37. El cielo de Manhattan
E L CIELO DE M ANHATTAN
—¡Qué alegría! —exclamó Victoria al verla. Se dieron dos besos—. Adelante. No sabes cuánto lamento no haber podido ir a buscarte al aeropuerto, pero acabo de salir de una reunión importantísima.
—No te preocupes. ¿Va todo bien?
—Sí, sí. Supongo que sabes que el año pasado me propusieron ocuparme de la representación del Gobierno de la República en el exilio.
Hay mucho trabajo que hacer, aunque no se trate de un cargo oficial.
Y por si eso fuera poco, después he quedado con Louise para ultimar los detalles del próximo número de la publicación que hemos creado... Te he hablado de Louise Crane, ¿no?
—La has nombrado en alguna de tus cartas.
—Bueno, esta tarde hemos quedado con ella y seguro que habrá más gente. Es una mujer muy especial, se ha volcado como nadie en la causa de los exiliados españoles. Te caerá fenomenal. Y tiene muchas ganas de conocerte.
Se miraron y sonrieron. La extrañeza, una vez más, surgió entre ellas acompañada de un silencio molesto que Victoria no tardó en romper.
—Me puse tan contenta al saber que ibas a venir a Nueva York.
—Y yo, aunque no tenga ni idea de para qué. Imagino que tú no sabrás nada de lo que se va a tratar en la reunión a la que nos han convocado.
—No. Tampoco entiendo por qué se han puesto en contacto conmigo. Ya no trabajo con los servicios de inteligencia europeos. Aquella época se acabó. Ahora me dedico más a... llamémoslo diplomacia. Aun así, he de confesar que siento mucha curiosidad por conocer a la agente Bishop.
—Pues pronto saldremos de dudas y la verás en persona.
A pesar de la sonrisa que iluminó el rostro de Clara, Victoria detectó el agotamiento y la tristeza ocultos en sus ojos. Su expresión se parecía tanto a la que ella misma veía en el espejo cada mañana que resultaba imposible no reconocerla.
—Hasta entonces, disponemos de unas cuarenta y ocho horas para hacer lo que le apetezca, diputada Campoamor.
—Lo que decidas estará bien.
—Pues te voy a llevar a Central Park. No es el Retiro, pero... posee cierto encanto.
Eran más de las nueve cuando las dos españolas llegaron al club de jazz en el que se habían citado con Louise Crane. La americana las esperaba sentada con varias personas, tal como había previsto Victoria. Se puso en pie cuando las vio entrar y fue directa hacia Clara.
—Encantada de conocerla —la saludó en castellano.
—Lo mismo digo —respondió Campoamor mientras estrechaba su mano.
Victoria y Louise se besaron en la mejilla y después ambas presentaron a Clara al variopinto grupo de amigos.
Las dos mujeres, una de ellas de color, eran cantantes; tres de los hombres se dedicaban al arte en diferentes modalidades y uno era columnista en un prestigioso periódico.
Gracias a que uno de ellos hablaba castellano y a la traducción tanto de Louise como de Victoria, que solo chapurreaba el inglés, Clara se sintió muy cómoda.
Mientras disfrutaba de las conversaciones, se dio cuenta de lo solitaria que era su vida en Buenos Aires, aunque en realidad no pasara tanto tiempo sin relacionarse con gente.
No obstante, los lazos que la unían con su círculo más cercano allí eran sobre todo profesionales o culturales.
No había entre ellos nadie con quien le hubiese gustado salir de noche para hacer algo como lo que Victoria y Louise, al parecer, hacían con bastante frecuencia.
En un momento determinado, una de las dos mujeres subió al escenario y comenzó a cantar.
Su piel oscura y tersa relucía bajo la iluminación.
La poderosa voz le pareció a Clara de una hermosura que no podía comparar con nada que hubiese escuchado antes.
La belleza, en todas sus formas, tenía el poder de cautivar a la madrileña hasta el punto de casi hacerle olvidar dónde estaba.
Y así, el mundo desapareció durante unos instantes deliciosos que la alejaron de la realidad mientras asistía maravillada a la actuación.
Victoria la observaba de cerca, preocupada por cómo pudiera encontrarse entre aquellos extraños.
Y no pudo evitar sonreír al comprobar que Clara daba sorbos a su copa de champán más relajada de lo que la había visto nunca.
En sus ojos se intuían tanto el agotamiento tras el viaje como las emociones vividas durante el día, si bien ninguno de ellos lograba diluir su gesto de felicidad.
La velada prosiguió y los más jóvenes del grupo se levantaron para bailar. Louise se unió a ellos, pero Clara y Victoria prefirieron permanecer en sus asientos, charlando y rellenando sus copas.
A la mañana siguiente, Campoamor amaneció con un tremendo dolor de cabeza. No recordaba cuándo había sido su última resaca, aunque se aventuró a situarla en torno a 1931, cuando obtuvo su acta de diputada.
—¿No me dirás que llevas más de veinte años sin beber alcohol y salir hasta tarde? —preguntó Victoria, incapaz de creerlo.
—No conseguirás avergonzarme —contestó Clara, divertida—. Y aunque así fuera, no me importaría reconocerlo. Desde luego, lo de anoche mereció la pena. Muchas gracias por presentarme a Louise y al resto de vuestros amigos.
—Bueno, en realidad son sus amigos. Entre las dificultades con el dichoso idioma, que nunca he llegado a dominar, y que me cuesta participar en conversaciones que no siempre tienen interés para mí, supongo que pensarán que soy una cascarrabias.
—Pero tú también lo pasaste bien. Se te notaba.
—¿Y sabes quién tiene la culpa, en gran medida, de que estuviera tan a gusto anoche? Tú.
—Pues me alegro —afirmó satisfecha Campoamor—. Por cierto, Louise es encantadora, tiene una personalidad muy atractiva.
—Lo sé.
—Me alegro de que os hayáis encontrado.
Las dos mujeres se tomaron su tiempo para ponerse al día de lo vivido durante los últimos años.
Después de almorzar, salieron a recorrer la ciudad.
Visitaron museos y rincones de Nueva York que a Victoria le gustaban especialmente.
Cuando llegaron a la Biblioteca Pública, cuya entrada flanqueaban dos leones esculpidos en mármol rosado, las exdiputadas se miraron y compartieron, sin necesidad de expresarlo en alto, el recuerdo de otro lugar donde se alzaban poderosos dos leones: el Congreso de los Diputados.
La imagen de aquel Madrid en el que se habían cruzado sus vidas se abrió paso por la memoria de ambas, tensando el hilo invisible que las unía con cada vez más fuerza.
Mientras caminaban, se detenían de tanto en tanto para admirar la formidable altura de los rascacielos. Terminaron la ruta en Central Park, donde almorzaron unos sándwiches sentadas en un banco.
—¿No te parece increíble que algo así se mantenga en pie?
Pese al azote del viento, que allá en lo alto ha de ser fortísimo.
Y las vistas... Estoy deseando subir —dijo Clara con la mirada fija en la silueta del Empire State—.
Ahí arriba uno debe de sentirse como si fuera un pájaro que, tras su vuelo, reposa en un árbol inmenso de cemento y cristal.
Victoria asintió pensativa.
Acababan de regresar a casa cuando sonó el teléfono. Clara oyó a Victoria hablar en inglés. Le pareció que su rostro palidecía de pronto. La conversación duró apenas unos minutos. Después de colgar, la malagueña se la quedó mirando en silencio.
—¿Qué ocurre? ¿Malas noticias?
—Las peores... Sabía que estaban negociando en secreto, pero pensé que no se atreverían.
—¿Quiénes? ¿A qué te refieres?
—Los americanos han firmado acuerdos muy importantes con Franco... Los Pactos de Madrid, los han llamado.
La desolación se apoderó del semblante de Clara.
—Yo también estaba al tanto de esas negociaciones, pero estaba convencida, tonta de mí, de que Truman no lo permitiría. Si hasta hace nada tachaban de imperdonable que Franco hubiera recibido el apoyo de Hitler en la Guerra Civil.
—Y consideraban su colaboración con el Tercer Reich, aunque tibia, insultante.
Pero ya ves... todo eso no ha importado al final —concluyó Victoria con amargura—.
Franco se ha salido con la suya y les ha sacado una jugosa ayuda económica y militar.
Y ellos también han ganado, nada menos que unas bases militares en territorio español.
Clara, que se acababa de poner en pie, empezó a dar pasos de un lado a otro con el ceño fruncido. Hasta que se detuvo y sus palabras surgieron empapadas de amargura:
—Sabes lo que significa, ¿no? Gracias a estos inconscientes, el régimen acaba de dejar atrás el aislamiento internacional que se le había impuesto y su imagen ha salido tan fortalecida como si, en vez de haberse alzado militarmente contra un gobierno legítimo, hubieran ganado unas elecciones...
¡Maldita sea! ¿Cómo han podido? ¿De qué ha servido toda la lucha?
¿Y los muertos y quienes hemos tenido que exiliarnos? ¿De verdad a nadie le importa?
Sus gritos precedieron a un llanto teñido de ira y desesperación.
Kent se acercó a abrazarla mientras se recordaba a sí misma reaccionando de un modo similar.
Había sido durante su estancia en Suiza con Adèle de Blonay, cuando se enteraron del fin de la Guerra Civil.
Sabía que Clara se ahogaba en la impotencia ahora mismo, igual que ella lo había hecho entonces entre los brazos de su amiga.
Y aunque era consciente de que no podía protegerla de semejante dolor, provocado por una nueva injusticia, la sujetó con fuerza y dejó que liberara su rabia, a sabiendas de que era lo único que podía hacer.
Su propia rabia habría de esperar. Al fin y al cabo, estaba acostumbrada a ella y una nueva capa de indignación apenas se notaría tras tantos años de tragar bilis.