Capítulo 2 Un anillo de compromiso y un bate de béisbol
El bar se había quedado en una penumbra acogedora.
La transformista, captando perfectamente la electricidad que había en el aire, cambió la música cañera por una balada suave a piano.
Javi miró a Carlos , que poco a poco recuperaba el color en las mejillas tras el susto que se había llevado en la calle al ver a su padre con el megáfono.
Sabía que era el momento; no iba a esperar a una cena elegante ni al viaje que tenían planeado.
La vida era ahora, y Chueca, con todo su ruido y su magia, era su sitio.
—Carlos —dijo Javi, tomándolo de las manos. Le temblaba la voz, pero sus ojos estaban fijos y llenos de una determinación absoluta—. Sé que hoy ha sido un día raro y que has entrado aquí asustado. Pero precisamente por eso... porque el mundo ahí fuera puede ser una locura, yo quiero ser tu calma.
Javi lo miró, conteniendo el aliento.
Javi metió la mano en el bolsillo de su propia cazadora y sacó la cajita de terciopelo negro que había comprado en la joyería. Al abrirla, el anillo de plata brilló bajo el neón rosa del local.
—Quiero pasar el resto de mi vida contigo. Quiero despertarme contigo, pelearme por quién friega los platos y saber que, pase lo que pase, estamos juntos en el mismo equipo. ¿Quieres casarte conmigo?
A Carlos se le inundaron los ojos de lágrimas. Se olvidó por un segundo del megáfono de su padre, del miedo y de la manifestación. Solo existía Javi.
—Sí. Sí, claro que quiero, imbécil —logró articular entre una risa nerviosa, extendiendo la mano para que Javi le colocara el anillo.
Desde el escenario, la transformista ahogó un grito de emoción. Pero la burbuja de felicidad duró exactamente dos segundos.
Un estruendo ensordecedor destrozó la paz del local.
La puerta de cristal de la entrada saltó hecha añicos, salpicando fragmentos brillantes por todo el suelo.
Carlos empujó a Javi detrás de la barra por puro instinto justo cuando un grupo de encapuchados, armados con cadenas y bates de béisbol, irrumpía en el bar destrozando las mesas y las botellas a su paso.
—¡Al suelo todo el mundo! ¡Fuera de aquí, escoria! —bramó el líder del grupo, un hombre imponente que llevaba una cadena de hierro envuelta en el puño.
Javi se quedó petrificado, ahogando un grito de puro terror.
Reconoció las botas, la chaqueta militar y, sobre todo, la mirada gélida y llena de odio que se colaba por el pasamontaña.
Era su propio padre . El líder radical estaba destrozando el bar a cadenazos limpios sin saber que su hijo estaba allí escondido.
Uno de los asaltantes levantó un bate dispuesto a golpear la barra donde se protegían los chicos. Javi cerró los ojos, esperando el impacto, pero el golpe nunca llegó.
Un grito de autoridad, seco y ensordecedor, congeló la escena:
—¡POLICÍA! ¡TODO EL MUNDO AL SUELO! ¡TIREN LAS ARMAS!
Una escuadra de la Policía Nacional, con cascos y escudos antidisturbios, entró como una apisonadora en el local. Al frente del dispositivo, liderando la carga con una porra en la mano y el escudo en alto, iba un agente veterano, de mandíbula cuadrada y mirada implacable.
Era el padre de Carlos .
La escena se convirtió en un caos absoluto de gritos, porrazos y golpes de cadena.
El padre policía embistió con fuerza al grupo radical (donde estaba el padre de Javi), obligándolos a retroceder hacia la calle, golpeando con precisión para disolver el jaleo y proteger el bar.
Carlos, atónito desde el suelo, veía a su padre pelear como un león contra los asaltantes, mientras Javi, temblando a su lado, rezaba para que el policía no le diera un mal golpe a su progenitor.
En cuestión de dos minutos de pura adrenalina, los antidisturbios lograron empujar a los radicales fuera del local, despejando la entrada entre sirenas que resonaban con fuerza en la noche de Chueca.
El bar quedó en ruinas. El padre de Carlos se giró un segundo, jadeando, con el casco bajo el brazo y barriendo el suelo destrozado con la mirada para asegurarse de que los civiles estaban bien.
Carlos y Javi se encogieron detrás de la barra, tapándose la cara para que ninguno de los dos padres los descubriera allí.
Bajo la luz parpadeante del neón roto, la mano de Carlos , adornada con el nuevo anillo de compromiso, apretaba con fuerza la mano de Javi . Estaban prometidos, sí, pero acababan de presenciar, sin sus familias, la primera batalla en carne y hueso de sus propios padres.