Donde habita tu reflejo 38. Las alas de la memoria #2
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38. Las alas de la memoria #2

Anne Bishop alzó la vista del libro al concluir la lectura del capítulo final.

Lo cerró y recibió los aplausos del público que se había congregado en aquella librería de la calle Charing Cross para asistir a la presentación de la edición en inglés.

La sala estaba abarrotada, hasta el punto de que varias personas habían tenido que quedarse de pie, entre las estanterías y en el espacio cercano a la caja.

Antoinette Quinche permaneció en su sitio, charlando con conocidos y amigos, tanto suyos como de Clara Campoamor.

Compañeros del mundo del periodismo de Anne y muchas de sus amistades también habían acudido al evento.

La joven solo echó de menos a Victoria, que no había podido viajar por encontrarse indispuesta, si bien le había prometido que haría lo posible por conseguirle una presentación en Nueva York.

El libro había despertado la curiosidad de los medios, gracias en gran parte a Margaret Connolly, quien había apoyado la edición por varios motivos.

Entre ellos, porque serviría de antesala a un proyecto sobre los campos de concentración que mantendría a Bishop ocupada y en el candelero durante bastante tiempo.

Un tanto aturdida por ser el centro de atención, Anne saludó a quienes se acercaban para hablar con ella y llevarse su ejemplar dedicado.

Cuando levantó la mirada, se fijó en una anciana que hacía cola, apoyada en un joven que debía de ser su nieto.

Algo en el rostro de la mujer la transportó hasta un momento vivido unos meses antes.

Acababa de llegar a la casa de Lausana con el borrador recién salido de la máquina de escribir.

El olor a flores frescas fue lo primero que percibió al entrar guiada por Sylvie.

Antoinette había decidido adaptar el salón como dormitorio para evitar las escaleras.

En cuanto vio a Anne, se levantó con su brío habitual y el libro que estaba leyendo en la mano.

La besó y le dio un abrazo. Tumbada en el lecho, con un chal sobre los hombros y las hebras de pelo plateado recogidas con horquillas, Clara parecía estar dormida.

Su cuerpo había menguado en las pocas semanas que hacía que no la veía.

Su palidez, apenas delimitada por un camisón blanco, producía un efecto de irrealidad que la conmovió profundamente.

Se preguntó si habría llegado a tiempo. Si Clara estaría lo bastante lúcida aún para recibir el manuscrito que deseaba mostrarle con toda su alma.

Miró a Antoinette, cuyo rostro delataba el cansancio y el dolor tras tantos meses de convivencia con la enfermedad y con el miedo a perder a Clara.

Al leer la preocupación en su gesto, la suiza la tomó de la mano y ambas se acercaron a la cama.

—Clara, Anne ha venido a vernos.

Sus ojos se abrieron y una chispa ardió en ellos.

—Mi querida amiga...

—Hola, Clara. Ya lo he terminado... tu libro.

La emoción hizo temblar los labios de la española mientras la joven le besaba las mejillas.

—¿Me ayudas a incorporarme un poco? —le pidió a Antoinette, quien recolocó los almohadones para que estuviera más cómoda.

—¿Me hiciste caso? ¿Añadiste los textos de tu madre?

—Sí, está todo lo que revisamos Antoinette, Victoria y yo.

—Me parece estupendo... Al principio, creía que lo importante eran mis vivencias, todo lo sucedido durante mi periplo personal.

Pero estaba equivocada. Necesitaba completarlo con la historia de Victoria y con las de otras mujeres que fueron importantes en nuestra vida. Mujeres mucho más valientes que yo.

—Tú eres muy valiente —intervino Antoinette, emocionada.

—Y tú también, querida mía. Todo lo que he hecho, lo que soy, no habría sido posible sin ti. Y por eso también formas parte de la trama que tan bien ha hilado Anne. Lo esencial de esta narración no era yo, sino todas nosotras.

—«Vosotras, las perdedoras, las exiliadas y las vilipendiadas —leyó Anne en la cita que había escrito para el exergo, en la primera hoja—, las luchadoras incansables, seréis la luz que iluminará a otros cuando pierdan la esperanza y crean que no hay nada más allá de la oscuridad que los rodea».

—Precioso —afirmó Campoamor con los ojos acuosos.

—Solo falta el título, Clara. ¿Has pensado en alguno? —preguntó la periodista.

— Con las raíces cortadas... Me encanta el título —dijo una voz que trajo a Anne de vuelta a la realidad de la librería.

Miró hacia arriba y se puso en pie nerviosa.

Durante los siguientes segundos James y ella dudaron sobre cómo saludarse.

Tanto que lo que sucedió a continuación fue un intento torpe por parte de ambos de hacer algo que se parecía a un par de besos y que terminó con un abrazo del que se separaron bastante rápido.

Al concluir la escena, se contemplaron entre avergonzados y sonrientes.

—¿Estabas en la presentación? No te he visto.

—Pero yo a ti sí. ¿Ves ese hueco junto a los libros de autoayuda? —James señaló con el dedo hacia una de las estanterías que separaban el amplio espacio del resto de la librería.

Anne no fue capaz de localizar los carteles de la sección a la que se refería. Entonces comprendió la broma.

—Ya sabes —añadió él— que me hace falta mucha ayuda para dejar de ser tan idiota.

Ella negó con la cabeza sin poder evitar reírse.

—Pues me alegro mucho de que hayas venido. Luego, si quieres, te recomiendo un par de libros sobre ese tema...

Se sostuvieron la mirada.

—Me parece genial. Pero ahora el que me interesa es este...

Me ha encantado la presentación y estoy deseando leerlo.

Intuyo que esta historia va a tocar muchas conciencias.

De hecho, recomendaré en mi universidad que abran una línea de investigación sobre Clara y Victoria, y también sobre otras mujeres silenciadas por la historia.

Seguro que aquí tenemos un buen número de ellas y ya ha llegado el momento de hacerles justicia, como has hecho tú.

—Hizo una pausa y su expresión se tornó seria—.

No sabes cuánto me alegro de que lo hayas conseguido.

Te mereces que sea un éxito... Qué digo, lo será.

Anne notó que las lágrimas surgían desde algún lugar al que no tenía acceso para cerrarles el paso por completo. Bajó la cabeza y se centró en la dedicatoria. Cuando acabó, ya más serena, pero con los ojos aún brillantes, le devolvió el ejemplar.

Se contemplaron durante unos instantes más. Después, el profesor comprendió que había llegado la hora de irse. Alzó una mano en señal de despedida y se alejó.

—James. —Su voz consiguió que se detuviera y se girara—. Llámame... pronto, ¿vale?

Él asintió con una sonrisa y se marchó.