Donde la luz no entra Capítulo 1 Tacones de aguja
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Donde la luz no entra

Donde la luz no entra

Por Juan Carlos Martinez Marin

© inepub.com

Capítulo 1 Tacones de aguja

​El terciopelo negro de la cajita parecía absorber la luz de la joyería de Chueca. Javi tragó saliva, sintiendo el sudor frío en las palmas de las manos, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Ahí estaba. El anillo para Carlos. Sencillo, elegante, perfecto.

​—Me tiemblan hasta las pestañas, si le soy sincero —confesó Javi a la joyera, pagando con la tarjeta—. He quedado con él en un local aquí al lado. Le voy a pedir que se case conmigo esta misma tarde.

​—Pues un brindis por los valientes. Mucha suerte, precioso —le deseó la mujer.

​Javi guardó la cajita en el bolsillo de su cazadora y salió a la calle con el corazón dándole brincos de alegría.

Caminó a paso ligero hacia el local de ambiente donde habían tenido su primera cita, ajeno por completo al caos que se estaba desatando a unas pocas calles de allí.

Su única preocupación era no trabarse al hablar cuando tuviera a Carlos enfrente.

​Mientras tanto, en la otra punta del barrio, la tarde de Carlos se estaba convirtiendo en una auténtica pesadilla.

Caminaba a toda prisa para no llegar tarde a su cita con Javi, pero al acercarse a la plaza principal, el ambiente se volvió denso y hostil.

El murmullo habitual de las terrazas fue sepultado por un estruendo pesado y rítmico: gritos, megáfonos y el sonido metálico de las vallas siendo arrastradas por la Policía Nacional.

Una manifestación ultrarradical acababa de irrumpir en el corazón de Chueca, reventando la tranquilidad del barrio.

Los cánticos homófobos y violentos rebotaban en las paredes de los edificios.

Carlos sintió un escalofrío y aceleró el paso, intentando esquivar la marea de pancartas oscuras y caras tapadas.

​—¡Fuera de nuestros barrios! ¡Sinvergüenzas! ¡Maricones, fuera de Madrid! —bramaba una voz rota y atronadora a través de un megáfono potente.

Carlos se quedó paralizado en seco. El aire se le congeló en los pulmones al reconocer la voz del inspector de policía que dirigía el despliegue antidisturbios: era su propio padre, Manuel, obligado a contener el caos de la calle.

A Carlos se le encogió el alma al pensarlo, pero un grito aún más desgarrador le hizo apartar la vista.

Abrió los ojos de par en par, buscando el origen a través del humo de una bengala roja.

Y lo vio. En la cabecera de la manifestación ultrarradical, con las venas del cuello a punto de estallar y el rostro desencajado por la rabia, estaba Antonio, el padre de Javi, liderando a los violentos.

El pánico le atenazó el estómago. Si el padre de Javi lo descubría allí, en medio de Chueca yendo a su cita con Javi, la manifestación se convertiría en una carnicería familiar.

​—No, no, no... —susurró  Carlos , dándose la vuelta en redondo.

​Prácticamente corrió, ocultando el rostro entre los hombros, huyendo del megáfono de la manifestación.

Divisó el neón rosa del local donde había quedado con Javi, empujó la puerta con desesperación y se metió dentro, jadeando como si hubiera corrido un maratón.

La puerta se cerró a sus espaldas, amortiguando los gritos de la calle, pero dejándolo, temblando.

​El contraste dentro del bar no pudo ser más salvaje: fuera, odio; dentro, música de Raffaella Carrà a todo volumen y olor a laca. Encima del escenario, la transformista del local, Embrujo, terminó de colocarse un pelucón rubio y bajó con agilidad al ver a Carlos, pálido como un fantasma.

​—A ver, mi amor, mírame. ¿Te ha perseguido Hacienda o es que has visto los precios del alquiler? —preguntó ella.

​Carlos intentó hablar, pero solo le salió un gemido mientras miraba de reojo la puerta. En ese preciso instante, el pomo giró de nuevo. Carlos dio un respingo, asustado, pero la figura que cruzó el umbral hizo que todo el miedo se disolviera de golpe. Era Javi.

​Entró con las mejillas un poco coloradas por el frío, una sonrisa radiante que iluminaba todo el garito y los ojos brillándole de una forma especial.

Llevaba una mano metida en el bolsillo de la cazadora, apretando con nerviosismo la cajita de terciopelo que Carlos aún no podía ver.

Al cruzar la mirada con Carlos, la sonrisa de Javi se ensanchó, pero cambió a una mueca de preocupación al notar su palidez.

​—¿Carlos? Cariño, ¿qué te pasa? Estás blanco —dijo Javi, acortando la distancia entre los dos a grandes zancadas.

​Carlos no respondió con palabras. Se refugió en el pecho de Javi, rodeándole el cuello con los brazos como si fuera su único cabo de anclaje.

Javi, aunque desconcertado, lo abrazó con fuerza, transmitiéndole todo su calor.

Poco a poco, el temblor de Carlos fue cesando.

Javi se inclinó y le dio un beso largo, tierno y profundo.

Un beso que, para Javi, era el preludio de una promesa de futuro, y para Carlos, el búnker perfecto donde protegerse de los monstruos que gritaban ahí fuera.

​Encima del escenario, la transformista se secó una lágrima imaginaria con la punta del dedo.

​—¡Ay, por favor, qué monos son! Deseo que os vaya fatal para que me escribáis una canción de despecho, pero es que sois ideales —exclamó dramáticamente, rompiendo el momento.

​Los dos chicos se rieron, aún pegados el uno al otro, sin saber que la verdadera cuenta atrás para sus vidas acababa de comenzar.