Capítulo 7 El comando abuela y una visita incómoda
Manuel llegó a casa arrastrando los pies, dejó la placa sobre el mueble del recibidor y se metió directo en la cocina. Marisa estaba allí, revolviendo una manzanilla con tanta energía que la cucharilla parecía que iba a perforar la taza.
—Manuel, por los clavos de Cristo, dime algo que me tienes en un ay —soltó Marisa, hablando a mil por hora—.
Llevo toda la tarde rezándole a San Judas Tadeo, que es el de los imposibles, y mira que yo no soy de santos, pero es que ver al niño ahí en el sofá que parece un alma en pena me parte el alma, Manuel, me la parte. ¿Qué pasa en la comisaría?
—Tenemos un sospechoso principal, Marisa —susurró Manuel, mirando de reojo hacia el pasillo—. Un tal Christian, un chapero colombiano de Chueca. Su ADN está por todo el baño. Le tenemos en busca y captura. La policía va a dar con él tarde o temprano, está acorralado.
Lo que Manuel no sabía era que, agazapada detrás de la puerta de la cocina con el oído pegado a la madera, estaba Angustias. La abuela, con sus leggins de leopardo y su cardado intacto, absorbió la información como una esponja. Soltó un bufido por lo bajini.
—¿La policía? Ja —masculló para sí misma—. Esos no encuentran un camello en una guardería. Esto es trabajo de profesionales.
Angustias cruzó el pasillo a paso ligero y entró como un miura en la habitación de Carlos. El chaval estaba tumbado en la cama, mirando al techo con los ojos hundidos. La abuela se plantó al borde del colchón, se cruzó de brazos y lo miró fijamente.
—A ver, Carlos, levanta ese esqueleto, que pareces un bacalao de la pescadería de abajo —soltó con su voz ronca—.
Tu padre dice que buscan a un tal Christian de Chueca.
Pero yo a la policía no me la creo, que tardaron tres meses en encontrarle el coche robado a la del segundo y lo tenía aparcado en su propia plaza.
Carlos ni se movió.
—Abuela, déjame... No tengo fuerzas.
—¿Que no tienes fuerzas? ¡Me caigo muerta!
—Angustias lo agarró de las manos y tiró de él con una energía insospechada—.
Escúchame una cosa, rey Moro. Al cabrón que ha matado a mi yerno no lo va a pillar un señor con uniforme y bigote.
Lo vamos a pillar tú y yo. Nos vamos a ir a Chueca, nos pateamos los bares, y si hace falta que yo me disfrace de transformista o que le pida fuego a los modernos, se lo pido.
Pero a ese desgraciado lo encontramos, aunque tenga que sacarle los ojos con una de mis uñas de gel.
Así que arriba, te pones guapo, nos vamos a investigar y de paso nos da el aire, que hueles a cerrado.
Carlos, por primera vez en días, esbozó una debilísima sonrisa ante la locura de su abuela. Había algo reconfortante y ridículamente tierno en ver a una anciana de setenta años dispuesta a montar una patrulla vecinal en Chueca.
Mientras tanto, ajeno al complot que se fraguaba en su propia casa, Manuel decidió hacer una visita oficial de cortesía. Como inspector del caso y compañero, sentía el deber de ir a casa de los padres de Javi para informarles de los avances y ofrecerles su apoyo.
Llamó al timbre de un piso señorial y gris en el barrio de Salamanca.
Le abrió la madre de Javi, una mujer con los ojos destrozados y un pañuelo de seda al cuello.
Detrás de ella, en el salón, el padre de Javi caminaba de un lado a otro.
Llevaba una camisa militar impecable y fumaba un puro, con una actitud que distaba mucho de la de un padre que acaba de perder a su hijo.
—Manuel, gracias por venir —dijo la madre con un hilo de voz—. Mi marido... mi marido acaba de llegar de su viaje de negocios. Ha sido todo horrible.
Manuel entró y estrechó la mano del hombre, que era dura como el granito.
—Siento mucho vuestra pérdida —dijo Manuel con tono policial pero cercano—. Estamos haciendo todo lo posible. Tenemos una línea de investigación muy sólida sobre un delincuente de la zona de Chueca, un chapero. Esperamos detenerlo pronto.
El padre de Javi soltó una bocanada de humo gris, entornó los ojos con un desprecio gélido y soltó una risotada amarga que heló la sangre de Manuel.
—¿Un chapero de esos? — escupió el hombre, cruzándose de brazos—. Si es que se veía venir. Menos mal que el maricón este ya se ha ido... Entre la escoria que se juntaba y las vergüenzas que nos hacía pasar a la familia, bastante ha durado. Al menos ya no tendré que aguantar sus impertinencias.
La madre de Javi ahogó un sollozo y se tapó la cara con las manos.
Manuel se quedó de piedra, sintiendo cómo se le revolvía el estómago ante tanta crueldad.
Miró fijamente al padre de Javi. Sus palabras destilaban un odio tan profundo, tan visceral y personal, que una alarma roja se encendió de golpe en el cerebro del inspector.
La policía buscaba al colombiano, sí... pero Manuel acababa de apuntar un nuevo y terrorífico nombre en su lista mental de sospechosos.