Donde la luz no entra Capítulo 6 Cabos sueltos y copas vacías
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Capítulo 6 Cabos sueltos y copas vacías

​Manuel se frotó los ojos, cansado. Llevaba dos noches sin dormir, atrapado entre el dolor de ver a su hijo Carlos hundido en el sofá y la frustración de tener las manos atadas en la comisaría.

Los análisis de balística se retrasaban, y el laboratorio forense aún tardaría días en procesar los restos de ADN rescatados del pestillo del cubículo del baño.

​—La ciencia es lenta, pero el instinto no —se dijo a sí mismo, agarrando las llaves del coche policial camuflado.

​Decidió volver al local de Chueca. A plena luz del día, el bar de ambiente mantenía las cicatrices de la tragedia.

La persiana metálica estaba a medio subir y el interior olía a desinfectante industrial y a madera vieja.

Dentro,  Embrujo estaba sentada en una mesa baja, sin maquillar, con unas gafas de sol enormes y una taza de café entre las manos.

Detrás de la barra, el camarero limpiaba los mismos vasos una y otra vez por puro nerviosismo. Al ver entrar a Manuel, los dos se tensaron. Ya no era el padre policía; era el inspector jefe encargado del caso.

​—Manuel... —susurró la transformista—. Dime que tenéis algo. Carlos no me coge el teléfono y tengo el estómago en la boca.

​—Estamos en ello. Por eso estoy aquí —dijo Manuel, apoyándose en la barra y sacando su bloc de notas—. Necesito que hagáis memoria. Pensad en el momento exacto del disparo. ¿Quién estaba merodeando por los baños?

​El camarero de la barra dejó el trapo, tragó saliva y se inclinó hacia Manuel, bajando la voz.

​—Inspector... yo no se lo dije a los patrulleros la otra noche porque estaba en shock, pero llevo días dándole vueltas.

Justo un rato antes de que Javi fuera al servicio, vi entrar al baño a uno de los chicos colombianos que suelen ganarse la vida por aquí...

un chapero que se hace llamar "Christian".

​Manuel entornó los ojos, apuntando el nombre.

​—¿Y qué pasa con ese tal Christian?

​—Que ese chaval esa noche estaba rarísimo, muy nervioso.

Y justo después de sonar el disparo, antes de que el local se volviera un caos, lo vi salir del pasillo de los baños a toda prisa, con la ropa descolocada y una cara de terror que no era normal.

Se fue por la puerta de atrás corriendo como si le persiguiera el demonio.

Y hay más... un cliente que salía del baño un minuto antes me dijo que escuchó a Javi entrar y encontrarse a Christian forcejeando o discutiendo con un hombre mayor dentro de un cubículo.

​En ese momento, el teléfono móvil de Manuel vibró con fuerza en su bolsillo. Era el laboratorio forense. Manuel contestó rápido, alejándose un par de pasos hacia la entrada.

​—¿Sí? Aquí el inspector Manuel. Dime que tenéis algo.

—Inspector, ya tenemos los resultados preliminares del pestillo del baño y del vello corporal rescatado en la escena —dijo la voz del forense al otro lado de la línea—.

Pertenecen a un chico indocumentado fichado por temas de altercados y prostitución en el barrio.

Responde al alias de Christian. Todo apunta a que estuvo en el cubículo justo en el momento del disparo. Su ADN está por todas partes.

​Manuel colgó el teléfono, sintiendo cómo las piezas encajaban con una facilidad pasmosa.

Miró su libreta, donde acababa de apuntar el nombre que le había dado el camarero.

Los forenses y los testigos señalaban al mismo sospechoso.

El chico colombiano se había escapado de la escena del crimen justo tras detonarse el arma.

​Manuel guardó la libreta con una mueca de resolución. Tenía un nombre, tenía ADN y tenía un sospechoso principal en busca y captura. La cacería policial acababa de empezar.