Donde la luz no entra Capítulo 4 Una última copa y un baño de sangre
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Capítulo 4 Una última copa y un baño de sangre

​El local de Chueca intentaba recuperar la normalidad a marchas forzadas.

La puerta de cristal rota había sido sustituida provisionalmente por un tablón de madera, y el suelo ya no crujía a causa de los cristales, pero el ambiente flotaba en esa mezcla tan madrileña de "aquí no ha pasado nada" y ganas de fiesta.

​Al otro lado de la barra, Embrujo se desmaquillaba sin ningún pudor frente a un espejo de mano, ya sin peluca y con una bata de raso rosa que pedía clemencia. A su lado, el camarero, un chico cubano con unos brazos que apenas cabían en la camiseta, les servía dos gin-tonics bien cargados.

​—Cariño, es que lo de esta tarde ha sido de película de Almodóvar, pero en gótico —decía la transformista, pasándose un disco de algodón por el ojo—.

Yo vi entrar a esos energúmenos con las cadenas y pensé: "Hija, pues nada, si me dan un viaje, que sea en el pómulo izquierdo, que el derecho lo tengo recién infiltrado".

​—Anda, Embrujo, qué bien que corriste los cien metros lisos en tacones hacia el almacén— se burló el camarero, guiñándole un ojo a Carlos.

​—¡Falsa! ¡Calumnias! —exclamó ella, indignada—. Yo fui a proteger la recaudación, que una es artista pero también autónoma, y eso sí que da miedo. A ver, enseñadme otra vez ese peñasco que os habéis comprado.

​Carlos rió y levantó la mano de Javi, mostrando el anillo bajo la luz parpadeante de los neones supervivientes. El camarero soltó un silbido de aprobación y les puso un plato de patatas fritas de cortesía.

​—¡Eso se avisa antes, coño! —gritó la transformista—. ¡Paco, ponles de la ginebra buena, no del garrafón que le encasquetamos a los turistas! ¡Que viva el amor y vivan los novios!

​Javi sonreía, pero entre trago y trago, el cansancio y los nervios acumulados de la jornada empezaron a pasarle factura. Sentía una punzada en el estómago.

​—Oye, guapo, voy un segundo al baño y ahora vuelvo —le susurró Javi a Carlos al oído, dándole un beso rápido en la mejilla.

​—No te pierdas, que ahora viene el discurso de Embrujo sobre sus tres divorcios —bromeó Carlos, viéndolo alejarse hacia el fondo del local.

​Javi cruzó el pasillo estrecho que conducía a los servicios, donde la música del bar empezaba a sonar amortiguada por las paredes de azulejos.

Al empujar la puerta de entrada al baño de caballeros, se topó con un silencio extraño, roto solo por un murmullo tenso que provenía de la zona de los lavabos del fondo.

​Se detuvo en seco. Iba a avanzar, pero una voz áspera, baja y autoritaria le hizo congelarse.

​La voz le sonaba muchísimo. Era un timbre familiar, una entonación que arrastraba las palabras con una dureza que le erizó los vellos de la nuca. ¿Qué hacía alguien conocido metido en el baño de un local de ambiente a esas horas?

​Curioso, y con un mal presentimiento instalándosele en el pecho, Javi avanzó con pies de plomo, conteniendo la respiración.

Al asomarse por el recodo, vio movimiento al final del pasillo.

En la penumbra, pegados contra la pared junto a uno de los cubículos cerrados, se intuían dos siluetas.

Parecía una pareja en pleno arrebato, dándole que te pego con desesperación, jadeando y forcejeando en la oscuridad del baño.

​Javi frunció el ceño, dispuesto a dar media vuelta para darles intimidad, pensando que se había equivocado. Pero justo cuando iba a retirarse, uno de los dos cuerpos se giró ligeramente. No era un abrazo pasional. Era un agarre mortal.

​Antes de que Javi pudiera procesar lo que estaba viendo, una mano enfundada en un guante negro brotó de la sombra. El brillo metálico de un cañón corto reflejó la luz fluorescente del baño.

​Un estallido seco y ensordecedor retumbó contra los azulejos.

​ ¡PUM!

​El impacto proyectó a Javi hacia atrás.

Sintió un dolor ardiente, insoportable, que le partió el pecho en dos.

Las rodillas se le doblaron y cayó limpiamente contra el suelo frío.

El techo del baño empezó a dar vueltas a toda velocidad.

Intentó gritar, llamar a Carlos, pero de su boca solo brotó un hilo de sangre cálida.

​Al fondo, el pánico se desató. La silueta que había estado forcejeando soltó un grito ahogado y salió corriendo del baño a trompicones, seguida de cerca por la otra figura, el tirador, que guardó el arma entre sus ropas mientras huía a toda velocidad hacia la salida de emergencia del pasillo, perdiéndose en la noche sin mirar atrás.

​En la barra, el estallido apenas se escuchó como un golpe sordo, tapado por los graves de la música, pero el grito desesperado de alguien que salía huyendo del pasillo hizo que Carlos se alarmara.

​ Carlos dejó caer su copa, que se estrelló contra la barra. Un presentimiento helado le recorrió la espina dorsal.

—¿Javi? —susurró, echándose a correr hacia el fondo del baño.

Al empujar la puerta abatible, el mundo pareció desmoronarse.

Javi yacía en el suelo frío de los lavabos, con el cuerpo roto y la respiración quebrada, aferrándose a la vida en un charco de sangre.

Carlos se arrodilló de golpe a su lado, resbalando sobre las baldosas, y lo agarró de las manos con desesperación.

Las lágrimas brotaron de sus ojos sin control, inundándole el rostro mientras acunaba su cabeza contra su pecho, con la misma expresión de dolor desgarrador y súplica imposible que la Virgen sostiene el cuerpo inerte de su hijo en el lienzo sagrado de la Piedad.

Lloró con un grito sordo y mudo, apretando aquellos dedos que ya empezaban a enfriarse, sabiendo que, con cada segundo que pasaba, la luz de su vida se le escapaba entre los brazos.