35. Cecily o el azar
C ECILY O EL AZAR
Londres, al día siguiente
La cuchara llena de yogur que su mano llevaba hacia la boca se detuvo en seco cuando Anne abrió la puerta. Con el pijama aún puesto, el pelo revuelto y una expresión que rayaba la estupidez, intentó no atragantarse al decir:
—Victoria...
—Perdóneme por aparecer así, Anne. Debería haberla telefoneado antes, pero ya que estaba en Londres, me pareció una buena idea acercarme.
—Por favor, pase. Y disculpe mi aspecto...
—No diga tonterías, está en su casa y aún es temprano. De verdad que lo lamento, pero regreso esta tarde a Nueva York y sentí que le debía una conversación en persona.
La periodista la acompañó al comedor y le ofreció un café que Kent aceptó.
La escena se asemejaba mucho a la que había tenido lugar en Nueva York unos meses atrás, si bien las dos mujeres se contemplaron ahora con una sensación distinta.
Para Anne, Victoria ya no era una desconocida gracias a sus narraciones y las de Clara.
Había pasado de ser una figura difusa, de la que solo sabía las opiniones controvertidas que se habían vertido sobre ella, a convertirse en un símbolo de la lucha por la democracia y en alguien a quien admiraba profundamente.
Por su parte, la española tenía delante a una joven que se había ganado su respeto, no solo por sus artículos, que Campoamor y Quinche le habían mostrado el día anterior, sino por la pasión y el empeño que había puesto en llevar a cabo la tarea que le habían encomendado.
Se había enterado también por las dos ancianas del dolor que la pérdida de su madre, su bebé y la ruptura de su relación habían cincelado en el pecho de Anne.
Y todo ello había despertado su curiosidad y una simpatía que no podía ocultar.
La periodista, que tan intimidada se había sentido en su primera entrevista, no tardó en percibir el cambio en la forma de mirarla de Victoria.
—¿Cómo encontró a Clara?
Kent negó en silencio antes de afirmar:
—No creo que viva mucho más. Aunque con lo cabezota que es... —Consiguió esbozar una débil sonrisa que Anne compartió.
—Ustedes se quieren mucho, ¿no?
—No sabía cuánto hasta que volvimos a encontrarnos. Creo que fue entonces, en Buenos Aires, cuando una amistad que nunca había llegado a propiciarse acabó por surgir. Si hubiera visto la cara que se nos quedó a las dos en aquel rincón oscuro, con los nazis a unos metros de nosotras.
—Debió de ser increíble. De hecho, cuando leí el relato de Clara, me pareció una casualidad... demasiado grande. Que de todos los lugares del mundo fueran a coincidir allí...
—¿Recuerda cuando me preguntó si conocía a su madre y le dije que no la había visto nunca?
—Sí, pero he de confesarle que me costó creerlo. Llegué a pensar que no me estaba diciendo la verdad.
—No la culpo... En aquel momento me resultaba imposible hablar de muchas cosas del pasado y apareció usted haciendo preguntas muy concretas y de respuesta difícil.
No obstante, mi reticencia no se debía a que pretendiera guardar secretos por motivos políticos o por lealtad a alguien, sino por el dolor tan insoportable que me provocaban ciertos recuerdos.
Y he de agradecerle que, de alguna manera, me haya forzado a hablar de esas cosas que llevaba dentro y tanto daño me hacían.
Al compartirlas empecé a sentirme mejor.
—Me alegra oír eso.
—En todo caso, no mentía. Su madre y yo nunca nos vimos, solo recibí un par de comunicaciones escritas con instrucciones de su parte.
Imagino que ya habrá leído mi relato sobre lo sucedido en Francia...
el asesinato de mi amiga, Sara Renard, a manos de Helga Müller.
Pues bien —prosiguió al ver que Anne afirmaba con la cabeza—, cuando los servicios secretos franceses e ingleses cruzaron datos, descubrieron que Müller había sido guardiana en el campo de concentración de Ravensbrück.
Al saberse que una aufseherin había huido por Francia y se le había perdido la pista en España, ambas agencias trabajaron conjuntamente para capturarla.
A ella y a muchos otros nazis que habían escapado antes de que acabase la guerra.
Por aquel entonces, la agente Bishop dirigía la red de espionaje que trabajaba en América Latina en busca de colaboradores del Tercer Reich.
Según me explicó en aquella comunicación, mi función era identificar a esa mujer, puesto que yo era la única persona capaz de reconocerla al haber pasado un breve tiempo con ella.
—Ahora lo entiendo.
—Así fue como me vi, de pronto, en las filas del MI6... Lo que no sabía era que Clara ya colaboraba con ellos y, mucho menos, que participaba en misiones organizadas para detener a los alemanes huidos y a quienes les proporcionaban una nueva identidad.
—Pero entonces... mi madre fue la responsable de reunirlas a Clara y a usted.
—Si me pregunta si ella era consciente de que tanto Clara como yo estaríamos allí, es evidente que sí, aunque no creo que forzara nada para que nos encontráramos.
De hecho, si hubiésemos atrapado a la guardiana en México, yo no habría viajado a Argentina.
Podríamos no habernos cruzado nunca. Ahí entró en juego el azar.
Pero que nosotras acabáramos en aquella explotación en Buenos Aires a la vez...
eso, querida mía, fue una monumental y maravillosa casualidad.
—Qué historia tan bonita. No se imagina lo emocionante que ha sido irlas descubriendo a ustedes dos a través de sus escritos y los de mi madre. Ha sido casi como acompañarlas a lo largo de sus vidas y sus experiencias, las buenas y las malas.
—Hablando de su libro, supongo que sabe lo ilusionada que está Clara con su publicación. ¿Cree que...?
—¿Si me dará tiempo a acabarlo antes de que...? —Tragó saliva—. Confío en que sí, aunque hay algunos textos sobre la década de los cincuenta, tanto suyos como de ella, que no están apenas desarrollados. Son bastante sucintos.
—Bueno, así podrá demostrar sus dotes para la escritura, que, por lo que sé, son excelentes.
—Excelentes... no sé yo. Pero sí quisiera hacerles justicia a las dos.
—Lo hará, Anne, estoy convencida. Y ya que estoy aquí, quizá podría echarle un vistazo a esos textos que ha mencionado y ayudarla a completar algún dato que necesite saber. Después, todo quedará en sus manos.
—¿Haría eso?
—Por supuesto. Aún tenemos unas horas por delante.