37. El cielo de Manhattan #2
Al día siguiente, Victoria bajó temprano a comprar The New York Times.
Leyó la noticia y respiró hondo. Los medios, tal como se había imaginado, tildaban el acuerdo de provechoso para Estados Unidos y para España.
Pero ella sabía bien quién era el principal beneficiario de aquel acuerdo vergonzante.
Cuando se lo enseñó a Clara, esta se limitó a leerlo en silencio.
El agotamiento y el hastío le habían impedido dormir y no tenía energías para reaccionar.
Se aproximaba la hora de la reunión con Cecily Bishop y ambas se prepararon para marcharse. Victoria acababa de cerrar la puerta con llave cuando oyó el timbre del teléfono. Volvió a entrar.
—Lo siento muchísimo, Clara —dijo al concluir la conversación—. Acaban de convocarme de modo urgente con los otros miembros del Gobierno republicano. Me temo que mi encuentro con la agente Bishop tendrá que posponerse.
Clara bajó del taxi y miró hacia arriba.
Por un momento, casi sintió vértigo al hallarse a los pies del Empire State.
Había oído hablar de él muchas veces y lo había visto desde la distancia, pero tener aquella mole ante sus ojos y no ser apenas capaz de vislumbrar su final, allá en lo alto, era algo completamente distinto.
Se dirigió hacia el interior, donde la esperaba el fabuloso vestíbulo, decorado en estilo art déco.
Tras admirarlo durante unos minutos, se acercó a un pequeño mostrador en el que compró el tique de entrada.
Entró en el ascensor y el hombre encargado de operarlo la condujo a ella y a dos personas más hasta el piso ochenta.
Después, subió a pie varios tramos de escaleras y salió al impresionante mirador situado al aire libre.
Sabía que había otro observatorio en el piso 102, pero Bishop los había convocado en el que se encontraba, a una altura de ochenta y seis pisos.
Clara supuso que este era más adecuado para una reunión secreta, ya que el de arriba, al parecer, estaba cerrado por cristaleras, lo que dificultaría conversar sin ser escuchados.
Se aproximó a la barandilla que delimitaba la superficie y contempló extasiada las vistas panorámicas de Manhattan, con la perspectiva de Central Park, el río Hudson y otros elementos de aquel extraordinario paisaje de cemento y hierro cuyos nombres desconocía.
Desde allí podía distinguir otros edificios, todos más bajos que aquel en el que se hallaba.
El Chrysler, según le había contado Victoria, había sido inaugurado apenas un año antes.
El viento azotaba su rostro embelesado y la obligó a arrebujarse en su chaqueta pese a ser todavía septiembre.
Consultó su reloj. Faltaban cinco minutos.
Miró a su alrededor, preguntándose quiénes de aquellas personas serían también espías convocados por la británica.
Había varias familias con niños, por lo que la posibilidad de que entre los presentes se encontrase algún agente encubierto se reducía a dos hombres que caminaban solos por la terraza y dos parejas, si bien podría tratarse tan solo de turistas.
Ya pasada la hora, Campoamor comenzó a preguntarse si se habría cancelado la reunión y nadie la había avisado.
O tal vez hubiese sucedido algo malo. Se asomó al otro lado del mirador, pero el resultado fue el mismo.
Pensó en subir a la terraza de arriba, por si se hubiera equivocado, aunque estaba segura del contenido del mensaje que, siguiendo órdenes, había quemado tras leerlo unos días atrás.
Con cierta inquietud, recorrió varias veces la terraza.
Esperaría media hora y después se marcharía.
Mientras tanto, se centró de nuevo en las sobrecogedoras vistas.
Apoyó los antebrazos en la barandilla y examinó cada rincón visible desde aquella extraordinaria atalaya.
Casi podía rozar las nubes con los dedos.
La sensación era embriagadora. Se preguntó entonces cómo sería vivir en Nueva York.
Tener al alcance de la mano esa escalera al cielo que era el Empire State.
Quizá podría pedirle a Bishop que considerara trasladarla allí.
En una ciudad como aquella se le ofrecerían tantas oportunidades de volver a sentirse realizada, de vivir una existencia plena...
Y su familia, incluyendo a Antoinette, podría visitarla.
Además, contaría con una buena amiga allí, Victoria, y una vida social atractiva.
—Veo que este sitio le gusta tanto como a mí.
Las palabras de la agente Bishop la despertaron de su ensimismamiento.
—¡Cecily!
Se estrecharon la mano, como solían hacer.
—Lamento el retraso. En esta ciudad el tráfico es cada día peor.
—No tiene importancia. Y me temo que los demás no han llegado.
Bishop, que llevaba unas gafas de sol para camuflar su ojo perdido, sonrió.
—Y no llegarán. Solo las he convocado a usted y a Victoria Kent. Por cierto, ¿dónde está?
—Le ha resultado imposible venir a causa de un compromiso ineludible con sus compañeros de partido.
—Imagino que las noticias de ayer fueron un terremoto para los miembros de la República en el exilio y necesitaban hablar del tema. Y para usted también han debido de ser terribles. Por eso, entre otras cosas, decidí reunirme aquí con ustedes.
La confusión asomó al rostro de Clara.
—Creo que no la sigo...
—Sabíamos que Estados Unidos y España estaban a punto de firmar ese acuerdo. Ha habido muchos encuentros secretos desde 1951. Primero Eisenhower y después Truman hablaron con Franco. La cuestión no era si se pondrían de acuerdo, sino cuándo. Franco quería sacar la más grande ta... taj...
—Tajada.
—Eso es, tajada... Gracias. Supuse que la noticia sería menos dura para ustedes dos, más fácil de aceptar, si estaban cerca una de la otra cuando se hiciera pública.