilla. A Manuel se le cortó la respiración por el impacto, pero apretó los dientes, sacando fuerzas de donde no las tenía, mientras el prófugo colgaba en el aire, balanceándose.

​—¡Sujétate! ¡No te sueltes! —bramó Manuel, con las venas del cuello a punto de estallar.

​Con un último esfuerzo y la ayuda de su compañero de paisano, que llegó justo a tiempo, lograron izar el cuerpo de Christian y tumbarlo en el suelo de la pasarela, esposándole las manos a la espalda en un movimiento rápido y limpio.

​El chaval se quedó boca abajo, llorando y temblando sobre el frío hormigón, preso del pánico, mientras las luces azules de los refuerzos policiales empezaban a parpadear a través de la rejilla de ventilación superior.

Manuel se apoyó contra la pared, guardando su arma e intentando recuperar el aire.

Miró al sospechoso con frialdad. Lo tenían.

El presunto asesino de Javi estaba, por fin, bajo custodia policial. El caso parecía visto para sentencia.