36. El peso de la nostalgia
E L PESO DE LA NOSTALGIA
La tarde ya había caído y una lluvia de gotas gruesas tamborileaba en los cristales.
Hacía varias horas que Victoria Kent se había marchado en un taxi con destino al aeropuerto.
Anne Bishop había despejado la mesa, donde solo quedaban la máquina de escribir y los textos en los que ambas habían estado trabajando.
En ellos abundaban las anotaciones a mano, con comentarios aportados por Kent e ideas de la propia periodista surgidas a raíz de estos.
Una vez concluida la lectura de todos los materiales, había llegado la hora de tomar las riendas de la narración para concluir la historia de aquellas dos mujeres maravillosas. Se sentó frente a la máquina de escribir y comenzó a teclear.
Pasaban los años y Clara Campoamor continuaba en su exilio de Argentina, aunque no dedicada a las tareas esperables de una mujer de su edad y condición.
No obstante, sus colaboraciones con los servicios secretos se habían ido espaciando.
Desde la misión que permitió capturar a varios nazis, entre los que se encontraban Helmut Zimmer y Helga Müller, su participación se había limitado a entregar mensajes a otros agentes más experimentados y vigilar a sospechosos.
El tiempo transcurría con lentitud y Clara, que había viajado ya en dos ocasiones a Europa para encontrarse con Antoinette y con Ignacio, exiliado en Francia, comenzaba a sentir que su etapa bonaerense se le hacía cada vez menos llevadera.
Los momentos en los que se preguntaba qué demonios hacía allí eran más habituales y las tertulias con sus antiguos camaradas republicanos no hacían sino avivar su nostalgia. Echaba de menos a su familia y su país.
La española volcó sus energías y su creatividad en la escritura de artículos y ensayos.
En ellos, reflejaba la lucha de las mujeres por conquistar derechos en terrenos como la política y la educación, y también la necesidad de hallar un camino propio.
Como el que ella misma había recorrido. Al echar la vista atrás y darse cuenta de lo poco que quedaba de su gran logro en España se la llevaban los demonios.
¿De qué habían servido tantos esfuerzos si la dictadura había truncado las posibilidades de votar, ya no solo para sus compatriotas femeninas, sino para miles de españoles sometidos a la pantomima del régimen, que fingía la existencia de una plena libertad para elegir?
Todos los avances conseguidos habían desaparecido, engullidos por la maquinaria franquista.
Ella era el ejemplo más evidente. Y así, fue germinando en su pecho una idea imposible de ignorar: la de regresar, aun sabiendo que al hacerlo se metería en la boca del lobo.
El avión aterrizó en el aeropuerto de Barajas en enero de 1948.
Los pasajeros descendieron y mostraron sus documentos identificativos a la policía.
Cuando faltaba poco para que le llegara el turno, Campoamor sintió que el suelo se deshacía bajo sus pies.
Los guardias estaban apostados a sendos lados de la puerta de salida y no había forma de evitar el control.
El corazón le latía tan rápido como si estuviera inmersa en una de sus misiones de espionaje.
Sin embargo, tenía la sensación de que los riesgos asumidos en sus colaboraciones con los servicios de inteligencia no eran del mismo tipo que la amenaza a la que se enfrentaba ahora, con las autoridades franquistas a escasos metros de ella.
Tragó saliva e intentó tranquilizarse a medida que la fila iba avanzando. Sabía que si el agente que le solicitara la documentación ataba cabos sobre quién era, todo habría acabado. Perdería para siempre la libertad por la que tanto había luchado a lo largo de sus casi sesenta años.
El guardia, un hombre joven, con bigote y mirada torva, le pidió la documentación y Clara se la mostró intentando que los dedos no le temblaran.
No lo consiguió, aunque él no pareció percatarse de ello.
Durante unos interminables segundos, examinó los papeles y después alzó los ojos.
Clara pensó que iba a desmayarse. La presión en el pecho resultaba insoportable. Y entonces lo oyó decir con brusquedad:
—Adelante.
Pese al miedo, trató de caminar con toda naturalidad, incluso demorándose unos segundos de más mientras sacaba un pañuelo del bolso para sonarse la nariz.
Aquello le permitió escrutar al grupo de personas que se encontraban al otro lado de la puerta de llegada.
Hubo de controlarse para no gritar de alegría cuando halló a quien buscaba.
La doctora Elisa Soriano Fischer, su querida compañera en la lucha sufragista durante los gloriosos años de actividad en lugares como el Lyceum Club y la Unión Republicana Femenina, la esperaba con gesto emocionado.
Las dos se fundieron en un abrazo y después salieron de allí a paso ligero.
La posibilidad de que el nombre de Campoamor hubiera hecho saltar ya alguna alarma entre los agentes uniformados no era nada descartable.
Mientras recorrían en el coche de Elisa el centro de Madrid, Clara contempló conmocionada lugares que había conocido bien en el pasado.
Muchas zonas estaban todavía destrozadas a causa de los bombardeos que habían sacudido la capital durante la Guerra Civil, si bien muchas otras ya estaban bastante reconstruidas.
Cuando se detuvieron en una calle cercana a la plaza Mayor, la abogada descendió y miró a su alrededor.
Las lágrimas besaron su envejecido rostro, como si quisieran transformarlo en el de la mujer aún joven que había partido de allí años atrás.
Inspiró hondo y detectó el olor a churros, lo que la llevó a cerrar los ojos con una expresión de placer que hizo reír a su amiga.
Caminaron hasta el puesto donde se vendían y compraron una docena.
Mientras sujetaba uno de ellos y lo soplaba para no quemarse, Campoamor casi llegó a sentir cómo su cerebro se ralentizaba para disfrutar de aquel momento inolvidable.
Y entonces se propuso acumular tantos instantes mágicos como fuese posible, llenar la memoria de belleza para poder rescatarla de su interior cuando ya no la tuviera a su alcance.
Mientras intentaba informarse de su situación respecto a los cargos que pesaban sobre ella tras dejar España en el 36, la exdiputada se reencontró con unos pocos amigos y camaradas de su etapa en la política, quienes le demostraron que continuaban teniéndola en alta estima.
En todos halló el consuelo que necesitaba, una cura transitoria para su añoranza y buenas dosis de cariño.
No obstante, ninguno de ellos podía ayudarla o darle buenas noticias sobre su situación y comprendió que, de permanecer en el país, acabaría siendo detenida.
Así, con el alma más dividida que nunca y dejando atrás una mitad de esta, regresó a Buenos Aires unas tres semanas después. Mientras el avión la alejaba de su hogar, quizá para siempre, el llanto le abrasaba la garganta.
Con el ánimo maltrecho y la desilusión grabada en la mirada, Clara afrontó las siguientes misiones sabiendo, de algún modo, que no podría continuar colaborando mucho más tiempo con los servicios secretos.
Tras retornar de España se sentía como una anciana y la nostalgia, que antes le escocía en algún rincón oculto de su pecho, se había multiplicado hasta convertirse en un dolor atroz que palpitaba por todo su cuerpo.
Los años pasaron con lentitud ante la imposibilidad de revertir su situación. Sin embargo, tuvo las fuerzas suficientes para intentar volver a Madrid una vez más, en 1951. El resultado fue el mismo.
Tras la misión que la había reunido con Clara Campoamor en Argentina, Victoria Kent había viajado a Europa para asistir a los procesos que juzgaban los crímenes perpetrados por los nazis.
Navegando entre el horror y el alivio, Victoria escuchó la sentencia de muerte por ahorcamiento para Helga Müller.
Y si bien aquello no borró su dolor, sí le permitió seguir adelante sabiendo que se había hecho justicia, al menos para Sara Renard y para las muchas presas a las que la sádica guardiana había torturado y asesinado en Ravensbrück.
En 1950, Kent fue nombrada experta en temas penales del Departamento de Asuntos Sociales de la ONU. Había llegado allí para trabajar en un estudio sobre la situación de las mujeres en las prisiones de todo el mundo.
O eso era lo que parecía.
En realidad, gracias a su colaboración en el pasado con los servicios de espionaje franceses e ingleses, había recibido una propuesta para cooperar con la CIA.
Sus dotes negociadoras y sus contactos diplomáticos la convertían en la candidata perfecta para establecer alianzas y sondear posibles amenazas para la todavía frágil paz.
Más ahora, que una nueva preocupación agitaba los despachos donde se movían los hilos del recién nacido orden mundial: el comunismo.
Aunque Kent no podía olvidarse de lo que seguía sucediendo en su querida España, donde Franco conservaba las riendas del poder, y pese a su desconfianza en los Estados Unidos, quienes en 1947 habían rechazado una nueva condena del régimen franquista y la imposición de más sanciones, accedió a trabajar con la agencia.
Su intensa actividad y una existencia bastante satisfactoria en la ciudad de los rascacielos no impedían que Victoria siguiera deseando regresar a su casa.
A la de verdad. En varias ocasiones había viajado a Europa y conseguido reunirse con los familiares y amigos que le quedaban.
Después, al abandonar el viejo continente, con los besos y los abrazos todavía frescos en la piel, debía volver a amoldarse a esa vida que el destino le había regalado para sustituir a la antigua.
Sin embargo, al poco tiempo, la rabia comenzaba de nuevo a trepar por su pecho.
No podía ser que un exilio que parecía transitorio no acabara jamás. Se negaba a aceptarlo.
Los años pasaban y se sentía demasiado cansada.
Los dolorosos recuerdos y la nostalgia la habían hecho envejecer prematuramente.
Con el alma aún entumecida por el miedo desde su estancia en París, Victoria continuaba sumida en las tinieblas.
Y aunque sabía que no le quedaba otro remedio que aprender a ser paciente, necesitaba algo que la sacara de ese limbo insoportable en el que estaba atrapada.