Donde la luz no entra Capítulo 3 Croquetas, anillos y un torbellino familiar
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Capítulo 3 Croquetas, anillos y un torbellino familiar

​La casa de Carlos olía a lo que huelen los hogares donde uno siempre es bienvenido: a café recién hecho, a limpio y, en ese momento concreto, a una tanda de croquetas caseras que desafiaban cualquier ley de la física.

​Javi entró arrastrando los pies, todavía con el susto en el cuerpo por el ataque en Chueca, pero el calor del hogar de su novio lo arropó de inmediato. Su propio padre era un muro de hielo y disciplina militar; entrar allí era como pasar del invierno siberiano a una comedia de Almodóvar.

​Y las reinas del espectáculo no tardaron en aparecer.

​—¡Por favor, por favor, que ya están aquí! —exclamó una voz enérgica, rápida y vibrante desde la cocina.

​Apareció Marisa, la madre de Carlos. Llevaba un delantal a medio atar, las mangas remangadas y una espátula en la mano.

Se lanzó sobre Javi como un torbellino, agarrándole la cabeza con las dos manos.

—Mírame, Javi. Estás pálido. ¿Qué os ha pasado en Chueca?

Me ha dicho Manuel que ha habido lío con los fachas.

—Escúchame: a la próxima me voy yo con vosotros y al primero que os mire mal le arreo con la sartén de las croquetas, que pesa tres kilos. ¡Qué poca vergüenza tiene la gente, de verdad!

​—¡Marisa, deja respirar al muchacho, que lo vas a asfixiar antes de la boda! —bramó otra voz ronca y acelerada desde el pasillo.

​Era Angustias, la abuela. Apareció luciendo unos  leggings  de leopardo, un cardado rubio impecable y más collares de bisutería que una tómbola.

​—A ver, enséñame eso que me has dicho por el móvil, Carlos... —Angustias le arrebató la mano a Javi y vio el anillo—. ¡Ay, la Virgen de la Fuencisla! ¡Que os me casáis!

​Marisa soltó la espátula sobre la mesa, ahogó un grito dramático y se llevó las manos al pecho, al borde del colapso emocional.

​—¿Un anillo? ¿Me estás diciendo que mi niño se casa?

¡Ay, que me da un parraque! —Marisa empezó a abanicarse con las manos, hiperventilando con una sonrisa de oreja a oreja—.

Javi, hijo, gracias por aguantarlo, que es igual de cabezón que su padre.

¡Ay, qué lloro! Mamá, trae clínex, que se me corre el rímel hasta la barbilla.

​—¡No llores, tonta, que hay que celebrarlo! —gritó la abuela dando palmas—. ¡Manuel, muévete y abre el champán bueno, el que guardas para cuando se muera el vecino el pesado!

​El padre de Carlos, Manuel, entró en el salón quitándose la chaqueta del uniforme de policía.

Estaba cansado tras el altercado del bar, pero al ver el torbellino de su mujer y su suegra, su rostro severo se ablandó por completo.

Se acercó a los chicos y los envolvió a los dos en un abrazo de oso, dándole una palmada cariñosa a Javi.

​—Enhorabuena, chavales. Ya era hora —dijo Manuel con una sonrisa protectora—. Te llevas a lo mejor de mi casa, Javi.

​La cena fue un caos maravilloso. Marisa no paraba de moverse, de poner comida en los platos de Javi ("Come, hijo, come, que los hombres en la cama necesitan energía, que luego os quejáis", saltaba la abuela, a lo que Marisa remataba: "¡Mamá, por Dios, no le des traumas al yerno antes de casarse!

"). Manuel escuchaba y reía, ocultando la tensión de saber que esa tarde casi se lía a porrazos con los radicales.

Ninguno en esa mesa sospechaba que el líder de los encapuchados era, el padre de Javi, salvo Carlos y Javi.

​Después del huracán de la cena, los chicos lograron escapar al balcón para tener un momento de aire y romanticismo a solas. La noche de Madrid estaba fresca. Carlos abrazó a Javi por la espalda, apoyando la barbilla en su hombro.

​—Siento el espectáculo de mi familia —susurró Carlos riendo bajito—. Están locas, pero te quieren un montón.

​Javi se giró entre sus brazos, entrelazando sus dedos con los de Carlos, haciendo que el anillo brillara bajo la luz de la farola.

​—No lo sientas. Me encanta. Ojalá... —Javi bajó la mirada un segundo, pensando en su propio hogar—. Ojalá mi

familia fuera la mitad de libre y cariñosa que la tuya. Gracias por esto, Carlos. De verdad.

​Carlos le acarició la mejilla con ternura y lo besó de forma pausada, suave, saboreando el momento y borrando cualquier rastro de miedo que quedara de la tarde.

​—Te vas a casar conmigo, Javi. Mi familia ya es la tuya —le prometió Carlos mirándolo a los ojos.

Hacia las once de la noche, entraron a despedirse.

​—Oye... nos vamos a tomar la última copa al local de Chueca, para celebrar nosotros solos un rato —dijo Carlos.

​—¡Eso, iros de picos pardos! —los despidió Angustias desde el sofá—. ¡Pero usad protección!

​—¡Y no volváis tarde, que os conozco! —remató Marisa, asomándose al pasillo con un táper—. ¡Llevaos esto para mañana, que os he puesto croquetas! ¡Que os amo! ¡Venga, un beso!

​Salieron a la calle riendo, cogidos de la mano, con el corazón lleno de felicidad y el estómago lleno de croquetas, sin saber que la sombra de la tragedia los esperaba a la vuelta de la esquina.