Capítulo 8 Infiltradas en Chueca y un té con misterio
Antes de quemar la zapatilla por las calles de Chueca, el "comando abuela" tuvo que hacer el trabajo de despacho.
Carlos, espoleado por la insistencia de Angustias, se había sentado frente al ordenador con los ojos entornados.
Si su padre tenía razón y el sospechoso era un chapero colombiano llamado Christian, en un barrio donde todo el mundo se conoce, alguien debía tenerlo agregado en redes.
—A ver, niño, pon "Christian Chueca" en el buscador ese del Facebook —ordenaba Angustias, de pie detrás de él, apoyando las manos en sus hombros con los ojos clavados en la pantalla.
—Abuela, que la gente no se pone el barrio de apellido. Espera... voy a mirar en los grupos de ocio nocturno y en las páginas de los locales de la zona.
Tras media hora de rastreo intenso, saltando de perfil en perfil y revisando fotos etiquetadas en las fiestas del barrio,
Carlos se detuvo en seco. Ahí estaba. Un perfil con el nombre de "Christian Vargas". En la foto de portada se le veía posando sonriente en la barra de un pub, con rasgos colombianos y una mirada que, en ese momento, a Carlos le pareció la de un asesino.
—¡Ese es! ¡Apúntatelo en el móvil, Carlos! —exclamó la abuela dándole una palmada en la espalda—. Con esa cara de pilluelo y esa foto, nos vamos a enterar de si estuvo allí o no.
Ya en el local de Chueca, la operación encubierta estaba resultando todo un espectáculo.
La abuela se había tomado al pie de la letra lo de "infiltrarse".
Llevaba unas gafas de sol gigantescas dentro del bar y carraspeaba de forma exagerada cada vez que se acercaba a alguien.
Carlos, intentando mantener la compostura, enseñaba discretamente en la pantalla de su móvil la foto de Facebook que habían cazado esa mañana.
—Perdone, jovencito —asaltó Angustias a un chico moderno que tomaba un café en la barra, bajándose las gafas hasta la punta de la nariz—. Este muchacho de la foto, el Christian... ¿le da a usted el perfil de asesino o es más de sisar carteras? Es para un trabajo del instituto de mi nieto.
—¡Abuela, por favor! —le siseó Carlos, tirándole de la manga, colorado como un tomate—. Que no se pregunta así.
—Déjame a mí, que tengo psicología criminal —le cortó ella—. Mira, por ahí entra una que tiene cara de saber cosas.
La puerta del local se abrió y Carmen, la madre de Javi, entró con paso vacilante, mirando a su alrededor con una mezcla de timidez y pánico.
Chueca siempre había sido un "nido de pecadores" según los sermones de su marido, pero allí dentro solo veía a gente normal tomando café.
Carmen se acercó a la barra con timidez, sacó de su bolso una foto en papel de su propio hijo, Javi, y con la voz temblorosa le preguntó al camarero:
—Disculpe... ¿usted conocía a este chico? Es mi hijo. Estuvo aquí la noche que...
Carlos se giró de golpe al escuchar la voz. Se le paró el corazón. Había visto a esa mujer una vez de lejos: era la madre de Javi.
Antes de que Carlos pudiera reaccionar, Angustias, oliendo el drama a un kilómetro de distancia, se plantó al lado de la mujer con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Pero bueno! ¡Si eres la madre de Javi! —exclamó la abuela sin ningún tipo de filtro—. ¡Hija mía, qué alegría y qué pena más grande todo junto! Ven aquí, dame un abrazo.
Carmen se quedó petrificada cuando aquella anciana desconocida con leggins de leopardo la estrujó contra su pecho. Al separarse, vio a Carlos, que la miraba con los ojos empañados.
—¿Tú eres... Carlos? —preguntó Carmen, asimilándolo todo de golpe—. ¿El chico con el que se iba a casar mi Javi?
—Sí, señora —logró decir Carlos, con un nudo en la garganta—. Ella es mi abuela, Angustias. Estamos intentando averiguar qué pasó. No nos creemos lo que dice la policía del chapero que encontramos en internet.
Carmen miró a la abuela, miró a Carlos y, por primera vez en años, sintió que el corsé de prejuicios y miedo que su marido le había impuesto se agrietaba por completo. Aquella gente no eran los "monstruos" que su esposo describía; eran personas destrozadas que amaban a su hijo tanto como ella.
Se sentaron los tres en una mesa del fondo con tres infusiones. Carmen, desahogándose como nunca lo había hecho, les contó la visita del inspector Manuel y la horrible reacción de su marido.
—Dijo que... que menos mal que Javi se había ido —confesó Carmen, limpiándose una lágrima con un pañuelo de encaje—.
Mi marido es un hombre violento, está obsesionado con sus manifestaciones y su homofobia.
Yo... yo he venido aquí buscando al tal Christian, pero escuchando cómo habla mi esposo...
tengo un presentimiento horrible, Angustias.
Creo que la policía busca en el lugar equivocado.
Angustias le apretó la mano a Carmen sobre la mesa, mirándola con una ternura infinita.
—Hija mía, bienvenida al club de las que pensamos con la cabeza y no con la porra —dijo la abuela con complicidad—.
Tu marido es un bicho, eso ya se le ve en el bigote que gasta.
Pero ahora estás con nosotras. A partir de hoy, tú eres una más del comando.
Vamos a abrir bien los ojos y a destapar la verdad, caiga quien caiga.
Carmen miró a Carlos, que le tendió la mano con una sonrisa cálida. En mitad del peor dolor de su vida, la madre de Javi acababa de encontrar una familia de verdad, una que le estaba abriendo la mente y el corazón, dispuesta a desenterrar los secretos más oscuros de su propio hogar.