Donde habita tu reflejo 38. Las alas de la memoria
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38. Las alas de la memoria

L AS ALAS DE LA MEMORIA

Al día siguiente

Clara abrió los ojos sobresaltada. Quien la había despertado golpeando con los nudillos la puerta del dormitorio era Victoria.

—¿Qué hora es?

—Las cuatro y media.

Campoamor se incorporó en el lecho con expresión confusa.

—¿Ha ocurrido algo?

—No.

El gesto de Victoria, visible tras encender la luz, le resultaba imposible de descifrar. Se frotó la cara e intentó organizar sus aún dormidos pensamientos.

—¿De qué se trata entonces?

—No estoy autorizada a decírtelo.

—¿Y no puede esperar hasta que amanezca?

—Me temo que no... Si no queremos llegar tarde, deberíamos salir en breve.

—Pero ¿a dónde? Sabes que mi avión regresa a Buenos Aires esta tarde, ¿no?

—Toma, ponte esto —la apremió mientras dejaba las prendas sobre la cama y el calzado en el suelo.

Al ver las botas de cuero negro la madrileña frunció el ceño.

Se levantó y cogió la ropa. Era una especie de mono de una sola pieza hecho de algo que le pareció lona.

No fue capaz de sonsacarle nada a Victoria, que no le dio tiempo ni a desayunar.

Ataviadas ambas de la misma guisa, bajaron a la calle, donde las estaba esperando un coche negro.

El conductor les abrió la puerta después de saludarlas.

En el interior del vehículo, Clara volvió a intentarlo:

—¿Me quieres decir dónde vamos? ¿Para qué nos hemos vestido así?

—Enseguida lo averiguarás. Tranquilízate y confía en mí.

La respuesta liberó los familiares nervios que solían discurrir por el estómago de Campoamor cuando se hallaba en una situación de peligro.

¿Sería posible que Cecily Bishop hubiese reconsiderado su decisión sobre la retirada de las dos españolas?

¿Habría sucedido algo tan grave como para requerir su colaboración una vez más?

El trayecto en coche duró unos cuarenta y cinco minutos. La oscuridad que cubría el cielo al salir del apartamento de Victoria se fue mitigando con la llegada del amanecer. Gracias a eso pudo Clara ver algunas señales que indicaban el rumbo. Long Island.

Cuando el vehículo se detuvo ambas descendieron.

Pasaron junto a un cartel en el que Campoamor leyó el nombre Roosevelt Field.

No le sonaba de nada, pero al divisar lo que había tras una valla metálica, a un centenar de metros, supo que habían llegado a un aeródromo.

Miró a Victoria y constató que el gesto de esta seguía siendo más serio de lo habitual.

No se atrevió a preguntar de nuevo. Tendría que confiar en su amiga.

Un hombre vestido con un uniforme similar al que ellas llevaban salió a su encuentro. Saludó a Kent dándole la mano y después hizo lo mismo con Clara. Caminaron hasta un avión de tamaño pequeño. Tanto Victoria como el hombre subieron los peldaños que conducían al interior. Clara se detuvo.

—Esto no me gusta. Si voy a arriesgar mi vida, merezco saber por qué.

—Tienes toda la razón y te lo explicaré ahora mismo, pero sube. Enseguida lo entenderás todo —contestó Kent.

Campoamor dudó un instante. Algo en sus entrañas se rebelaba contra la idea de dejarse llevar como un cordero.

Si iban a participar en algo peligroso, lo menos que podían hacer era darle la oportunidad de negarse.

De pronto, la conversación mantenida con la agente Bishop careció de todo sentido.

¿Para qué le había permitido relajarse pensando que aquello se había acabado?

¿Que podía volver a casa con Antoinette?

¿Habría decidido aquella mujer tomar otra vez las riendas de su vida, como cuando la hizo regresar a Argentina?

La indignación comenzó a redoblar en su pecho.

Si Bishop estaba dentro de la aeronave, iba a decirle todo lo que debería haberle dicho años atrás.

Sin embargo, en el interior no la esperaba nadie que conociera. Había dos hombres y dos mujeres, todos ataviados de la misma forma.

—Bienvenida, señorita Campoamor —dijo una de las jóvenes—. Venga aquí y póngase cómoda.

La perplejidad había dejado abierta la boca de Clara, que la cerró cuando vio a Victoria sonreír por fin.

—Quería darte una sorpresa y esta era la única forma de hacerlo.

—Pero ¿dónde vamos?

—A volar.

—Eso ya lo... —Se detuvo a mitad de frase. Solo entonces se dio cuenta de que en un rincón del aparato había varias mochilas verdes con arneses de color crema—. ¿No querrás decir que vamos a saltar?

—Así es... Leí tu ensayo La mujer quiere alas.

Lo encontramos en una de las muchas revistas que consultamos Louise y yo cuando buscábamos la mejor manera de sacar adelante nuestra publicación.

Ahí descubrí tu anhelo de volar y ayer, cuando regresaste del Empire State hablando maravillas de las vistas y de cómo te habías sentido, lo supe: si quería hacerte un regalo que no olvidaras tenía que ser este.

La expresión de Clara seguía siendo de extrañeza y Victoria temió que aquello no fuera a salir como se había imaginado. Sin embargo, en cuestión de segundos, se produjo un cambio extraordinario. Los ojos de Campoamor se habían iluminado con el brillo de la emoción.

—¿De verdad me has preparado esta sorpresa?

—Sí, pero no lo he hecho sola. Me habría resultado imposible sin Louise. En cuanto se lo comenté, contactó con el aeropuerto para que lo prepararan todo. El avión es de su propiedad y estas personas trabajan para ella. Se ocupan de vuelos de recreo y saltos en paracaídas.

—Pero todo esto es... —Clara no se molestó en acabar la frase. Le dio a Victoria un abrazo que la tomó por sorpresa y desató su risa.

—Entonces, ¿vamos allá? —preguntó la malagueña.

—Por supuesto que sí.

Les explicaron el funcionamiento del dispositivo y en qué iba a consistir el vuelo, aunque ellas no tendrían que ocuparse de nada, aparte de saber cómo moverse y la manera en la que habrían de actuar en el momento de aterrizar.

Las dos jóvenes que formaban parte del grupo se pusieron el pesado equipo, unos paracaídas que, según les detallaron, podían soportar el peso de dos personas.

Después, Victoria y Clara se situaron delante de cada una de ellas y los hombres les pusieron los arneses.

Subirían hasta una altura de unos 4.200 metros y procederían a saltar.

El proceso era, en teoría, sencillo de entender, si bien Clara notó que estaba temblando.

Miró a su lado y le pareció que la expresión de Victoria denotaba el mismo estado de nervios.

Entonces, para su sorpresa, esta le confesó que para ella también iba a ser la primera vez.

—Me he negado a hacerlo en todas las ocasiones que Louise me lo ha propuesto. No tenía el menor interés en lanzarme al vacío sin otro motivo que desafiar a la suerte.

—Pero entonces, ¿por qué ahora sí?

—Porque no lo haré sola, sino contigo, diputada Campoamor. Y es una experiencia que no pienso perderme por nada del mundo. Así que dime que no te lo estás pensando mejor.

—¿Bromeas? Aunque he de confesar que estoy muerta de miedo, tengo la intención de disfrutarlo... Amiga mía, ya casi somos unas ancianas y me temo que esta es nuestra última oportunidad de hacer algo así. Solo espero que estos cachivaches se abran llegado el momento.

—¿Preparadas? —les preguntaron tras comunicarles que habían alcanzado la altura requerida.

Clara y Victoria se miraron.

—¡Adelante! —gritaron a la vez.

Cuando la puerta situada en el lateral del fuselaje se abrió, las dos abogadas sintieron que estaban a punto de ser engullidas por algo parecido a un huracán.

Sin embargo, las jóvenes que ambas llevaban pegadas a su cuerpo avanzaron sin ningún temor hacia aquella luz pavorosa.

Y antes de que pudieran darse cuenta, ya se precipitaban al vacío.

La primera sensación no resultó agradable.

Clara pensó que su corazón reventaría debido a la presión.

Gracias a la mujer que la sujetaba contra sí, su posición era estable, pero aun así le costaba mantenerse quieta.

Poco después, por fin notó que podía tomar cierto control de sus miembros y detener sus enloquecidos pensamientos.

Las gafas le permitían ver con relativa precisión lo que la rodeaba.

«De modo que así se ve el mundo cuando te conviertes en pájaro y dejas que la ingravidez transite por tus venas para elevarte por encima de la muerte», pensó.

Se sentía ligera y poderosa, pero sobre todo libre.

Y esa libertad quedaría para siempre ligada a la belleza de aquellos instantes de dicha que Victoria acababa de regalarle.

Miró a su alrededor y descubrió que esta y su guardaespaldas —pues, en verdad, las jóvenes eran algo así para ellas en tales circunstancias— se encontraban bastante cerca.

Sus ojos coincidieron con los de Kent, quien caía a tanta velocidad como ella.

Y ambas sintieron que el destino, que las había unido tantos años atrás con su lazo, seguía guiando sus pasos para que nunca llegaran a separarse del todo.

Los recuerdos revolotearon junto a ellas durante los fugaces momentos en los que se convirtieron en pájaros.

La sonrisa que compartieron las antiguas adversarias, las diputadas del Partido Radical Socialista y del Partido Republicano Radical, la Clara y la Yema, la colaboradora del MI6 y la del BCRA...

quedaría grabada en sus retinas para siempre, incluso cuando la ceguera y la enfermedad intentaran interponerse entre ellas.

El aterrizaje resultó bastante suave, considerando que los paracaídas se habían abierto a menos de cuatrocientos metros del suelo.

Victoria Kent y Clara Campoamor habían pasado setenta y cuatro segundos mecidas por el viento en un limbo de tiempo, sustentadas por las alas de la memoria, que las habían transportado al pasado y traído de vuelta a un presente en el que volverían a distanciarse.

Hasta que ese caprichoso destino decidiera reunirlas de nuevo.