Donde habita tu reflejo 37. El cielo de Manhattan #3
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37. El cielo de Manhattan #3

—Le agradezco la deferencia, pero sigue siendo igualmente doloroso, por mucho que lo hablemos.

Las palabras, en este caso, no sirven para cambiar los hechos.

Y no me entra en la cabeza por qué los americanos negocian con un régimen golpista, habiendo otras naciones más decentes en Europa.

Si las cosas continúan así, acabarán por aceptar que España entre en la ONU, después de todos los mensajes de rechazo que ha habido estos años.

—Me temo que es posible que eso ocurra pronto, Clara.

Pero piense que las prioridades ahora son distintas.

El enemigo ya no son los nazis y sus socios, sino los comunistas.

Las potencias internacionales necesitan tener vigilada a la URSS.

Y España, con su postura anticomunista, se está convirtiendo en un aliado valioso.

Además, su posición estratégica en el Mediterráneo es un factor muy importante.

—Entonces, al final lo único que importa son los beneficios que todos puedan obtener, incluso si hay que colaborar con quienes han destruido la democracia y la convivencia sin ningún pudor.

Ya no existen el honor ni el respeto... Tanto los Estados Unidos como todos los que están blanqueando los actos del franquismo actúan con una inmoralidad que nunca pensé que vería.

—Yo también siento asco, Clara, pero me temo que este es el nuevo mundo en el que tendremos que vivir después de una guerra que podría habernos aniquilado. Sin embargo, seguimos aquí y todavía podemos luchar por nuestros principios y los valores que defendemos.

—Pues yo ya no estoy segura... lo siento, Cecily.

Se me ha acabado el optimismo. No veo que nada de lo que hacemos, de lo que hemos hecho todos estos años, haya servido para algo.

Al final, las cosas siguen igual. Quienes hicieron tanto mal han conseguido salirse con la suya...

¿Entiende esa expresión? —Bishop asintió—.

La guerra mundial concluyó con la derrota del Eje, pero en mi país los golpistas siguen ostentando el poder.

¿Y ahora resulta que son unos interlocutores tan válidos como cualquiera de los otros países que sí fueron respetuosos con la legalidad y con los derechos humanos?

Su mirada regresó al horizonte y se perdió en la distancia.

—Entiendo su enfado, pero no podemos rendirnos. Además, se trata de un pacto de conveniencia. Como he dicho, la situación política ha cambiado y eso, por desgracia, beneficia a quienes gobiernan España. Aunque las cosas cambiarán en el futuro. Ya verá...

—Yo ya no puedo más. Estoy cansada...

La voz se le había quebrado mientras contemplaba aquella ciudad que, desde las alturas, se le antojaba inmensa. Notó cómo la agente Bishop apoyaba una mano en su hombro.

—Lo sé. Por eso también las convoqué a la señorita Kent y a usted, además de para agradecerles a ambas su gran trabajo.

He pensado en ustedes dos con frecuencia...

—Campoamor se giró hacia ella—. Victoria ya dejó de colaborar con nosotros y nunca tuve la oportunidad de darle las gracias en persona.

Y a usted tampoco. Clara, ha luchado mucho y creo que... tal vez ya es hora de parar.

Se miraron durante unos instantes. Las frases de la británica circularon por el cerebro de Clara, que las analizó una a una, visionando las imágenes evocadas por ellas: las misiones, los agentes con los que había cooperado, los peligros vividos...

Todas las escenas confluían en una sola: el momento, tanto tiempo atrás, en el que Cecily Bishop le había propuesto convertirse en espía.

Habían pasado dieciséis años. Toda una vida.

Lo que la agente Bishop acababa de sugerir era algo que ella ya se había planteado.

A sus sesenta y cinco años debería haberse jubilado, y más aún con el tipo de trabajo al que se dedicaba.

Si echaba la vista atrás, le parecía increíble que hubiera aceptado unirse a los servicios secretos cuando ya rayaba la cincuentena.

Entonces una imagen se abrió paso en su mente: el rostro de Antoinette.

—Estoy de acuerdo —afirmó con un suspiro que dispersó en aquel cielo raso de septiembre todas sus dudas.

Cecily Bishop sonrió y en sus ojos Clara creyó distinguir el brillo de las lágrimas.

—Puedo organizarlo todo para que regrese a Europa en unas semanas.

—Necesitaré algo más de tiempo. Tengo algunos compromisos con la Universidad de Buenos Aires. Y he prometido participar en unas charlas. Me gustaría cerrar esta etapa de la mejor manera posible. Me han tratado muy bien en Argentina y hay muchas personas a las que no me gustaría decepcionar.

—Usted decide, Clara. Solo dígamelo y me ocuparé de ello, ¿de acuerdo? Pero no tarde mucho.

Campoamor supuso que se refería al enrarecido clima político que reinaba en Argentina bajo el mando de Perón. De hecho, ella misma hacía tiempo que se preguntaba si algo tan terrible como lo sucedido en España podría llegar a ocurrir allí.

Un fuerte abrazo acercó durante unos instantes los corazones de las dos mujeres. Los latidos resonaron en su pecho con afinidad y admiración mutua, con ecos del pasado y con la intuición de un futuro en el que no volverían a verse.