Capítulo 5 Sillas vacías y silencios de plomo
El suelo de la casa de Carlos ya no olía a croquetas ni a fiesta; olía a flores marchitas y al silencio espeso que se instala en los hogares cuando la tragedia entra sin llamar.
Carlos llevaba tres días sentado en la esquina del sofá, con la mirada perdida en el suelo del salón y vistiendo la misma sudadera gris de Javi que había rescatado del cesto de la ropa sucia.
No lloraba. Ya no le quedaban lágrimas. Era una depresión sorda, un vacío helado que le impedía incluso levantar la taza de tilo que su madre le ponía delante cada dos horas.
Marisa iba de un lado a otro de la casa con los ojos hinchados de tanto llorar, pero intentando mantener el tipo por su hijo.
El torbellino de energía de hace unos días se había convertido en un susurro constante.
Le acariciaba el pelo a Carlos, le arropaba las piernas con una manta y le hablaba bajito, con el corazón roto al ver a su "niño" completamente apagado.
—Cariño, tienes que tomarte el caldo, aunque sean dos cucharadas, por tu madre... —le suplicaba Marisa con un hilo de voz, aguantándose el llanto—. Ay, mi amor, si yo pudiera quitarte este dolor de encima y ponérmelo yo, te lo juro que lo hacía.
Angustias, la abuela, estaba sentada a su lado en el sofá.
Por primera vez en años, no llevaba sus collares llamativos ni su ropa de leopardo; vestía un traje oscuro, severo.
No decía nada, solo le apretaba la mano a Carlos con una fuerza sorprendente para su edad, transmitiéndole la única energía que le quedaba en el cuerpo.
El entierro de Javi, celebrado esa misma mañana bajo una lluvia fina de esas que calan los huesos, había sido una ceremonia gélida y desoladora. Pero lo que realmente había dejado una atmósfera enrarecida no fue la tristeza, sino una clamorosa ausencia.
Manuel, el padre de Carlos, entró en el salón a última hora de la tarde.
Todavía llevaba la corbata negra del traje del entierro mal ajustada en el cuello y el rostro desencajado por la frustración profesional y el dolor familiar.
Se sentó en la mesa del comedor, sacó una libreta de notas de su bolsillo y se frotó las sienes.
Marisa se acercó a él, cruzándose de brazos.
—¿Has averiguado algo de la comisaría, Manuel? —preguntó en un susurro para no alterar a Carlos.
Manuel negó con la cabeza, manteniendo la voz baja, con ese tono analítico que usan los policías veteranos cuando algo no les cuadra en absoluto.
—La investigación está bajo secreto, pero hay algo que me está quemando la cabeza, Marisa —confesó Manuel, mirando hacia el pasillo—.
En el cementerio solo estaban la madre de Javi y su abuela.
Las dos mujeres destrozadas, solas. ¿Pero el padre?
El padre no se ha presentado. Ni en el tanatorio, ni en la iglesia, ni en el entierro de su propio hijo.
Marisa se llevó una mano a la boca, indignada.
—¿Cómo? ¿Qué clase de monstruo no va al entierro de su hijo?
—La madre nos ha dicho que está "de viaje de negocios ineludible en el extranjero" y que no ha podido coger un vuelo a tiempo —explicó Manuel, entornando los ojos con pura desconfianza policial—.
Pero a mí no me cuadra. He revisado el informe del altercado de Chueca de esa misma tarde y el nombre de ese hombre, o alguien con su perfil, me ronda la cabeza.
Un padre no desaparece del mapa el día que asesinan a su hijo a menos que tenga algo muy gordo que ocultar. O a menos que esté huyendo de algo.
Desde el sofá, Carlos ni siquiera se inmutó al escuchar la conversación. En su dedo anular, el anillo de plata de compromiso se sentía pesado, como un recordatorio constante de una vida que le habían robado en un cubículo de baño.
El misterio de la ausencia del padre de Javi acababa de sembrar la primera semilla de la duda en la mente de Manuel.
El inspector de policía sabía que había piezas que no encajaban en ese rompecabezas de sangre, y mientras su hijo se hundía en la más absoluta oscuridad, él juró para sus adentros que no pararía hasta descubrir qué escondía la silla vacía del entierro.